A la luz de las velas |Relato|

                ―¿Vas a salir esta noche con Jenifer?

                Hugo estaba tan ensimismado reordenando los archivos que aquella pregunta le pilló desprevenido. No era tan inquieto como lo había sido de pequeño, pero aun así los papeles amenazaron con salir volando al compás del brinco que inevitablemente había pegado al sentir que alguien se dirigía a él. Se trataba de Juanjo, su mejor amigo y compañero de oficina, quien acostumbrado a su nerviosismo se limitó a esbozar una sonrisa divertida ante su reacción.

                ―No… no lo sé… ―suspiró casi entre tartamudeos―. Todavía no se encuentra del todo bien… ¿te comenté que ha estado resfriada?

                ―Como unas ocho veces entre café y café.

                ―Lo siento… ―alicaído, guardó los informes en un sobre, dando por finalizado un día que había intentado estirar hasta lo imposible―. A veces me repito un poco…

                ―¡No pasa nada, hombre! Los demás se burlarán de mí si te digo esto, pero resultas hasta tierno. Con el carácter que tiene Jenifer, alivia ver que por lo menos uno de los dos suele estar pendiente de todos los detalles.

                ―Ya… Pero a veces debo de ser insoportable, repitiendo siempre las mismas tonterías.

                Intranquilo, se incorporó para acompañar a su amigo a la salida. Eran pasadas las ocho y la oficina estaba sumida en un silencio casi espectral. Dejando a un par de rezagados, el edificio pertenecía ya al reino de los silencios y las sombras engañosas que se filtraban por cualquier resquicio, adoptando mil formas en un contorneo interminable. Para Hugo, temeroso por naturaleza, aquellas briznas de oscuridad eran la representación de mil temores, algunos tan antiguos que ya ni siquiera era capaz de recordarlos. Pero el miedo continuaba ahí, invariable al paso del tiempo.

                Hundido en una pesadumbre tan habitual como inesperada, dejó que el aire helado le revolviera el cabello, prematuramente canoso, mientras su mirada se perdía en la estela luminosa que dejaban los coches a su paso. A su lado, Juanjo se despidió: a pesar del cariño que sentía por su amigo no podía evitar odiar su despreocupación. Era como si nada le importara, ni las fechas límites, ni llegar a fin de mes… Ni los problemas de pareja. Era tal la burbuja de felicidad que parecía rodearle, que más de una vez se había preguntado si realmente no se estaba burlando de él. Aquellos pensamientos coincidan cuando Jenifer parecía más distante, como si la sombra de un tercero se hubiera colado entre ambos. Pero nunca se había atrevido a preguntarlo. No estaba preparado para escuchar la verdad.

                Con la cobardía de un niño pequeño intentó postergar su camino a casa, dando vueltas innecesarias mientras se perdía por todo tipo de callejones. Por mucho que intentaba rehuir la compañía, había parejas melosas desperdigadas en todas las esquinas, en cada portal, delante de cualquier bar, restregando sus muestras de afecto mientras su propia culpabilidad perforaba aquel caos de emociones que reinaba en su cabeza.

                Era todo culpa suya, por supuesto. Él había sido primero en ver que su relación estaba condenada. Sencillamente no estaban hechos el uno para el otro, ni siquiera encajaban a pesar de lo mucho que intentaban repetírselo sus amigos. Demasiados gustos diferentes, puntos de vistas radicalmente contrarios o maneras de actuar ante los problemas. Solo ello podría explicar porque había actuado como el cobarde que era: en vez de intentar solucionarlos, había sido el primero en distanciarse con la absurda esperanza que Jenifer se diera cuenta y le preguntara qué le pasara. Por una vez, solo por una vez, deseó que dejara de preocuparse por sí misma y se diera cuenta que él también tenía problemas. Más de los que quería asumir.

                En vez de intentar curar las grietas o evitar que se hicieran más grandes se había lanzado al abismo, condenando cualquier posibilidad de solución. Ya era tarde, especialmente para pedir perdón.

                Así pues, no le quedó más remedio que vagabundear por las entrañas de una ciudad adormilada, postergando un momento hasta que la huida se convirtió en una hora recorriendo callejuelas.

                “Creo que ya es suficiente”, murmuró para sus adentros. “Seguro que ya se ha cansado de esperar…”

                Realmente no creía en lo que decía: era más bien un burdo intento con el que animarse y regresar a una casa que había convertido en prisión.

                Cada vez más encorvado retomó su camino, con la mirada fija en el suelo y las manos en los bolsillos mientras sus dedos se retorcían de nerviosismo. Los últimos retazos de San Brujeril brillaban en rosas y rojos desvaídos desde carteles y anuncios. Sonrientes enamorados y cupidos parecían burlarse de su situación desde su prisión de papel. En su efímera vida no había hueco para el desengaño o la realidad: ellos solo existían un día, el único en el que la tristeza estaba prohibida y la soledad condenada.

                A pesar de vivir en una de las calles más amplias y transitadas, la pesadumbre que imperaba en su interior había robado la luz de las farolas para ocultarse en los ojillos inquietos de gatos y ratas que disfrutaban de su reinado nocturno correteando bajo los coches o asomando las naricillas desde las alcantarillas. Aquellas bestezuelas eran las únicas capaces de percibir la desesperación del hombre, pero ninguna entendía el lenguaje humano.

                Agotado, Hugo se obligó a abrir la puerta de su casa. Nada más hacerlo, el olor a Jenifer le sacudió con fuerza: la presencia de la mujer impregnaba cada esquina de la casa, como si fuera un componente más del aire que respiraban. Estaba en cada mota de polvo, en cada mueble, en las huellas trazadas por finas capas de polvo que comenzaban a amontonarse lentamente en los alféizares. Su presencia se intuía en dos cojines mal colocados o en una colección de libros ordenados por las iniciales de sus autores. Podía fingir que ella no estaba, pero su sombra era tan penetrante que por mucho que cerrara los ojos continuaría sintiendo su mirada desdeñosa, aburrida, cansada de sus fracasos, dolida por sus traiciones.

                Por mucho que lo intentara, nunca escaparía de ella.

                Y entonces, toda la pesadez y lentitud que le había caracterizado en su camino desapareció. Sacudido por la necesidad de comprobar la verdad, dejó caer su maletín y el abrigo para correr hacia el salón. El corazón le latió desbocado al ver la mesa puerta, aunque los platos ya habían sido usados y la cena se enfriaba en esa bandeja que tenían reservada para las ocasiones importantes. Pero no fue eso lo que atrajo su atención como al más poderoso de los imanes: fue la silueta de Jenifer, recortada entre las penumbras de la sala. Su cabeza estaba reclinada de lado, con el pelo en la cara y los brazos caídos a ambos lados de su cuerpo, plácidamente sumido en el sueño.

                Así era esa mujer que tanto amaba y despreciaba: engreída, orgullosa, incapaz de entender los problemas de los demás o de ceder en su caprichoso orgullo. Pero a pesar de todo ello, había estado siempre esperándole: a que dijera algo, a que regresara, a que fuera sincero. Lo había comprendido demasiado tarde, segundos después de traspasar el umbral de la ruptura.

                ―Yo… ―le dijo al silencio mientras las lágrimas pugnaban por recorrer su rostro―. Lo siento… Te he fallado tanto y tantas veces…

                Se acercó a ella suavemente para depositarle un beso en su frente, pero se detuvo. La tranquilidad de su hogar se había roto: había un nuevo aroma en el ambiente, otra presencia que no tenía que estar ahí, un intruso que burlaba la calma con su existencia.

                Aterrado, Hugo contempló como una figura emergía de las sombras del salón. Era una joven de edad inmemorial que bien podía haber pasado por veinte que por treinta años, de cabellos negros y sedosos que caían como una cascada que se arremolinaba en torno a su figura exuberante y sensual. Vestía únicamente con una lencería que realzaba sus pronunciadas caderas y sus senos firmes y redondos. En cualquier otro momento se habría excitado al ver a su amante, pero esa noche temió al ver esa mirada hechicera, capaz de obligarle a cometer cualquier locura, y esa sonrisilla lasciva y pérfida.

                La deseaba y odiaba a partes iguales, pero nunca la había amado como a Jenifer.

                ―Te has tomado tu tiempo en venir ―ronroneó―. Estaba empezando a preguntarme si te habías perdido.

                Lentamente empezó a caminar hacia Hugo, contorneando las caderas y entrecerrando sus ojos en un mar de pestañas. El hombre se quedó inmóvil, incapaz de asumir que lo que estaba sucediendo, más propio de una fantasía, fuera real. A pesar de las provocaciones de la mujer, su miedo a perder el control superaba al deseo a sumirse en la locura y romper las cadenas del sentido común.

                No obstante, necesitó que su amante se echara a reír para reaccionar de una vez por todas.

                ―Cállate… ―era una mezcla entre orden y súplica―. Vas a despertar a Jenifer.

                Burlona y desafiante, la risa de la mujer se duplicó al escuchar el nombre de la esposa. Una sonrisa pérfida cruzó su rostro mientras cambiaba de objetivo: con pasos decididos se acercó al cuerpo, al que acarició con una grotesca ternura mientras alzaba su rostro para que mirara a Hugo.

                ―¿Y qué más da? ―se burló―. Está muerta, ¿o acaso lo has olvidado? La matamos a la luz de las velas.

                El rostro cadavérico y putrefacto de Jenifer estaba contraído en un último rictus de dolor: por la traición, por el miedo al sentir como una media de seda se entrelazaba en su cuello… Y aun así sus ojos ciegos y apagados parecían continuar mirándole con desdén, aburridos ante su ineptitud, cansados de su cobardía, odiándole con más intensidad que la que pudieron haber sentido en vida.

                Paralizado por los remordimientos, el hombre se quedó mirando el cadáver de su esposa mientras su amante le abrazaba, ofreciéndole su cariño, contagiándole de su locura, impregnando cada poro de su piel con besos envenenados.

                A la luz de las velas consumidas, el rostro de Jenifer parecía contemplar con rabia a sus asesinos, incapaz de ejecutar su venganza.

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4 comentarios en “A la luz de las velas |Relato|

  1. Realmente no me esperaba ese final. Por un momento llegué a pensar que Jenifer despertaría y cortaría con Hugo, o que Hugo hablaría con Jenifer de lo que sentía, Jeni también hablaría con él y terminarían casándose, o que la amante iba a ser su consciencia hablándole del amor que siente por Jeni, o que Hugo era un extraterrestre y había llegado su momento de volver a su planeta. No sé, habían muchas posibilidades.

    Como siempre, tus finales me pillan por sorpresa, muy buena.

    • ¡Me alegra que te haya gustado!

      Lástima que ya era tarde para los dos 😉
      La de Hugo como extrarrestre me ha hecho mucha gracia. Ese sí que habría sido un final interesante XD

  2. Vale, creo que este es mi relato preferido de todos los que has escrito hasta ahora.
    Está REALMENTE bien escrito y la historia es también MUY buena.
    Desde el principio intuía que Jenifer iba a morir (Por la imagen ejemejemspoilerejemejem).
    Pero de todos modos cuando has dicho que estaba dormida he pensado que quizá lo estaba de verdad y que se iba a despertar y ver a Hugo y a su amante juntos…
    Pero no XD

    Pues eso, muy buena, la historia.

    • ¿De verdad? *///___///*

      La imagen es una provisional hasta que le haga un dibujo… aunque no he podido evitar usarla, es un mal acierto… En fin, me alegra que así te lo haya parecido.

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