Una minúscula guerra

Todo estaba en calma hasta que las luces fueron encendidas, alumbrando la mesa de trabajo.

La batalla se desperdigó por la mesa: las hojas en blanco se llenaron de garabatos, esquemas y mil anotaciones. Surgían de todas las esquinas y acabaron amontonándose en precarias torres parapetadas con libretas. Algunas tuvieron menos suerte y salieron volando, convertidas en proyectiles que se precipitaron sobre la papelera, dieron un par de giros en su vórtice y se desplomaron; dentro o fuera, arrugadas o hechas pedazos.

Los soldados eran bolígrafos que, paulatinamente, su tinta se iba secando. Algunos desertaron, escondiéndose entre los muchos papeles; otros acabaron en la papelera, fosa común de ideas desechadas y materiales caídos en combate. Los lápices servían para hacer bocetos y rayas que viajaban de hoja a hoja. Eran, sin saberlo, navegantes de mundos nuevos, todavía sin forjar y a punto de ser creados.

Era tal la actividad que bullía incansablemente, que el tiempo se había escondido, deteniendo los relojes mientras el sol continuaba su camino y la luna se despertaba, coqueta y soñadora, dispuesta a brillar como musa una vez más.

Todo eso sucedió en una minúscula guerra entre imaginación y trabajo dentro de la mente del escritor.

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