La batalla de Aguasvivas |Relato|

La lucha entre terrestres y criaturas acuáticas duró eones en un mundo recién formado, tan primitivo que ni siquiera existían reinos o dominios, solo la distinción entre mar y tierra. Aquel enfrentamiento perduró tanto tiempo que su origen se diluyó entre las páginas de la Historia no escrita: lo que importaba no era cómo había comenzado, sino que aquella guerra no terminaría hasta que uno de los dos bandos aniquilara al otro. Una propuesta tan absurda como inalcanzable: únicamente peleaban por orillas, playas y acantilados, terreno común para ambos bandos. Y por mucho que las batallas persistieran, a pesar que avanzaran los siglos, de las profundidades marinas continuaron emergiendo hordas de engendros preparados para la guerra, mientras los humanos se encaminaban desde los confines de la tierra hasta aquellos esporádicos y repartidos campos de batalla.

Y a pesar de la magnitud y grandiosidad de esa guerra, donde las criaturas más dispares se habían aliado para formar dos inmensos bandos, tan amplios y diversos como la misma naturaleza que representaban, solo una batalla perduró en el tiempo, convirtiéndose en leyenda: aquella que sucedió en la comarca de Aguasvivas.

Caracolas y cuernos entonaron la misma melodía al despuntar el alba: era la canción de la guerra, la que marcaba el inicio de cada contienda. Sonaron a deshora, una guiando a su ejército y la otra avisando del ataque, pero su cántico se convirtió en uno solo, resonando más allá de la arena de una playa eternamente ensangrentada, donde armas y dispares esqueletos se entremezclaban hasta cubrir por completo lo que alguna vez había sido una tierra virgen y paradisíaca. La tosca fortaleza que vigilaba aquellas tierras, construidas con las prisas y el temor de un ataque por sorpresa, se estremeció ante la euforia de sus guerreros: la contienda había perdido su auténtico significado, convirtiéndose en una especie de atracción de alto riesgo, una parada obligatoria para todo aquel que quisiera dedicarle su vida a la matanza. Los ejércitos que se reunían bajo la sombra de la fortaleza estaban formados por malhechores y jóvenes que acababan de terminar su instrucción, veteranos que no concebían una muerte tranquila y adictos al fulgor de la adrenalina. Había locos y soñadores, cazadores de engendros y espadachines dispuestos a ganarse un nombre. Entre ellos estaba Aquiletio, aquel que había reclamado aquellas tierras sin nombre como suyas. Antiguo general del ejército de algún rey, había abandonado las justas y las cruzadas para proteger aquel lugar, una empresa a la que le estaba dedicando más de la mitad de su vida. Dado que la mayoría de combatientes eran guerreros de paso, los más dispares rumores rodeaban la figura de aquel hombre de mirada férrea y tez atestada de cicatrices. Se hablaba de locura, ambición e incluso de la promesa a un mago. Fuera como fuere, aquella mañana Aquiletio salió montado en su caballo con el sonido de los tambores y el retumbar de las pisadas de los guerreros resonando a su espalda como un lejano y difuso eco. Esa ilusión sonora era capaz de cuadruplicar el número de combatientes que se encontraban en esos momentos en Aguasvivas: había tantos frentes abiertos y tantas batallas desperdigadas al azar que, dado el carácter voluble de los soldados, ese día solo quedaba una pequeña guarnición acampando en el castillo. No era suficiente para contener el ataque enemigo, pero sí para resistir hasta que llegaran los refuerzos, atraídos por la promesa de gloria y masacre.

Con su característico porte orgulloso, Aquiletio se dirigió una única vez a sus camaradas antes de galopar hasta la incertidumbre de alguna dolorosa muerte.

―Recordad: no hacemos prisioneros.

Era la broma de siempre, la que lograba sonsacar carcajadas y más de una sonrisa burlona. En aquella guerra absurda, ambos bandos habían comprendido que era inútil hacer prisioneros: los acuáticos no podían resistir más de unas horas fuera del agua y los humanos todavía no habían aprendido a respirar bajo el agua.

Ese era otro de los motivos por los que aquella contienda por las zonas neutrales entre ambos dominios parecía más un disparate o una nadería que la auténtica masacre que realmente era.

Y sin pronunciar ningún discurso glorioso, idóneo para el momento que estaban a punto de vivir, Aquiletio espoleó su montura y se encaminó como una saeta al epicentro de un pandemónium de criaturas de sangre azul y membranas pegajosas.

Mientras, en la playa, Scarzza aguardaba a su destino, con sus dedos membranosos aferrando fuertemente una caracola tan grande como su rostro de anfibio.

Para los de su especie, Scarzza era un iluso, un soñador con la cabeza en la superficie y una sangre que tendía a templarse más de lo que debería. Pertenecía a una vieja raza de tritones casi extinta, de escamas pétreas y no más de un metro de altura. Aun así, su cuerpo fibroso era capaz de resistir las corrientes más traicioneras y las contiendas de los humanos. Su especie era una de las pocas que, gracias a su aspecto humanoide y su parte anfibia, era capaz de resistir hasta un día respirando el nocivo aire de la superficie. Para él, eso no era suficiente: amaba el mundo que había más allá de las traicioneras aguas, el misterioso sol, aquel segundo mar que era el cielo. Pero sobretodo, era el reino de los humanos el que despertaba su curiosidad, con sus castillos de piedra y bosques de esas extrañas algas sólidas y resistentes.

Y a pesar de ello, estaba dispuesto a destruirlo por el bien de su pueblo.

―Hasta la muerte―graznó. Hablar fuera del agua era como masticar arena, pero aun así disfrutó del sonido de sus propias palabras.

Y la batalla comenzó.

Las criaturas capaces de resistir la atmósfera terrestre aguardaban en la playa, ocultos tras dunas y restos de antiguos carruajes u osamentas de caballos y seres monstruosos que habían encontrado la muerte en la superficie. Parecía un grupo pequeño, insignificante en comparación de los humanos que se lanzaron contra ellos, no obstante, dentro del mar les aguardaban los refuerzos: tritones armados con tridentes más inmensos y mortíferos que las toscas espadas de los terrestres, sirenas cuyo cántico era suficiente para arrebatarle la cordura a todo aquel que lo escuchara, leviatanes y krakens tan inmensos que el agua no era capaz de cubrir por completo sus miembros tentaculares.

Humanos y acuáticos entrechocaron sus armas. El acero rasgó carne, sin importarle su origen: la guerra, diosa insaciable, quería muerte y sangre, ya fuera azul o roja. Muchos cayeron, pero la mayoría se incorporó de nuevo, con las fuerzas renovadas y un grito eufórico en su garganta. Arremetieron los unos contra los otros olvidando su nombre y pasado, desdeñando el motivo que les había precipitado a esa espiral interminable: solo notaban el latido de la adrenalina, más poderoso e intenso según sus vidas se balanceaban en aquel baile, la euforia o la certeza de saber que cada estocada podría ser la última, que el siguiente golpe podrían arrebatarles de las realidad para siempre.

Peleaban porque lo necesitaban, porque eso era lo que sus corazones realmente anhelaban.

Scarzza luchaba junto a sus hermanos. Sus movimientos eran torpes y vacilantes, más interesados en proteger la caracola que en unirse a la comparsa de los guerreros, pero la gracia del destino parecía prevenirle de alguna muerte inminente: le protegía la certeza de saber que no iba a morir, no todavía, como si estuviera escrito que su destino continuaría más allá de aquella batalla. Así era y así podía intuirlo, pero el frenesí que le rodeaba, donde cualquier paso podía convertirse en un error, estaba desbarajustando su iluso plan: tenía que hacer sonar aquella caracola. Bastaba un único cántico para derrumbar precipicios y fragmentar la tierra.

Aquella arma legendaria les daría la victoria, aunque la mayoría de sus congéneres consideraran que esos poderes no eran más que exageraciones de leyenda. Realmente, él era el primero en desear que no fuera más que un mito, pero por mucho que le doliera destrozar el mismo mundo que adoraba, estaba dispuesto a todo con tal de finalizar la guerra.

El joven tritón luchaba con la agonía y la incertidumbre de no estar seguro de lo que estaba a punto de hacer. Peleaba porque necesitaba convencerse que era necesario, que ya no quedaba otra, pero cada vez que sus dedos resecos se aferraban al cuello de la caracola un espasmo recorría su cuerpo, obligándole a blandir su lanza de coral.

Y así estaba, dando mandobles que raramente acertaban, cuando Aquiletio se cruzó en su camino. Detrás del general había un reguero de cuerpos escamosos y sangre azulada, un sendero labrado sin más azadón que su espada, una joya conocida como Quietud. Incluso Scarzza conocía la fama y nombre de aquel humano, pero no dudó en atacarle, dispuesto a defender su vida y el orgullo de su especie, masacrada entre mandobles. Sus simples estocadas, inocentes e intuitivas, centellearon al compás del baile que dictaba Quietud. En aquella danza, cualquier despiste significaría la muerte.

Destreza y suerte se entrecruzaron en el centro de aquella escaramuza. Una inexplicable fortuna era lo que mantenía con vida al joven acuático entre estocada y estocada, evitando que compartiera el destino de sus compañeros. Si eso sorprendió al humano, no dio ninguna muestra de ello: su rostro se mostraba tan imperturbable como siempre, una fría máscara cincelada por una vida colmada por demasiados desastres.

Uno a uno, el resto de combatientes se detuvieron, curiosos ante el duelo que estaba fraguándose ante sus ojos: la habilidad y experiencia de Aquiletio estaban siendo burladas por golpes al azar y una intuición que resultaba incluso descarada.

A pesar que el rostro del general continuaba imperturbable, indiferente al cansancio o la sorpresa que había resultado aquel acuático, las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente, formando el inicio de una torpe sonrisa casi imperceptible.

Satisfecho, el hombre asintió antes de hacer una última finta, tan veloz que la lanza de su rival se tambaleó antes de salir volando. Scarzza no tuvo tiempo ni párpados que le permitieran parpadear: Quietud atravesó su vientre, derramando su sangre azulada por encima de la certeza, el destino y aquella arena tan mancillada que había perdido su color. Atenazado por un frío que se escurría por la herida, cubriendo lentamente su cuerpo, el tritón se desplomó. Le aterraba la idea de morir, de dejar de existir, pero sobretodo, le dolía agonizar en la tierra donde antes otros tantos habían muerto. Era como ser enterrado en una tumba común.

Estaba tan cerca de la tierra que anhelaba conocer que morir a medio camino, tumbado en una playa sin nombre, tierra de nadie a pesar de lo codiciada que era; que casi rompió a reír por la desesperación.

Lentamente, sus dedos agarraron la caracola para llevársela a los labios. Si iba a caer, no lo haría solo.

Como última y triste ironía, solo un soplo emergió de aquella concha: sus pulmones anfibios no tenían la suficiente fuerza como para hacerla resonar y desatar su magia. Aquel leve suspiro, que muchos confundieron con el gemido agónico del tritón, solo fue escuchado por un anciano de largas barbas y nariz ganchuda. No estaba presente, pero la distancia no era impedimento para él:

―Malditos seáis por empujarme a hacer esto ―graznó con una voz apergaminada, propia de quien había vivido cientos de años, mientras sus ojillos relumbraban con más intensidad que el fuego que crepitaba a sus pies.

Y el resto, se convirtió en leyenda.

Sin variar un ápice su expresión, Aquiletio recogió la caracola del tritón y regresó a su castillo. Lo hizo sin mirar atrás, abandonando su espada, consciente que nunca más volvería a luchar. Cuentan que murió abrazado a aquel misterioso objeto, incapaz de despegarse de él, aferrándose como si así fuera capaz de llevárselo al más allá.

Los acuáticos se llevaron el cuerpo inerte de Scarza y Quietud al mar. Lo hicieron en silencio, ignorando al resto de humanos que contemplaban atónitos aquel desenlace. Nunca más se supo de ellos: pasaron los siglos y sirenas y leviatanes pasaron a formar parte de mitos y cuentos. Muchos desearon volver a encontrarse con esas peculiares criaturas, pero el precio por el fin de la guerra y los territorios conquistados perduró en el tiempo.

A pesar que este fue el fin de una de las etapas más extensas y sangrientas de la Historia, lo único que perduró en sus páginas fue esta escaramuza que más tarde se conocería como la batalla de Aguasvivas.

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