Georgette|Relato|

 La joven estaba sentada en una inmensa bandeja, rodeada de migas y pedazos de tarta. Sus delicadas manos sostenían una magdalena mordida que amenazaba con desmenuzarse entre sus dedos de pianista, largos y blancos, terminados en unas afiladas uñas. El chocolate decoraba su cara de niña irreal: había algo en su piel inmaculada y libre de desperfectos, en sus ojos ahogados en penumbras, en su boca sonriente y de afilados dientes, que no era humano. Pero a pesar de su naturaleza, en ese instante en el que saboreaba sus postres, a pesar que el dulce ya no significaba nada para ella, el recuerdo de lo que había sido se imponía sobre su auténtico ser demoníaco.

Vampira. Diablesa. Espectro. Bruja. Había recibido cientos de nombres a lo largo de su existencia, pero ninguno había capturado su auténtica esencia como el de Georgette.

La criatura estaba sentada con delicadeza infantil en una inmensa bandeja situada en el centro de una mesa cubierta enteramente por platos y tazas sucias, pequeñas migas que habían escapado a su lengua hambrienta y cajas de bombones vacías. Ese era su festín caprichoso de todas las noches, una orgía de azúcar y pasteles que devoraba con elegante glotonería.

La mesa con la bandeja estaba situada en el centro de un inmenso salón de paredes vacías. La encimera de la chimenea, los ganchos para colgar cuadros… no había ningún tipo de decoración, solo estaba aquella mesa sin sillas y los cientos de envoltorios que rodeaban su cuerpecillo. Tampoco había recuerdos capaces de sostener su vacía existencia.

En el otro extremo del cuarto, un joven oculto tras las penumbras de la noche contemplaba con una mezcla entre diversión y curiosidad el festín de su compañera. Él era como ella, otro ser loco por el hambre, incapaz de sentir nada más que no fuera la necesidad de devorar, de desgarrar la carne y el mundo para saciar su apetito insaciable.

Por ello, le resultaba sumamente interesante que uno de los suyos fuera capaz de entretenerse con sus postres favoritos ignorando la voracidad que la corroía por dentro para disfrutar de la textura del merengue, el tacto pegajoso del chocolate o la suavidad de una crema.

           Era por ello que era conocida como Georgette “la Gourmet”, la extravagante devoradora de dulces.

El espectador contempló como la criatura se pasaba la lengua por la comisura de los labios y sus delicados dedos. Su obsesión era tal que ni una sola gota, ni una miga era capaz de escapar a su meticuloso festín. Ese era su paradigma: la comida humana no podía saciar la voracidad monstruosa que les devoraba por dentro, pero aun así insistía en alimentarse de caprichos. Y aunque su cuerpo siempre pedía más, aunque no podía desperdiciar ni el pedacito más insignificante, ella continuaba, obcecada en su locura.

―No podrás aguantar eternamente ―suspiró el otro ser. No había empatía en sus palabras, únicamente la curiosidad por saber cuál sería el final de la caprichosa gourmet.

―No quiero vivir eternamente ―Georgette sonrió, mostrándole una hilera de afilados dientes inconcebiblemente limpios. Con un gesto de desdén e indiferencia, gateó por la mesa hasta llegar a su límite. Con los dedos apoyados en el borde, el engendro contempló al visitante con el mismo interés con el que él había acudido a su guarida―. Nadie lo soporta, quizás por eso estamos locos.

Su compañero asintió, devolviéndole la sonrisa. Sus ojos verdes, ahogados también en las tinieblas, brillaron de diversión ante la idea. Durante un instante, el blanco de su mirada se tiñó de negro, pero rápidamente recobró su aspecto humano.

―Ahora entiendo porque los demás te desprecian.

―No tendría por qué extrañarte: somos seres solitarios, no podemos evitar odiarnos, envidiarnos, desearnos… hasta que el hambre puede con nosotros y nos olvidamos hasta de nuestro nombre.

Los ojos verdes se tiñeron de rojo mientras su dueño salía de las sombras en las que la había estado observando. La postura relajada con la que fingía ser humano había desaparecido, todo su cuerpo se había tensado imperceptiblemente, recuperando el aire de depredador que les caracterizaba. Aun así, continuó sonriendo afablemente.

―Pero a pesar de romper las reglas, tú resistes nuestra demencia natural.-la mirada de la criatura delataba su inhumano interés. Cualquier elemento que rompiera la monotonía que tenía presa su día a día captaba su inabarcable curiosidad.

Georgette inclinó la cabeza a un lado. Civilización y aire salvaje se entremezclaban en cada uno de sus gestos y ademanes. Su manera de conservar su humanidad era tan burda y paródica que parecía más bestial que aquellos que se rendían al canibalismo y los festines de carne humana.

―Ese es mi secreto favorito, mi monstruoso amigo ―ronroneó mientras extendía el brazo con la gracilidad de una bailarina. Sus dedos acariciaron el cuello de su invitado. Ya no había belleza en ellos, solo ansia y más ansia por continuar comiendo―. El otro ya lo conoces, por eso has venido a verme: puedo descubrir secretos y miedos al comer la carne de los hijos de las sombras. ¿Quieres que te ayude a comprender por qué tus propios actos han dejado de tener sentido incluso para ti? ¿O que descubra qué es lo que has olvidado? Déjame morder tu tierno cuerpo y leer en la sangre los misterios que ansías revelar.

El engendro se dejó acariciar mientras sus ojos, titilantes de curiosidad, devoraban sus seductoras palabras. La Gourmet conocía muy bien a los seres tan jóvenes como él; no era el hambre lo que les volvía locos, sino la necesidad de saber más y más, de desentrañar todos los enigmas sobre su naturaleza y el mundo que acaba de abrirse a ellos.

―Quiero tu secreto ―susurró el visitante mientras cogía el envoltorio de una magdalena―. Por eso te he buscado. Por eso estoy aquí ―su rostro se encaró al de Georgette―. Pero no son mis misterios los que quiero conocer, sino los tuyos. ¿Por qué insistes en comer dulces si luego atraes a los nuestros para devorarlos con falsas promesas? ¿Merece la pena ayunar o es solo una fachada para alimentar tu leyenda y embelesar a tus víctimas?

La criatura se echó a reír. Su risa cristalina estaba teñida por todas las emociones que su cuerpo ya no era capaz de sentir. A pesar de ello, había algo en sus carcajadas mucho más escalofriante que los gritos de pavor o las lágrimas de desesperación.

―Mi secreto es tan simple que nadie lo puede comprender: devoro mis postres favoritos porque los adoro. Chocolate, crema, bombones, pasteles, piruletas, torrijas… Aunque ya no sea capaz de apreciar su sabor, sigo hechizada por la magia del azúcar, el capricho que me cautivó mucho antes de convertirme en un monstruo.

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2 comentarios en “Georgette|Relato|

  1. Me ha gustado un monton. (Estoy con un teclado sin accentos y es un poco estresante…)
    Me ha recordado un poco a unos capitulos del nuevo libro de Laura Gallego; Todas las hadas del reino. Lo has leido? (Tampoco tengo simbolo de interrogacion abierto… TT’)
    Me ha hecho gracia que a pesar de comer tenga los dientes blancos… Aunque igual es por la nata (?)

    • Sé lo que se siente: a veces me pasa lo mismo cuando al teclado se le va la pinza.

      Pues no, todavía no he tenido la oportunidad. Y ahora me has dado ganas XD

      Nata y una pasta de dientes muy especial 😉

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