Antes, rotura y después

                Ya no alcanzaba a recordar ni cuándo ni por qué había comenzado la guerra. Había sucedido de improviso; un golpe seco y el hilo que seguía su mente para escribir se rompió indefinidamente. Era algo más que un camino con el que guiarse: era lo seguro, la certeza y la confianza. Pero ya no estaban, arrebatadas por una herida que por mucho que intentase ignorar ahí estaba, insoportablemente dolorosa.

                Lo que más odiaba es que no estaba en su mano sanar esa herida: en sus límites batallaban dos bandos por hacerse con el control e imponer su cicatriz. Por un lado, la optimista paciencia y su confianza en que al final lograría lo que anhelaba; por otro, el realista pesimismo de ver como todo lo que hacía se desmoronaba cual torre de naipes.

                Era incapaz de descubrir el origen, pero tampoco sabía cuándo llegaría el final. Ni a cuál de las dos prefería aferrarse. Aun así, esa tarde fue incapaz de enfrentarse a la hoja en blanco.

                Así que dejó que la historia se deshiciera en trocitos de colores y la tiró a la papelera.

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