Una musa entre sombras

Estaba sola, una mancha oscura entre un montón de asientos libres. El tedio y el aburrimiento eran sus únicos compañeros en una clase que paulatinamente todos los demás habían abandonado. Sus auténticos compañeros habían desaparecido, cansados de unas lecciones irrelevantes y poco fructíferas: preferían la luz enclaustrada de la biblioteca antes que el aula sin ventanas.

Dividida entre descentrarse y prestar atención, la única superviviente luchaba por evitar que su mente huyera por las muchas vías de escape que había ideado su cabeza. Podía sentir como sus pensamientos escapaban disfrazados de río mientras las palabras huecas del profesor intentaban hacerse escuchar y, en un alarde de optimismo, comprender.

Ideas simples, desunidas e intrascendentales; ideas multicolores que no tenían cabida entre paredes grises y mentes grises; ideas condenadas a desaparecer como si nunca hubieran llegado siquiera a existir.

Mientras la estudiante intentaba prestar atención, la musa revoloteaba encima de su cabeza. Caprichosa y voluble, su mera presencia era algo inaudito en un reino que no tenía más objetivo que asesinarla. Pero ahí estaba, una madeja que imitaba toscamente un aspecto humano. El único pedazo de su cuerpo que estaba visible eran sus cabellos, negros como la tinta. El resto estaba cubierto por unos ropajes desproporcionados que emulaban el telón de un teatro y un sombrero de bruja forjado por papeles en blanco. Hojas que anhelaban cubrirse de ideas y bocetos, esquemas y esbozos; que temblaban de tal manera que parecía que en el interior del gorro se escondía un ejército de mariposas.

Los dedos de la musa se entrecerraron, atrapando una idea y salvándola de la desaparición. En sus dedos, aquel simple pensamiento se trasformó en una semilla ovalada y con el borde azulado, consistente y etérea al mismo tiempo. La dejó caer sin mirarla, casi con desdén.

La estudiante no necesitó levantar su mirada para ver la caída de la semilla. No era necesario, puesto que nunca llegaría al suelo: su destino eran los recovecos perdidos de esa mente cansada que no dudó en aferrarse a la recién llegada. Germinó alimentada por la casualidad y la desesperación de aquel fugaz entretenimiento: el talló que creció estaba hecho de posibles inicios que no tardaron en alimentarse de todas esas ideas desechadas que finalmente iban a encontrar su segunda u octava oportunidad.

                Tan reales como la propia musa, la soledad y el aburrimiento estaban sentados a ambos lados de la estudiante. Una fila atrás estaba la responsabilidad, pendiente que su rebelde pupila cumpliera con la sencilla obligación de prestar atención en clase. Eran negros y grises, como la clase sin ventanas, como el profesor de voz soporífera o esos compañeros tan insignificantes y traslúcidos que bien podrían no haber estado ahí. La realidad era monocromática, pero no le importaba: bastaba con cerrar los ojos para hundirse en la luminosidad de los universos de su mente.

                Y algún día lograría escribirlos todos.

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