Capítulo 18: 0 |Hija del humo|

Música de fondo

Ocho años después

                El joven parpadeó, contemplando por primera vez el instituto. Había visto tantas fotografías, especialmente de su interior, y leído un sinfín de informes que estaba seguro que al verlo sentiría que ya había estado allí. Realmente así se sentía, pero no como había imaginado.

Había empezado a recordar nada más ver su silueta recortándose entre los bosques. Todo había comenzado con el sabor amargo de una inexplicable nostalgia que desencadenó toda una catarata de imágenes. Para el resto de sus compañeros, la emoción que brillaba en sus ojos no debía ser más que la impresión de poder trabajar finalmente en aquella ruina que en los últimos meses se había convertido en el sueño de cualquier arqueólogo. Pero se equivocaban.

A escasos metros de la puerta principal, recubierta por andamios a modo de coraza y tiras amarillas que colgaban como una telaraña fosforescente, un hombre joven que estaba en camino de los treinta sentía que había retrocedido en el tiempo. O que había vuelto a perderse en los límites de alguna dimensión extraña.

El instituto, a pesar que arquitectónicamente no podía ser más diferente, le recordaba al castillo de la Niebla. Era, también, una ruina cuya gloria decadente todavía brillaba, solo que en vez de estar abrazada por las brumas eran los propios árboles los que extendían sus ramas hasta atravesar cristales o invadir su terreno. No llevaba muchos años olvidado, hasta principios de siglo había estado en uso, pero el abandono brusco por parte de la empresa que gestionada aquel internado privado solo había servido para cedérselo a la maleza que, de una manera casi extraordinaria, parecía que intentaba fusionarse con la piedra y convertir aquel capricho humano en una parte más del bosque.

No era ese instituto lo que había despertado la atención de la Universidad en la que trabajaba, sino las ruinas a partir de las cuales se había construido. Y, según por lo que ya habían descubierto, en sus entrañas se encontraban restos del esqueleto de una antigua catedral, diversas pinturas y un par de criptas que todavía no habían logrado abrir.

Aquel proyecto era, sin lugar a dudas, uno de los más importantes que había sucedido en su provincia. Participar en él era un sueño solo equiparable a la aventura que había vivido con aquella fantasma de corazón imaginario, pero la emoción que le había estado corroyendo durante todas esas semanas de preparación e integración en el equipo, parecía haber desaparecido al contemplar ese edificio triste al que el tiempo no había perdonado. Le recordaba demasiadas cosas, muchas de ellas había terminado por relegarlas a un cajón dentro de sus pensamientos. Debía ser uno de los únicos que todavía se acordaba del Reino de la Niebla Olvidada, los fantasmas tan locos como su rey y aquellas dos jóvenes que no habían podido aceptar que estaban muertas. Era, también, la aventura que le había demostrado su auténtica vocación: la arqueología.

Trece, aunque aquella que le llamaba así hacía tiempo que se había disipado entre brumas, se internó en el internado con el corazón encogido por la conmoción. A pesar que se habían usado una antigua e inmensa catedral para edificar el instituto, la entrada y los principales pasillos eran de construcción moderna. Además de los estragos del tiempo y el clima, y de haber leído los informes, el joven no pudo evitar estremecerse ante los actos vandálicos que algún grupo de gamberros habían hecho, destrozando puertas y hasta mobiliario de una manera completamente absurda y bestial. La lista de daños era enorme, pero afortunadamente se remitían únicamente a las instalaciones del instituto y no a las que ellos venían a investigar. Aun así, Trece no dejaba de preguntarse por qué habían hecho. Le era demasiado incomprensible para entenderlo.

Se adentró acompañado por el becario de su equipo, un chiquillo que acababa de licenciarse y que, a pesar de su entusiasmo, no había dejado de contar historias de terror sobre aquellas ruinas malditas. Según él, había algo encerrado en los cimientos de aquel lugar, algo tan maligno que habían intentado construir una catedral para convertirlo en un territorio sagrado, pero el infortunio la había arrasado junto al pueblecito que bordeaba sus alrededores y del que ya no quedaba ni el vestigio de su existencia. Y cientos de años después, aquella maldición había convertido el internado en un laberinto fantasmal.

Fuera aquella leyenda cierta o no, Trece sí que notaba que había una sensación amarga en el ambiente. Seguramente fruto de tantos años de aire enrarecido y bestezuelas convirtiendo la estructura en su hogar, pero al relacionarlo con la desesperación de la Niebla, no podía evitar albergar el mismo sentimiento e inquietud que cuando tropezó por primera vez en su cementerio.

Silenciosos como un par de sombras más en aquel reino de tinieblas y ecos del pasado, los dos jóvenes se adentraron en las profundidades del internado. El camino estaba perfectamente señalizado por los obreros, quienes habían marcado las zonas donde había riesgo de derrumbe o aquellas que eran completamente inaccesibles. Una sonrisilla cruzó el rostro del chico: había sido precisamente en un pasadizo quebradizo donde habían comenzado las respuestas.

En realidad no estaba muy seguro de si todo lo que había sucedido en la Niebla había sido real. Al principio, todos sus compañeros habían hablado del tema, especialmente cuando salió a la prensa, pero como si de un acuerdo se tratase, al final optaron por la versión que dio la Universidad: había habido un breve terremoto con la suficiente intensidad como para conseguir que se rompiera un envase de sustancias tóxicas que les provocó alucinaciones. Una explicación racional, pero incompleta y sumamente rebuscada, pero con el paso de los años, aquel caso había caído en el olvido. Y la mayoría de sus amigos hicieron como si realmente así hubiera sido: olvidaron a Diecisiete, a Etérea y Enric, condenaron la aventura a una alucinación y se desatendieron de ella. Él fue incapaz de hacerlo, por Euel, por la chica fantasma que lloraba en silencio antes de hundirse en las brumas, por la verdad de ese reino lamentable que algún día le reclamaría en su seno. Durante un tiempo, incluso, estuvo siguiendo la pista a Etérea y Enric a través de los periódicos. Entre artículos locales, casos inexplicables de desapariciones y asesinatos imposibles, fue trazando una línea para seguir las aventuras de la Maga de los que No Tienen Voz. Al final había acabado por perderla de vista, pero ese camino voluble que había ido siguiendo le recordaba que todo había sido real. O parte de ello.

La cripta se encontraba en una excavación que había comenzado en el sótano. Todo había comenzado cuando comenzaron a investigar una extraña escultura que sobresalía en las paredes. Estaba muy deteriorada, pero no encajaba en un trastero lleno de luces navideñas, mesas o armarios rotos. Aunque el grabado se había perdido con el tiempo, eso les había llevado a investigar esa ala del edificio que, hasta el momento, había pasado desapercibida. La excavación e investigación principal estaba en otro derrotero, por lo que le habían llamado junto a un becario y un equipo secundario para que se encargasen de esa zona.

La puerta era una inmensa losa situada en el suelo que media más de tres metros de largo y dos de ancho. Las obras y el tiempo la habían convertido en un rectángulo con bultos en relieve e inscripciones casi jeroglíficas. Esa era su especialidad: descifrar imágenes y leer el idioma antiguo.

Cuidadosamente, dejó sus útiles a un lado mientras se acomodaba en el suelo. La piedra estaba helada, pero eso no parecía importunarle. Acarició las inscripciones con el mismo cariño con las que contemplaba aquellos vestigios del pasado. Para él, eran criaturas durmientes que llevaban esperando a que alguien escuchara su historia durante todos los siglos que fuera necesario.

Limpiar la losa y descifrar sus inscripciones duró días. Era material muy delicado y susceptible a todos los cambios, por lo que le dedicó todo el tiempo que fuese necesario para aclarar el espacio entre dos letras o apartar el polvo y la tierra. A pesar de la escasa iluminación, el día que comenzó con la traducción lo hizo contemplando el original. Quería leerlo como si fuera el mármol quien le estuviera susurrando su historia. Un capricho que algunos encontraban estúpido pero que para él se había convertido en auténtica manía.

Pero el relato que había ido desenterrando poco a poco, arrancándole el secreto a la piedra, era una historia conocida, susurrada entre jirones de niebla en un mundo gris. Era un cuento de bien y mal, de un caballero que se enfrentó a lo inimaginable y de la dama que le robaron. Una fábula cuyo final se había deshecho en polvo mucho antes que desenterraran la losa. O quizás, nunca había sido escrito.

Una lágrima silenciosa, impredecible, incontrolable, nostálgica, sigilosa, cruzó su rostro hasta centellear en el límite y caer al vacío. Su breve trayectoria terminó al tropezar con un colgante que le sobresalía entre la camisa: un medallón muy antiguo, tanto como aquella estancia, que parecía relucir en la oscuridad.

*

                El grupo de arqueólogos había instalado su campamento en las antiguas residencias para los estudiantes. No todas eran habitables, pero según pasaba el tiempo, habían desarrollado su pequeña comunidad. De todos los lugares en los que habían trabajado junto a las diversas adversidades climáticas, ese encargo era el que, a efectos de comodidad, estaba siendo el más agradable.

                Desde que había descubierto que aquella cripta estaba enterrado el caballero de Euel, Trece no podía dejar de pensar en lo que había sucedido en la Niebla, en lo que habría podido pasar con el resto de sus compañeros (Al cambiar de carrera solo había mantenido el contacto con Catorce), del fatal desenlace de Enric por lo que había podido leer en un periódico o del destino de Etérea. Pero sobretodo, no podía dejar de pensar en los habitantes del Reino del polvo. ¿Continuarían tan perdidos o finalmente tenían ya un camino que seguir? ¿Continuaría el barquero creyéndose un río? ¿Y Euel? ¿Estaría esperando? ¿Se acordaría de él?

                Una noche como cualquier otra, ese becario suyo que tanto adoraba las historias de terror se dispuso a contarles la última leyenda urbana que había surgido entre los jóvenes.

                ―Muchas veces estamos solos ―comenzó, con una lata entre las manos―, es una realidad indiscutible, pero a veces, hay quien cuenta que aunque sabe que no hay nadie más, puede notar a una presencia a su lado, como un ser intangible que se sienta a nuestro lado. No es real, no habrá nadie a nuestro lado, pero ahí está. Algunos dicen que es un fantasma, otros aseguran que es un espíritu, pero todos coinciden en que es ella. Puede que os parezca algo imposible, otra leyenda como la de Bloody Mary, pero lo más peculiar de esta entidad es que todos los que han intentado hacer el experimento nunca han logrado invocarla. Ella no quiere que la llamen, ella busca a los que se encuentran solos, abandonados, a los que sienten que su vida ya no tiene sentirlos, los busca para recordarles que todavía están vivos.

                >>La llaman la Hija de humo.

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4 comentarios en “Capítulo 18: 0 |Hija del humo|

  1. No te dije antes de lo emocionalmente tajante que había sido el capitulo 1 para mi, pelitos de punta y ya. Y el final de la narración rencontrandose a su principio la primera palabra que la governava en cada capitulo, y la sentencia de 17 ante su condición de fénix.

    Pues aquí también. Es decir estaba al principio leyendo cuando me puse en piel de 13. Por un momento dudé. Que quieres que et diga las palabras internado, reciente y maldición traen a mi muchos recuerdos. El mismo sentimiento que se encuentra en la niebla encontrado en la oscuridad. ¿Aunque ella no es realmente la culpable de eso verdad? Hay quienes se sienten a gusto dentro la oscuridad. Nada importa cuando tu eres el monstruo y no la víctima.

    Peeeeero volviendo a tema, ese si fue un golpe duro en el pobre kokorito de 13 (y en el mio también). Pero supongo que nada de eso le compara al la ultima frase, ya fue un shootoh’ (ponle acento de japones hablando ingles). Iré a terminar lo que empecé.

    • Gracias. Me hace muchísimas ilusión porque es uno de mis capítulos favoritos y esperaba de corazón que os gustara >w<
      Yo solo digo que esos recuerdos no son casualidad. Creo que eres de las pocas que entenderá la referencia (Y algún día se entenderá mejor, palabra de bruja).

  2. TT-TT Lagrimas infinitas con el final. El seguir esta historia me ha dejado en un decadente e inexplicable estado de tristeza y nostalgia. Una insípida sensación de que todo lo que se ha puesto aquí puede ser tan real como quiera creerse.
    Ahora voy a sentarme en un rincón a reflexionar…

    • Guarda algo de lágrimas que todavía queda el epílogo 😉
      Es una historia agridulce, así que en parte me alegra haber producido ese efecto.

      ¡Nos vemos en el epílogo!

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