Asfixia

Le ardían los pulmones, consumidos por el humo del desengaño y el fuego de la traición. Era un calor imaginario que dolía con todo el apogeo de la realidad, encarnado en insistentes punzadas que iban de fuera a adentro, de adentro a fuera, en un interminable crescendo que acompañaba a su respiración.

                Sabía que hasta apenas un instante estaba durmiendo, pero ahora era diferente.

                Se asfixiaba.

                Abrió los ojos instintivamente, topándose cara a cara con el vacío y la oscuridad de la luz apagada. No estaba sola: alguien estaba sentado a horcajadas sobre su pecho, entrelazando lentamente las manos entorno a su cuello.

                Muy lentamente. Hasta que ya no fue más que fuego.

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