Capítulo 19: Epílogo |Hija del humo|

Música de fondo

                Siempre hay un principio que marca el comienzo de cada historia. El de Diecisete fue aquel suspiro de aburrimiento que contuvo mientras intentaba guardar sus cosas en un casillero antes de una práctica condenada a repetirse. A decir verdad, todo había comenzado mucho antes: al igual que las diferentes piezas de un juego, todos aquellos minúsculos factores que habían concluido en su desgracia habían surgido a lo largo de toda su existencia, conduciéndola, inevitablemente, a su abrupto fin. No existía un auténtico inicio, pero aquel suspiro que nunca existió se había convertido en la casilla de salida de esa larga carrera que había terminado con ella, con Diecisiete, la chica muerta, el reflejo de la Esperanza.

                En la primera y fatídica clase, también se había aburrido. En realidad llevaba toda una vida aburrida: estaba cansada de su soledad, de los pocos instantes en los que atisbaba una pizca de diversión. Estaba harta de ser quien era, de repetir el papel de sombra incluso entre las que decían ser sus amigas. Antes de Catorce, solo otra persona se había fijado realmente en ella, para los demás no había sido más que una pieza del mobiliario que encajaba en el grupo como mero relleno. No era algo que le hubieran dicho directamente, sino que poco a poco había comprendido.

                Y ahora, finalmente, el aburrimiento había terminado.

                La muchacha se dejaba deslizar entre jirones de penumbras, casi como si estuviera cabalgando entre olas de un mar espumoso y gris. No iba a ningún lugar en particular ni seguía más camino que aquel que el azar hubiera dispuesto para ella. Se dejaba arrastrar dispuesta a continuar hasta el límite de aquel lugar o de arañar cada uno de sus secretos. Todas las almas con las que se había encontrado al asumir su naturaleza habían repetido la misma queja: el Reino es siempre igual, una Niebla interminable y asfixiante que se nutre de la desesperación. No obstante, bastaba abrir un poco los ojos para comprender que no era así; las brumas siempre estabas adoptando cientos de caprichosas formas. Si se detenía a contemplarlas podía distinguir todo tipo de criaturas e imágenes, muchas de ellas desconocidas para la joven, que cobraban una efímera vida en un eterno vals de espirales.

                En aquel lugar sin sol ni días, el tiempo parecía una quimera más, tan lejana como lo había sido la muerte para ella, pero igual de real a fin y al cabo. No había ninguna manera de controlarlo o de encerrarlo adentro de un reloj, seguramente por ello el suyo habría dejado de funcionar al morir, aun así, Diecisiete era capaz de notar el lento paso de los días o comoquiera que se llamara la unidad temporal que imperaba en los dominios de la Niebla. Durante esos abstractos primeros días, había ido aceptando su nueva condición mientras luchaba contra la melancolía de lo que había perdido, de lo que nunca llegaría a ser.

                Hasta que la tristeza desapareció.

                Diecisiete caminaba en pos del algún lugar, de la nada, de lo interminable, del fin, fuera cual fuera. En su vagabundeo interminable se había encontrado con un antiguo navío que navegaba entre brumas. Putrefacto y de velas ajadas como pétalos marchitos, él también parecía mecerse por el azar. Su cascarón estaba tan podrido que era un milagro que no se hubiera deshecho en algún momento de su travesía, pero ahí estaba, rumbo a ninguna parte. Como ella. A modo de saludo, la joven hizo una reverencia mientras le dedicaba una sonrisa.

                El barco continuó su camino hasta desvanecerse entre tonos de gris. La putrefacción había borrado su nombre, si es que alguna vez lo había tenido, y el rostro del mascarón de proa, convertido ahora en un ente amorfo sin rasgos. Le recordó al Barquero, tan perdido en su castillo en ruinas como aquel navío a punto de desaparecer.

                No fue el único milagro con el que se encontró.

                Perdidos en la Niebla, había cientos de tesoros y misterios que nadie se había aventurado a intentar desentrañarlos. Un puente de piedra ennegrecida separaba dos inmensidades idénticas y abismales, dos caminos que podían conducir a la nada, al centro del abismo, pero que parecían diferentes desde lo alto de la barandilla. También se encontró con una farola que se retorcía en un ángulo imposible y cuya luz titilaba como una luciérnaga extraviada; un oso con mirada humana que buscaba a su otra mitad; unas escaleras de caracol que no conducían a ninguna parte: en una inexplicable paradoja, todos los peldaños estaban unidos de manera que, por mucho que intentara subir hasta arriba del todo, siempre llegaba al primero con el que se había tropezado. Había miles de caminos a otros universos e infiernos, edificios fantasmales que lloraban en el idioma de la piedra y voces susurrantes que la acompañaban hasta que se aburrían.

                Y todo le pertenecía.

                Ella era la auténtica heredera del Reino de la Niebla Olvidada, la hija pródiga de la soledad, que recorría sus dominios en pos de la leyenda que le devolvería a la vida. Caminaba sin buscar nada, pero anhelándolo todo. No estaba sola; a veces podía distinguir la silueta de Sonrisitas flotando a su lado, curioso ante los descubrimientos, sabedor del secreto por el que se había interesado en ella.

                ―¿Jugamos a contar cuentos? ―exclamó, súbitamente, mientras contemplaba a un espantapájaros que se dejaba mecer.

                El juguete, que hasta ese momento había estado flotando en la distancia, descendió lentamente hasta quedar casi a la altura de su cabeza.

                ―Los cuentos son el alimento de la Niebla ―farfulló con su voz de algodón―. Todos acaban olvidados, todos terminarán formando parte de su esencia. Quien sabe, quizás algún día los vivos se olviden de ellos mismos y la Niebla cubra toda la realidad hasta que no quede nada.

                ―Los cuentos son bonitos ―le contradijo con una sonrisa. Muerta estaba sonriendo mucho más de lo que hacía hecho en vida. Le gustaba sonreír, aunque lamentaba no poder llorar―. Puedes decidir su destino y regalarles un final feliz. O guardar el libro, cerrar los ojos y olvidar todo lo que ha sucedido.

                El payaso hizo una cabriola.

                ―Conozco muchos cuentos, siempre estuve presente cuando su madre los contaba ―comenzó―. Pero no hay ninguno que merezca la pena recordar. Quizás, el de un juguete muy especial, un amigo inanimado que siempre estaba ahí, contemplándolo todo con sus ojos de cristal. Era el mejor amigo de una niña, ese regalo que siempre agradeció a pesar que no conocía las suficientes palabras para expresarlo. Tampoco era consciente que nada habría sido igual sin ese juguete, sin ese payaso de eterna sonrisa. O puede que sí: ella le eligió de la misma manera que podría haber elegido a cualquier otro. Fue su ingenio infantil el que le dio nombre, vida, recuerdos a los que atesorar. Él le dio una compañía que nunca le fallaría, el confidente perfecto, el compañero de aventuras y viajes. Fue él quien le dio valor el primer día de colegio y el que estuvo a su lado cuando sus padres se divorciaron. Dentro de sus juegos, adoptó mil roles diferentes, pero al final, todos desaparecieron. Y aquí se acaba el cuento: la niña creció y el juguete quedó relegado a una estantería, con el corazón de algodón roto y los ojos de cristal contemplando un presente que estaba fuera de su alcance.

                El silencio acompañó sus últimas palabras. Diecisiete le dedicó una mirada triste, lo único que podía ofrecerle. Según su naturaleza se iba imponiendo a su antigua vida, la empatía y otras emociones humanas estaban perdiendo su valor. Lo lamentaba por Sonrisitas, pero le costaba ponerse en su lugar aun cuando a ella le había pasado algo muy similar.

                ―Te toca ―canturreó el payaso, recobrando parte de su engañosa alegría―. ¿Qué cuento puedes contarme tú?

                ―El de una joven que creyó estar viva a pesar que su cuerpo estaba frío y congelado ―olvidándose del espantapájaros, Diecisiete comenzó a andar con pasos gráciles, como si estuviera haciendo piruetas en medio del vacío―. Estaba muerta, todos lo sabían menos ella, pero solo uno pareció darse cuenta que era importante, mucho más de lo que había sido en vida. Fue él el que se dio cuenta que todavía latía un corazón, imaginario, irreal, tan ilusorio como el sueño de un alma desesperada, pero existía dentro de la cabeza de la chica. Fue él el único que se percató que ella había olvidado su antigua vida y abandonado su nombre, dándoselo a la Esperanza; el que descubrió el hilo que la unía con una Maga que le había insuflado su propia vida por error; el que intentó ayudarla a pesar que el Barquero también lo había notado y la quiso retener con su acertijo ―con una sonrisa resplandeciente en su demacrado y pálido rostro, la muchacha dio media vuelta con la gracilidad de una bailarina―. Abandonó su nombre y logró su imposible: imitar a la vida y engañar a la muerte.

                Sus ojos siempre habían sido oscuros, exageradamente tenebrosos sin el brillo que caracterizaba a los vivos, pero en ese instante relucían. Brillaban de emoción, de la felicidad de saber quién era y haber abandonado a su antiguo y lamentable otro yo. Era un rostro nuevo, una mirada nueva, por estrenar, que ansiaba recorrer la eternidad que le habían regalado.

                En el silencio sepulcral de la nada, una débil melodía resonaba con la fuerza de una orquesta. Durante todo el tiempo que había estado siguiendo a la joven, el payaso había tomado aquella musiquilla por alguna de las muchas voces que pululaban, pero en aquel momento podía escucharla con claridad. Y también, distinguir de dónde emergía.

                Era el latido de un corazón tembloroso que no seguía ningún compás, una mecánica propia y personal, única e inexplicable, el último milagro que se escondía en las entrañas de las penumbras.

                Diecisiete rompió a reír de júbilo mientras se dejaba caer. Las brumas la arrastraban a su interior, deseaban retenerla, convertirla en un secreto más, pero ella no era ningún torreón solitario o un barco sin capitán.

                Pronto sería libre. Y entonces volvería a ver a Catorce, a Johan, el único amigo que recordaba su nombre, a sus padres, a Etérea…

                Toda historia tiene su principio, como la vida misma. Y al igual que ella, un día simplemente termina. Los sueños, las ilusiones, los deseos, los recuerdos… todo desaparece. Al final, el único legado que queda es la muerte, el polvo, las cenizas y el olvido.

                ¿O quizás no?

                La joven atisbó una silueta que se recortaba entre las brumas: una verja retorcida que delimitaba la entrada a un misterio más, otro camino por recorrer. En lo más profundo de su corazón mecánico, la chica sabía que ese era el definitivo.

Me cuesta creer que la historia haya terminado ya, especialmente por lo que me ha costado terminar sus últimos capítulos: era casi como si Hija del humo fuera consciente que todo estaba a punto de acabar y se resistiera a que eso sucediera. Pero ya está, se terminó, y con ello una aventura que, a pesar que no es la primera historieta que escribo, me atrevo a llamarla mi primera novela. Ha sido toda una aventura recorrer con vosotros este camino ensombrecido. Especialmente con aquellos que se han atrevido a continuar hasta el final a pesar de esa confusa trama que ha echado a tantos hacia atrás. Gracias por haberla apoyado tanto aquí como en Wattpad, animándome hasta llegar a este final tan engañosamente abierto.

Hija del humo ha terminado, pero Las Crónicas del Teatro no han hecho más que comenzar. Esta es la primera vez que aparece el Reino de la Niebla Olvidada, pero quizás en algún futuro no muy lejano se atisbe qué ha sido de sus revoltosos habitantes y su demente rey. Aunque las aventuras se han terminado para Euel, o eso tengo pensado, las de Diecisiete y Etérea no han hecho más que comenzar. Mi querida protagonista escondía dos naturalezas: la de chica muerta ya se ha relevado, pero todavía hay una más que le permitirá unirse a la comparsa del Teatro y asomarse en algún que otro cuento o historia. A Etérea, por su parte, todavía le queda mucho camino por recorrer y espero poder mostraros sus aventuras en este universo en eterno crecimiento.

Antes que todo eso suceda, intentaré poder corregir esta aventura y hacer una edición. Ya sea papel o en digital, pronto veréis encerrados dentro de un libro a Enric, Catorce, Trece y el resto de los personajes de Hija del humo

La función ha acabado, pero las puertas del Teatro siempre estarán abiertas para vosotros.

Gracias por leer hasta aquí.

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4 comentarios en “Capítulo 19: Epílogo |Hija del humo|

  1. En fin, ¿Que me queda por decir? supongo que mostrar mi eterno agradecimiento y mi camiseta del team 17 (y mis lagrimitas de sentimental) Ya sabes lo que dicen. Esto no es un adiós, es un hasta pronto. Y en el final de la competencia por mi amor con 17 de ganadora ya puedo anunciar que ella se ha ganado el puesto de lo que tenia ganas de hacer. No se cuanto podre tardar puesto que estoy a punto de abarcarme en lo que llaman una patada en el trasero, o el prologo antes de la universidad pero ya esta decidido que mi cosplay sera de 17.
    Y nada que espero que lo que me queda por leer pueda seguir acompañando a lo largo de lo que me viene encima y lo que me queda de verano.

    • Gracias por haber comentado todos los capítulos. Ha pasado tanto tiempo desde que escribí Hija del humo que leer tus impresiones ha sido una manera de viajar en el tiempo y recordar la primera vez que la escribí. Me alegra que la historia de Diecisiete te haya gustado (Y si te das una vuelta por los cuentos de las crónicas, quizás te vuelvas a encontrar con ella).

      ¡Hasta siempre en el teatro!
      P.D.
      Si haces el cosplay me harías la bruja más feliz del mundo si me enseñaras una foto *U*

    • Muchos y algunos de ellos ya han comenzado a saludar en esta historia. Espero poder mostrároslos muy pronto >w<

      ¡Hasta dentro de nada!

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