Héroe y demonio

Todos hablaban del héroe, aun cuando nadie sabía su nombre. La leyenda había devorado al humano, otorgándole prematuramente una divinidad forjada por mitos y rumores. Se habían ensalzado sus aventuras y proezas, muchas de ellas tergiversadas por el relato boca a poca, pero se habían olvidado que fue tan humano como ellos, quizás el que más, pues durante todos esos años estuvo errado en la única ideología en la que creyó.

                Su fuerza fue el bien representado en el máximo concepto. El bien era su amada, casta, pura y virginal, que siempre le esperaba cuando iba a luchar; el bien eran sus guerras, siempre en pos de erradicar un monstruo o derrotar a un rey malvado. El bien era el color con el que pretendía pintar la tierra inhóspita en la que le había tocado vivir, herencia de un siglo oscuro y manchado por el olvido.

                A las puertas de la muerte, los recuerdos le impedían ignorar que el bien fue matar a una niña.

                Quien una vez fue un héroe agonizaba ahora consumido por la enfermedad en lo alto de su castillo. No estaba solo: sirvientes, amigos y esposa paseaban a lo largo de su lecho, compungidos por la situación, pero conscientes que pronto todo terminaría de la forma más certera y absoluta. El bien no podía derrotar esa última batalla, liderada por la realidad,

                En la alcoba, del héroe no quedaba más que un cuerpo enjuto que recordaba a un montón de huesos cubiertos por una fina capa de piel. Sus ojos se abrían por culpa de los espasmos que le sacudían cada vez que un nuevo recuerdo se apoderaba de su frágil mente, hundida en las tenebrosas aguas de la demencia.

                La noche roja… Maldita noche roja… Fue necesario, tuvimos que hacerlo, pero al final fue una masacre. Imprescindible. Necesaria. Hasta la tierra ardió. Lo quemamos todo, purificando aquel lugar maldito, pero sus demonios se burlaron de nosotros. Acabamos con los monstruos, pero Batiste murió… Batiste…

 

                ―Batiste ―graznó con voz seca, alertando al sirviente que en ese momento estaba ahuecándole las almohadas.

                El sirviente y una criada intercambiaron una mirada de pesar mientras, detrás de ellos, la puerta se abría para dejar paso al médico y la mujer del moribundo.

                ―¿Ha dicho algo? ―exclamó la orgullosa dama. Vestía con un luto prematuro, con los ropajes negros y el rostro oculto por un velo con el que ocultaba sus ojos llorosos.

                ―Ha mencionado un nombre, mi señora. Batiste, creo.

                La mujer asintió. A ella también le nublaban los recuerdos la mente, aunque en su caso eran menos sangrientos y tenebrosos.

                ―Fue su mejor amigo ―susurró, reclinándose sobre el borde de la cama pero incapaz de mirar a su esposo―. Crecieron juntos, casi como hermanos. Por ese entonces estábamos separados por un muro de cortesanas, luego se convirtió en el prometido de mi mejor amiga y junto con Batiste irrumpieron en mi vida una y otra vez…

                El médico pasó una de sus amplias manos por los huesudos hombros de la mujer, controlando un llanto que pugnaba por escapar y estallar en lamentos para que todos comprendieran su pena.

                Fue necesario… Eran demonios de rostro humano: fingían ser uno de nosotros, para devorar luego a sus amigos. Se disfrazaban como si fueran uno de los nuestros para convertirse luego en engendros. Monstruos, nada más que monstruos…

 

                ―Es inevitable ―suspiró el doctor―. Ha extinguido demasiado rápido su vida ―apesadumbrado, se secó la sudorosa frente―. He probado todos los remedios que conozco y de los que he oído hablar, pero esta enfermedad es superior a mis conocimientos…

                ―Es mi maldición ―continuó, súbitamente, la dama―. Le amé tanto que el destino le obligó a estar a mi lado… para luego separarme de él. Primero perdió a su prometida… mi mejor amiga…

                Hundió el rostro entre las manos mientras rompía a llorar. A su lado, los sirvientes se apartaron a un esquina, conscientes de su papel casi de mobiliario.

                Una chiquilla se asomó por la puerta, curiosa ante el escándalo que había en la habitación más oscura del castillo.

                No pude derrotarles… Lo intenté… Pero hay demasiados monstruos, vasallos de ese pútrido mal. Su rey debe de estar burlándose de mí en sus estancias esculpidas sobre niños muertos… Niños… Tan inocentes y vulnerables… ¿Por qué decidieron corromper a esa pequeña?

 

                La cocinera irrumpió en la sala, deteniendo parte de los lloros con su explosiva presencia. Traía la comida del enfermo: sopas aguadas que a duras penas lograba tragar.

                ―¡Chiquilla, dale de comer al señor! ―le ordenó a la criada, lanzándole casi la bandeja.

                ―Por favor… ―imploró la esposa―. Menos escándalo: hay un moribundo y me duele la cabeza…

                ―Llorar tanto es la causa de vuestros dolores ―el médico se incorporó―. ¿Queréis que vaya a por uno de mis brebajes?

                ―No es necesario, gracias.

                La niña me buscó a sabiendas que iba a morir…. Vestía solo un camisón roto que dejaba entrever su cuerpo malnutrido y lleno de arañazos. Estaba enferma, mucho más que su madre, pero lo suyo era un estigma cruel y peligroso. Era un monstruo, otro más, pero se sacrificó para salvarla… Mentira… Mentira… MENTIRA.

 

                ―Creo que voy a irme a descansar ―murmuró la dama―. Guíame a mis aposentos ―le ordenó al sirviente―. Temo por mi propia lucidez.

                En el instante en el que iban a abandonar el cuarto, un joven mozalbete que rozaba ya los veinte años se asomó por la puerta. Su parecido con la pareja era incuestionable, pues era, al fin y al cabo, su hijo.

                ―¿Cómo está padre? ―inquirió cortésmente, mirando sin poder contenerse a la criada, quien se sonrojó ante la inesperada atención.

                ―Le queda poco ―suspiró el médico―. Está a punto de apagarse ―y para sus adentros añadió―. Aunque me pregunto qué se consumirá primero, ¿su cuerpo o su mente?

                MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA. MENTIRA.

 

                La mujer y el sirviente abandonaron el cuarto, dejando a los demás solos con el silencio y los murmullos delirantes del enfermo. Una única palabra surgía de sus labios, repetida una y otra vez como un cántico delirante.

                ―La sacerdotisa quiere que le enterremos en la catedral de Santa Birgitte… ―murmuró el hijo, contemplando el lecho revuelto y las extremidades que se retorcían por el dolor―. Me siento horrible, pero deseo que muera y pueda por fin descansar.

                MENTIRA. Era una trampa. MENTIRA. Su madre cuando llegamos estaba muerta. MENTIRA. Igualmente no habríamos podido hacer nada. MENTIRA. Me maldijo cuando exorcicé su alma demoniaca. Pero no fueron más que mentiras.

 

                ―Es un gran honor ―corroboró el doctor―. Soy un hombre de ciencia, cómo vos sabéis, pero me es imposible negar la santidad de ese lugar. Es lo que seguramente siempre habrá deseado: descansar en terreno santo mientras su alma va al cielo.

                La cocinera esbozó una sonrisa burlona. Nunca había creído en esos cuentos. Algo inevitable después de tantos meses viendo como una leyenda se consumía por algo tan real y común como una enfermedad.

                A pesar que tapices y cortinajes cubrían la alcoba del enfermo, una luz anaranjada se filtró a través de ellos, delatando la huida del sol y la llegada de la noche.

                Cuando el sirviente regresó, las penumbras cubrían cada uno de los rincones de la habitación. Eran sombras siniestras y espeluznantes, pero ninguna de ellas tan crueles como las que asolaban la mente del héroe.

                Sus manos se volvieron garras con las que destrozó el cuello de mis hombres. Le sobresalían los colmillos y unas protuberancias recubrieron su cuerpo… Alas, quizás cuernos, da igual… Era un monstruo y los monstruos merecen morir.

 

                ―Doctor, joven señor, ustedes pueden hacer lo que deseen, pero nosotros tenemos que continuar adecentando el castillo y manteniendo a todos nuestros morbosos invitados ―exclamó, abruptamente, la cocinera―. Así pues, si nos disculpáis tenemos trabajo que hacer.

                Criada y sirviente se estremecieron ante la falta de cortesía de la mujer, pero ninguno de los dos aludidos le dio especial importancia. Con una reverencia abandonaron la estancia, dejando la puerta entreabierta por si algún nuevo invitado se asomaba: eran miles los que visitaban el lecho del moribundo durante el día, todos ellos atraídos por la curiosidad de estar ante la leyenda y la necesidad de decir unas últimas palabras que no serían escuchadas.

                Murió… Le atravesé el corazón con mi espada sagrada mientras las llamas consumían el pueblo. Batista lideraba el asalto al castillo. Si yo no hubiera cedido a la llamada del engendro, si no hubiera ido tras ella, habría sido yo el que habría muerto.

 

                El enfermo se retorció de dolor, arqueando su espalda con tanta intensidad que se pudo escuchar como los huesos cedían y se quebraban.

                ―Voy a buscar un sedante ―el médico se incorporó velozmente. Tenía el rostro tan sombrío como la alcoba, temeroso de aquel dolor que desconocía.

                El hijo se quedó en silencio, contemplando a su padre sin reconocerle, aterrado por los cambios que la enfermedad le había ocasionado en el cuerpo. El olor a muerte revolvió su estómago, trayendo consigo arcadas y lágrimas incontrolables. Incapaz de contenerse, huyó lejos de aquella espeluznante imagen.

                No puedo morir… No puedo morir… He de seguir luchando contra el mal… He de derrotarle. Hay todavía demasiadas criaturas maléficas, maldiciones y reyes corruptos que tienen que ser purificados.

 

                La habitación estaba sumida en la más oscura de las penumbras. Incluso la luz de las velas se había consumido. En su centro, un hombre se retorcía en su lecho, pugnando por cada latido, aferrándose a su respiración mientras la muerte le pudría los pulmones. Solo una persona se había quedado a su lado: una niñita a la que el cabello lacio le cubría el rostro. Vestía con una camisola que dejaba entrever su cuerpecillo maltrecho y cientos de heridas que contrastaba con el lujo del cuarto.

                ―Hola ―le saludó. Su vocecilla era apenas un susurro imperceptible, pero dentro de la mente del enfermo resonó con la intensidad de un grito―. Hola, mi lamentable asesino.

                No es verdad… Monstruo. Mentira. Muere.

 

                La chiquilla rio. Al hacerlo, parte de su cabello dejó a la vista un rostro inocente, triste y demacrado. Un rostro engañoso, pues detrás de la máscara se ocultaba el demonio.

                No eres real.

 

                ―Lo soy y no lo soy ―canturreó―. Me mataste, pero estoy aquí, más real que tu familia y que tu propia existencia.

                Reía, pero era una sonrisa cansada. Ni la felicidad ni la crueldad brillaban en sus rasgos, únicamente la tristeza.

                ―Nos matasteis a todos. Inocentes y culpables. Dejasteis que nos quemaran para acabar con los demonios…

                Erais monstruos. Un pueblo consumido por la podredumbre de unos pocos.

 

                ―¿Esa fue vuestra excusa? ¿Erradicar a los que habíamos sido consumidos por el misterio y también a nuestros vecinos? Los matasteis a todos… ―titubeó, recuperando parte de su cariz infantil―. No pensabais salvar a mi madre aun si hubiéramos llegado a tiempo, ¿verdad?

                No había madre, solo una trampa.

 

                ―¡No es verdad! Ella estaba viva cuando fui a buscaros. Erais mi última esperanza. Sabía que yo iba a morir, pero ella, ella…

                Y el terrible monstruo comenzó a llorar.

                No vas engañarme…

 

                ―Entonces, ¿por qué vuestra mente sigue dándole vueltas a esa noche? Os arrepentís, solo que no os atrevéis a reconocerlo…

                Cállate…

 

                ―Fui a buscaros porque creí que solo mataríais a los que estábamos podridos. Estaba segura que si os mostraba mi hogar salvaríais a los demás… ¿Queréis escuchar algo gracioso? Habéis matado a más inocentes que yo, vuestro terrible demonio.

                Calla. Mentirosa. Monstruo. Engendro. Abominación… No tienes poder sobre mí: tu veneno de mentiras no podrá corromperme. No eres real.

 

                ―¿Lo soy o no lo soy? Abrid los ojos y lo comprobaréis. Puede que yo no lo sea, pero sí mi maldición.

 

                ¡DESAPARECE!

 

                El enfermo acalló sus pensamientos: quería aislarse, necesitaba hacerlo, pero en su lugar solo encontró el dolor del que se había olvidado: un torrente de la agonía más intensa e inimaginable sacudió cada fibra de su ser. Podía notar como sus huesos se estremecían, como los músculos se contraían y las vísceras se revolvían en un vals que no podía controlar. Sufría, pero necesitaba ese dolor: le recordaba que estaba vivo, que él si era real al contrario que las alucinaciones que día tras día le visitaban: la prometida perdida, el inocente al que no pudo salvar, las víctimas de la bestia a la que no pudo matar… y la niña monstruosa que se burlaba de él.

                Una nueva convulsión asoló su maltrecho cuerpo. Cuando finalmente se disipó, el hombre se sumergió en el silencio de la alcoba: estaba solo, sin visitantes reales o ilusorios, únicamente él y la sombra de la muerte, esa siniestra amiga que siempre aparecía pero se iba sin él.

                Lentamente, gota a gota, la tranquilidad del cuarto se filtró a través de su carne, dándole un respiro casi anestesista. Después de tanto tiempo sufriendo el mismo ciclo de dolor, sabía que no era más que una tregua temporal que al desaparecer dejaría paso a una nueva tortura, pero se abrazó a ella, dispuesto a dormir una última vez. Pero el sueño se le resistía. O quizás solo fuera su subconsciente retrasando el momento en el que las pesadillas regresaran de nuevo.

                Con la garganta seca y los ojos entumecidos, el héroe abrió los ojos. No había ninguna niña delante de su lecho: únicamente las sombras conocidas de sus muebles de siempre.

                Quiso reír, pero no le quedaba fuerza para soltar una única carcajada. Se limitó con sonreír, satisfecho de haber derrotado al delirio.

                ―No cantes victoria tan pronto ―se burló una voz, oculta en algún rincón de la alcoba.

                Tembloroso, el hombre se incorporó poco a poco con la ayuda de los cojines.

                ―Soy el demonio, ese al que tanto temes. ¿Te atreves a purificarme a mí también? No todos podemos ser exorcizados.

                La mirada del enfermo se posó en su espada. No tenía fuerzas para levantarla, pero verla le tranquilizó. Estaba suspendida en un soporte de madera, con la vaina a un lado de manera que el filo brillase todas las mañanas. Era otra metáfora más de su bien, aunque la servidumbre siempre protestaba por lo molesta y peligrosa que era.

                Tenía la espada, solo le faltaba el monstruo.

                Lentamente, se levantó a trompicones. Primero con torpeza, pero no tardó en recobrar su antigua energía. No era más que una sombra de lo que había sido, pero fue suficiente para incorporarse con dignidad. Casi sentía que su cuerpo era otro: la enfermedad le había consumido tanto que ya no se reconocía en aquel saco de huesos. Pero eso no era impedimento para cesar en su cruzada eterna.

                Deambuló por el cuarto en busca de la voz. Ésta le instigaba, azuzándole a buscarle, pero no fue capaz de provocarle, logrando casi el efecto contrario: lejos de rendirse a la ira, el hombre se aferró a su voluntad de derrocar el mal.

                Fue entonces cuando distinguió un destello escarlata en medio de las penumbras. Se trataba de dos ojos bestiales, con la pupila en forma de rendija y la locura brillando en su interior.

                ―Te encontré ―graznó, dirigiéndose a la criatura.

                Primero vio sus garras, centelleantes y afiladas, luego los colmillos que sobresalían de su boca y, finalmente, las protuberancias que cubrían su cuerpo. Algunas se convertirían en cuernos otras quizás en alas.

                ―Aquí estás ―se burló el monstruo―. ¿Ya sabes lo que eres?

                ―Héroe ―insistió él, aferrándose a su papel incluso en el último instante de su vida.

                ―Y demonio ―se burló su reflejo.

                Retrocedió al reconocerse en el espejo, comprendiendo finalmente el alcance de la maldición.

                La espada… He de purificarme…

                Corrió hacia el arma. Su mirada de bestia se reflejó en el filo, tan afilado y sagrado como siempre.

                El exorcismo es sencillo: solo hay que clavar la espada en el corazón del monstruo.

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