Armadura blindada en el olvido |Relato|

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            El caballero caminaba por la orilla del río. Un par de lechos podridos se deshicieron bajo sus pies, amenazando con entorpecer su camino, pero él continuó adelante, incansable. Los estragos de la guerra se mecían en las turbias aguas, camuflándose entre los peces y las algas, pero de tanto en tanto asomaban a la superficie; una camisa ensangrentada, un espada partida por la mitad, una bandera tan desgarrada que era imposible determinar a qué bando pertenecía; al igual que el caballero. La visera del casco ocultaba su rostro, pero la desesperación se palpaba en su camino errante, sus andares torpes o el maltrecho estado de su armadura, cubierta casi enteramente por la herrumbre.

            Caminaba buscando algo: su mirada enfundada en acero se perdía constantemente en las ramas de los árboles y las aguas sucias, como si esperara que ahí estuviera agazapado aquello que no encontraba.

            Sentado en una roca, un anciano de largas barbas y nariz aguileña pescaba la podredumbre que se mecía río abajo.

            ―¿Quién ha ganado? ―Le preguntó al caballero cuando pasó a su lado.

            Pero él continuó en silencio, con su paso de autómata y la derrota agarrotándole los hombros.

            El caballero caminaba por la orilla del río. Cada dos pasos sus pies resbalaban en el hielo, pero él continuaba hacia delante, siempre delante, indiferente al frío glaciar que se había depositado sobre la tierra en forma de copos de nieve. El hielo había cubierto las sucias aguas, ocultándolas bajo un manto grisáceo, pero no lo suficiente opaco como para esconder las sombras oscuras que se vislumbraban bajo él.

            Donde antes hubo una roca, un refugio para cazadores se erigía como un templo dedicado al calor. En su puerta, un anciano de barbas grises jugaba con las últimas brasas de una hoguera extinta.

            ―¿Ya lo has encontrado? ―Le inquirió con una sonrisa burlona.

            El caminante se detuvo durante un instante. A pesar que el casco parecía contemplar al viejo, daba la sensación de estar tan ausente que ni se había fijado en su existencia.

            Así que continuó caminando por la orilla del río. Dejó atrás aquel invierno para adentrarse en una inundación que arrastraba consigo casquetes de algún tejado y un perro aullante que se perdió en la lejanía. El agua se arremolinaba más allá de sus rodillas, pero su paso no flaqueó ni un instante. El refugio era ahora una posada donde se amontonaban turistas y vecinos, aterrados ante la riada. El anciano estaba entre ellos, una cara sonriente entre todos aquellos rostros de pavor.

            ―¿Qué has perdido? ―Gritó, haciéndose oír entre el estruendo que acompañaba al caballero.

            Pero él no le podía escuchar. Una ráfaga de aire le azotó con tanta fuerza que el casco salió volando, dejando entrever su rostro, tan pálido y ajado que era casi transparente: no era el paso del tiempo el que estaba emborronando su presencia, sino el olvido.

            ―Yo… ―murmuró, con la mirada febril fija en el horizonte interminable―. Yo solo quería ser fuerte… El más fuerte para protegerles, pero… ―lentamente, retomó su paso incansable―. Mi nombre… ¿Alguien recuerda quién soy?

            El caballero más fuerte de todos, blindado en una armadura de olvido, continuó caminando. Siempre al lado de la orilla del río, siempre avanzando hacia delante en un sendero que no tenía ni principio ni fin. Caminó al lado de un concurso de pesca y de aguas contaminadas; a su lado se creó el armazón de un puente que años más tarde se derrumbaría. Caminó hasta que la posada se desmoronó y no quedaron más que ruinas cubiertas de musgo y un anciano que reía. El bosque conoció innumerables inviernos, el río se secó y el caminante terminó de perder la opacidad, pero su empeño en recuperar lo que alguna vez había sido no flaqueó con el paso del tiempo.

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