Un asesino en el cuarto

                Cuando abrió los ojos, el mosquito estaba ahí.

                La durmiente notó como el impulso recorría su cuerpo, letal, destructivo y asesino, al ver a esa diminuta bestia que en sus pesadillas era tan gigantesca como inmensa era la fobia que sentía. No tardó en olvidar la pereza que le instaba a quedarse en su cama, las ganas de seguir durmiendo o el cansancio tras todo un día de trabajo. En su mente solo se mantuvo un único pensamiento y objetivo: acabar con el mosquito.

                La bestezuela aleteó al notar como su presa de revolvía. Con un zumbido burlón revoloteó por su cabeza, mofándose de esos torpes intentos por acabar con su vida. Se atrevió, incluso, a dar un par de giros en el aire en un alarde de osadía y orgullo, pero la voltereta se quedó congelada con una única palmada que resonó en la habitación con la fuerza del logro y la victoria.

                El cuerpo del insecto se desplomó, espachurrado y retorcido, convertido en apenas una mota insignificante sobre el suelo. Ella sonrió al contemplar su caída, disfrutando de la última pirueta que le brindaba la vida al animal. Su exagerada animadversión encontró placer en aquel asesinato a una pobre bestezuela cuyo único pecado era su parásita alimentación.

                Olvidado el sueño y extenuado el impulso, la durmiente se quedó inmóvil, cansada pero sin ganas de dormir. Las sábanas se arremolinaban en torno a su figura, marcando la dirección que su cuerpo había seguido propulsado en pos del mosquito. Con una patada cansina terminó de apartarlas. Continuaba inquieta, demasiado nerviosa como para tumbarse y cerrar los ojos.

                Ligeramente aturdida, desvió el rostro hacia el suelo. Donde había caído el mosquito se encontraba ahora el cuerpo retorcido de un hombre pálido y enfundado en una capa que se extendía a su alrededor como un charco de sangre. De su boca entreabierta era posible distinguir el brillo puntiagudo de sus colmillos, tan blanquecinos como su rostro terso, joven e inmemorial.

                ―Es cierto ―sonrió mientras se dejaba caer delicadamente sobre el colchón― Todo forma parte de la misma pesadilla.

Los personajes sin nombre y el mundo gris
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