La etérea luz de las velas |Relato|

                La joven se deslizó entre las sombras. Le gustaba fingir que era una de ellas y olvidar por un instante quién era o qué buscaba. La oscuridad podía parecer fría y tenebrosa, hogar de incertidumbres y escondrijo de problemas, pero no dejaba de ser una faceta como cualquier otra de la Realidad, la misma de la que se burlaba con su existencia.

                Después de haber descendido a la profundidad de las penumbras y contemplar su decadencia y desgracia, se había enamorado de la oscuridad, con sus engañosas facetas y sus múltiples rostros. Ahí estaban sus miles de hermanas perdidas, los secretos que el viento le susurraba y la entrada a un mundo que se agazapaba bajo el peso de las ciudades. Y ella era su hija pródiga.

                Con la elegancia de un gato la chica apoyó los pies en el canalón antes de comenzar a trepar. Lo hizo sin dudar, pero tampoco con la bravuconería de considerarse inmune a cualquier accidente. La muerte no perdonaba ni a las domadoras de fantasmas.

                Ascendió durante lo que le pareció una eternidad. Lo hizo en silencio, deteniéndose ante cualquier señal en la calle. Los brazos le ardían, entumecidos por el esfuerzo, y el frío se filtraba por las costuras de su chaqueta, pero la joven continuó, ignorando las protestas de su cuerpo.

                Su camino se detuvo en una ventana, una más entre las muchas del edificio, de cristales sucios y la persiana a medio bajar. Sin preocuparse por las evidencias, forzó el dintel a varios metros de altura, balanceándose en el aire a la espera que la ventana cediera a sus esfuerzos. No tardó en lograrlo, algo que su precipitado orgullo ya había dado por hecho. Con el sigilo de un ladrón, se deslizó por el hueco en silencio y sin golpear la traicionera mesita que había a los pies de la ventana. Una sonrisa cruzó su rostro, era apenas un amago, pero suficiente para expresar el alivio que sentía al haber superado el primer y más importante obstáculo de la misión que tenía entre manos.

                Aunque, claro, ¿qué podría detener a una maga?

                La joven abandonó la habitación en la que estaba, polvorienta y sin un ápice de personalidad en sus muebles, para adentrarse en las profundidades de la vivienda. La escasa luz que se filtraba por sus pasillos provenía de la calle, formando débiles arcos luminosos entre zona y zona, algunas perfectamente nítidas y otras sumergidas en las penumbras. Quizás fuera por la iluminación o por el agudo instinto de la chica, pero lo cierto es que en aquella casa se respiraba un aire a podrido y decadencia. Aquel aroma impregnaba las paredes, cubría los cuadros y se recostaba sobre los estantes. La peste contrastaba con la disposición de muebles y cachivaches: unas flores secas colocadas de manera precisa en un jarrón de cristal, varios libros ordenados al milímetro… había mimo y cariño en la decoración. La mano que lo había dispuesto todo era la de alguien orgulloso, ordenado, una persona atenta a mil detalles. Era esa misma mano la que la muchacha se imaginaba flotando en medio del pasillo: sus finos dedos se movían frenéticamente, trazando palabras en el polvo de urgencia, rabia, despecho y tristeza. En su compás se podía leer un único mensaje: “Sígueme. Por favor, sígueme“

                Y eso es lo que la joven hacía: correr en pos de la llamada fantasmagórica. En sus ojos, dos pozos rebosantes de oscuridad, se reflejaba lo que no existía: la mano, sus palabras, su eco… convirtiéndolo en real.

                El pasillo terminaba en un salón.

                Lo primero que sintió la chica fue que ese era el origen de la peste. Fue entonces cuando comprendió que aquel olor solo podía desprenderlo un cadáver humano.

                Lo siguiente fueron las voces de dos personas.

                Sin abandonar las precauciones, se asomó a la puerta del salón. Sus ocupantes no la vieron: la mujer estaba demasiado pendiente en el hombre. Y el hombre estaba demasiado pendiente del cadáver.

                Una sonrisa rabiosa se curvó en el rostro de la intrusa. Sus ojos comenzaron a brillar débilmente mientras parecía meditar alguna decisión. La sonrisa desapareció para dejar paso al temor. Entre ausente, rememorando algo que no había pasado hacia tanto tiempo, y asustada contempló su mano. En sus dedos brotaban briznas de poder, pero podía decidir su origen: el suyo propio o el que le había regalado un demonio.

                Odiaba esa decisión: cuanto más se enfrentaba a ella, más le costaba resistir a la tentación de recurrir al arte demoníaco en vez de desgastar su propia energía. No obstante, aquella noche elegir fue sencillo: la burla de aquella mujer, manipulando a la muerta como si fuera una marioneta, fue suficiente para que la Maga de los que No Tienen Voz traicionase sus principios. Lo hizo por la tristeza de aquella casa, por la mano que ya no volvería a regar sus flores o acariciar la cubierta de los libros.

                ―Despierta ―susurró―. Despierta durante todo lo que dure la luz de las velas. Te devuelvo la vida, una vida etérea, pero suficiente para saciar tu venganza.

                Y entonces, Jenifer abrió los ojos.

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