El cubo |Relato|

            El intruso irrumpió en la nave cuando me encontraba limpiando la ya en desuso sala de los transportadores: ocho tubos perfectamente alineados mediante los cuales uno podía cruzar la galaxia en el fulgor de un instante. O por lo menos así era antes: hacía tiempo que ya nadie utilizaba ese mecanismo. Siendo yo un mero trabajador de la casta más baja de Galáctica, nunca había recibido una explicación por parte de mis superiores. Mi trabajo era limpiar y hasta ese día cumplí mi obligación con la diligencia que esperaban de mí.

            Con una mezcla entre recelo y entusiasmo, dejé mis útiles de limpieza en una esquina mientras me preguntaba cuál era el protocolo a seguir en estos casos. Y más importante aún: me encontraba ante un enemigo o un aliado. Llevaba una de nuestras escafandras, del mismo corte y diseño que las que se encontraban en el armario que tenía a mis espaldas, y parecía exageradamente alterado: sus manos se crispaban alrededor de un cubo verdoso que instantáneamente despertó mi inquietud, la misma con la que él examinaba la sala.

            ―¡Estamos siendo atacados! ―gritó, preso de la histeria, con una vocecilla aflautada. Aunque fuera fruto de la distorsión del traje que llevaba me resultó demasiado petulante―. O puede que todavía no… ¡En ese caso pronto esta nave también sucumbirá ante un espeluznante e inesperado ataque enemigo!

            ―Comprendo su impaciencia, pero antes de cruzar al interior de Galáctica hemos de seguir el protocolo ―gruñí―. Por favor, póngase dentro de la mampara de desinfección. Ya habrá luego tiempo para la histeria.

            Por un momento pensé que no me iba a hacer caso, pero finalmente se dirigió al lugar señalado. Sin dejar de vigilarle, me puse yo también un traje similar para evitar cualquier posible contagio en caso que el intruso padeciera alguna enfermedad.

            ―Muy bien ―susurré con la voz distorsionada―. ¿Sería tan amable de dejar el sólido regular limitado por seis cuadrados iguales de una tonalidad similar al cuarto color del espectro solar?

            ―¿El cubo?

            Asentí, contemplando como lo depositaba en la ranura de manera que pude cogerlo para su posterior análisis. Satisfecho, activé los propulsores de gas y presión para eliminar o desactivar cualquier posible amenaza, ya fuera química, virológica o de armamento humano. Desarmado y desinfectado, le indiqué que ya podía salir y acompañarme. No podía presentarlo ante los generales, así que mi idea era llevarlo al control de seguridad para que ellos decidieran qué hacer. Y, ya puestos, que reconsideraran algún posible ascenso.

            El desconocido me acompañó con una resignación dócil. No obstante, el nerviosismo del que había hecho gala al principio de nuestro encuentro regresó en cuanto se adentró en los pasillos que recorrían las entrañas de Galáctica.

            ―¡Hay que darse prisa! ―me urgió―. ¡Van a venir a atacarnos! ¡Están a punto de llegar si es que no han comenzado su ataque en otra zona!

            Me debatí entre ignorarle o replicarle ante la imposibilidad que eso sucediera: hacía años que el universo era un lugar pacífico. No obstante, algún objeto inidentificado colisionó contra el exterior de la nave. Pude notar como una pared no muy lejana a la nuestra se abombaba por el impacto. Las alarmas estallaron, llenando la sala de una parpadeante luz rojiza. Aterrado, me aferré al cubo. El desconocido rompió a correr, quizás más asustado que yo o puede que solo estuviera persistiendo en su intento de avisar a los generales y capitanes de la nave. Era tarde para preguntarlo.

            Desconcertado, me encontré por primera vez después de tantos años en luz ante la posibilidad de elegir. Hacía tanto tiempo que no sucedía algo similar que ya había asumido que el libre albedrio no era más que una fábula. Ni siquiera los generales tenían derecho a usarlo: ellos eran los primeros en explicar la importancia de eliminar nuestras decisiones egoístas y personales en favor de nuestra pequeña colonia intergaláctica.

            Incapaz de pensar razonadamente, contemplé el cubo. Hasta entonces no me había fijado que había una pequeña hendidura en una de sus caras. La presioné ligeramente hasta que una de las seis caras se deslizó, mostrándome un botón grisáceo.

            La lógica dictaba que era absurdo e inútil, pero decidí apretarlo. Nada más hacerlo, rodeado por el fulgor de alarmas y colisiones, un destello emergió del artefacto. Me cubrí con una manopla la visera de la escafandra, protegiendo mi delicada vista de aquel repentino fulgor.

            Cuando pude volver abrir los ojos, la realidad se había sumido en las tinieblas.

            Parpadee. Podía notar que estaba aprisionado en alguna especie de tubo, demasiado incómodo para la corpulencia de mi traje, pero seguro ante cualquier ataque. Estaba solo, sin más compañía que un silencio que contrastaba con el caos que había estallado en la nave. Aun así, atenazado por los restos de esa curiosidad humana y primitiva que todavía persistían en mi interior, presioné las paredes hasta conseguir que una ranura cruzara el tubo en zigzag. Incómodo, me aferré con fuerza al cubo mientras la luz alumbraba el habitáculo.

            Al otro lado había una sala de escasa iluminación en la que un bedel se afanaba por luchar contra el polvo y el aburrimiento. Anonadado, su rostro se contrajo por la sorpresa al verme. No tardé en reconocer la distribución de la habitación y los símbolos de sus paredes: sin lugar a dudas me encontraba todavía dentro de Galáctica, aunque en alguna zona libre de las colisiones.

            Al recordar el caos que había alterado mi monótona existencia todo mi cuerpo se crispó. No había ninguna duda: tenía que advertirles de lo que iba o estaba sucediendo.

            ―¡Estamos siendo atacados! ―grité, con tal que el amuermado empleado reaccionara―. O puede que todavía no… ¡En ese caso pronto esta nave también sucumbirá ante un espeluznante e inesperado ataque enemigo!

            ―Comprendo su impaciencia ―gruñó con una voz monótona, propia de un robot―, pero antes que le deje cruzar al interior de Galáctica hemos de seguir el protocolo. Por favor, póngase dentro de la mampara de desinfección. Ya habrá luego tiempo para la histeria.

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