Capítulo 17: 1 |Hija del humo|

Aunque no es el capítulo final, sí el último donde se divide en Cenizas, Muerte y Polvo. (Y se ve el por qué 😉 )

Por falta de tiempo, solo está la primera parte. Los otros dos los subiré a lo largo de la semana.

Música de fondo

Cenizas

                Diecisiete trastabilló mientras un estallido, similar al de un cristal al fragmentarse, resonaba en su mente. “Ridículo”, gritó una vocecita dentro de su cabeza, “Ridículo e imposible”. Pero por muy surrealista que pudiera parecer, se sentía tranquila, demasiado incluso. En lo más profundo de su ser, aquella parte que se había concentrado en encerrar tras muros de ignorancia sabía desde el principio qué era lo que le había sucedido, pero ella se había concentrado en acallar las evidencias y persistir en una farsa que se había desmoronado lentamente. Aun así, no podía evitar sentirse más resignada que asustada o incrédula.

                Estaba muerta.

                La sospecha se había convertido en certeza.

                Sus ojos se nublaron mientras el escenario que la rodeaba se deshacía en sombras. Un recuerdo se impuso sobre la realidad: taburetes y probetas se encontraban perfectamente alineados, quizás algo desordenados después de una práctica demasiado larga, pero lejos del caos en el que estaban después de caer dentro de la niebla. Ella era la única que todavía estaba en el laboratorio, la que se había demorado un poco para empaquetar el bicarbonato que había sintetizado. Realmente no le importaba aquel montoncito de polvos húmedos y blancos, pero se sentía muy orgullosa de ellos: era la que más había obtenido de toda la clase, posiblemente, incluso, el doble del resto de sus compañeros. Cualquier otro día no le habría dado tanta importancia, pero su orgullo herido quería presumir y ensalzar aquel peculiar trofeo.

                Era la que más bicarbonato había conseguido a pesar de estar sola.

                Como el cuento de nunca acabar, una vez más se había encontrado sin pareja para el laboratorio, una vez más había tenido que apañárselas por su cuenta, una vez más se había quedado en silencio durante horas contemplando a sus compañeros con rabia y envidia. Esa era su insoportable rutina, pero nunca lograría acostumbrarse a trabajar sin más compañía que sus pensamientos, una isla solitaria en medio de grupos sonrientes y parejas que no cesaban de cotorrear.

                En su recuerdo, estaba sola en medio de un laboratorio que, lentamente, comenzaba a ahogarse en las llamas.

Todo había sido demasiado rápido y confuso: en un instante, un estallido precedió a un débil fuego, casi insignificante, que reptó por la puerta principal desde el laboratorio contiguo. No vino solo, le acompañaban un coro de chillidos de pánico y un humo denso y pestilente que se erigió como una cortina que la separaba de la salida y la seguridad.

Aquel incendio no era gran cosa; las llamas no habían alcanzado todavía ni un metro y los materiales que intentaba devorar no eran precisamente fáciles de quemar, pero se encontraba atrapada en un laboratorio lleno de elementos y disoluciones combustibles que, en un momento a otro, podía estallar. Y luego estaba aquel humo, tóxico y asfixiante, que se había adelantado al foco de fuego para cubrir con sus volutas oscuras a habitación. En un gesto instintivo para protegerse de él, se había llenado las manos de diminutas ampollas por su roce.

Aquella chica que todavía no era Diecisiete intentó gritar, pero ya no había nadie: todos se habían escabullido del peligro, olvidándose una vez más de esa muchacha silenciosa y retraída que siempre estaba ahí aunque nadie parecía darse cuenta de ello.

A su espalda, la salida de emergencia, en una macabra ironía, estaba cerrada.

La joven corrió hacia ella, dispuesta a romper el cristal si fuera necesario mientras el humo intentaba abrazar sus pulmones, abrasándolos. Sus dedos trazaron una marca en el cristal manchado por el hollín, demasiado débiles como para fragmentarlo.

Gritó hasta que su voz se desgarró por el esfuerzo y el humo.

Nadie vendrá.

Golpeó la puerta, deseando que alguien se diera que todavía que estaba ahí, hasta que sus brazos se desplomaron.

Nadie me escuchará.

Súbitamente, la chica se detuvo mientras un par de lágrimas pugnaban por escapar a través de unos ojos resecos. El mundo parecía haberse sumido en jirones de niebla y objetos temblorosos que se superponían los unos con los otros. Todo parecía dar vueltas a su alrededor en un tembloroso baile que aquel humo ponzoñoso orquestaba.

Una vez más… nadie iba a venir.

Quería llorar, anhelaba llorar y estallar en lágrimas, pero solo podía toser y ahogarse ante la ausencia de oxígeno. Ni siquiera pudo gritar cuando sus rodillas cedieron y se derrumbó como una muñeca rota.

Una vez más… no la habían escuchado.

La joven hundió el rostro entre las rodillas, meciéndose lentamente mientras los hilillos de su existencia se consumían lentamente.

Una vez más… se habían olvidado de ella.

No pudo aceptar su muerte, nunca la quiso reconocer, al igual que tampoco perdonó a la esperanza de creer que algún día estaría con los demás y sería una de ellos. Al hundirse en la desesperación, cerró con llave aquel recuerdo y tiró su nombre a un abismo de engendros y seres tan lamentables como ella.

Pero aun así, no pudo dejar de gritar. Aun cuando su la carne muerta de su garganta se consumió, aquella llamada desesperada continuó resonando en los pasillos de vacíos y las noches solitarias. Se irguió como un eco más de la universidad que no pensaba rendirse. Y así continuó hasta que alguien, finalmente, la escuchó.

Diecisiete parpadeó, eliminando lágrimas imaginarias. Enfrente suyo, el silencio y la expectación la contemplaban desde los rostros de sus nuevos compañeros de laboratorio y los dos intrusos. Incredulidad, consternación, sorpresa… Un maremágnum de emociones batallaban en sus miradas, aunque la mayoría parecía haberlo aceptado con excesiva facilidad: ella no era uno de ellos, nunca lo había sido, eso era algo que todos habían notado, por lo que asumir aquella verdad era, en cierta y egoísta manera, la solución perfecta.

Pero aun así, sonrió como nunca lo había hecho mientras una carcajada pugnaba por su garganta, como un torrente incontrolable.

Finalmente, todos estaban pendientes de ella.

―No… ―Catorce se adelantó, con los puños crispados y la incredulidad batallando contra aquella certeza―. No es verdad… ¡No lo es!

―Lo siento ―susurró, obligándose a mirarle directamente a la cara en vez de rehuir su mirada dolida―. Lo siento, yo…

¿Qué podía decirle? ¿Qué tenía que hacer? ¿Excusarse explicándole que ella tampoco había sido consciente de ese detalle o quedarse en silencio a falta de las suficientes palabras para expresar todo lo que quería decir?

Decidida, pero temblorosa, se abalanzó sobre ese improvisado amigo para abrazarle.

―Gracias ―le susurró, aferrándose con tanta intensidad que casi pareció que quería fundirse en su cuerpo cálido y no despegarse de él nunca más―. Gracias por fijarte en mí… por tenderme una mano…

                Sus pensamientos se entremezclaban con las palabras que quería decir, contradictorias y volubles.

                Quería agradecerle tantas cosas, algunas tan simples que casi parecían ridículas, pero todas demasiado importantes como olvidarlas. Y la lista no hacía más que incrementarse mientras intentaba dar con algún orden con el que poder expresarse.

                ―Gracias por acordarte de mí ―suspiró, separándose lentamente―. Por ser mi amigo, por…

                …por estar ahí, por insuflarle una pizca de optimismo, por no decaer a pesar que todo parecía perdido, por volver a por ella…

                ―No… ―repitió el chico, sin fuerza, pero incapaz de aceptar la realidad―. No puede ser verdad… Es imposible que estés muerta, eres como nosotros, eres…

                ―Como Euel ―añadió Trece desde su esquina. Él, de todos ellos, era el que mejor comprendía la confusión de su amigo y la verdad sobre Diecisiete―. Ella tampoco sabe que está muerta.

                El recuerdo de la cadavérica dama tuvo la misma intensidad que un cubo de agua fría. Y un efecto idéntico.

                ―Gracias ―la muchacha contempló a Etérea antes de dar un par de pasos hacia atrás―, por escuchar mi grito ―paso a paso, se situó en el límite del laboratorio. Su bata ondeó mientras se situaba en el límite entre el laboratorio y la nada―. Me gustaría regresar con vosotros, intentar ser vuestra compañera número diecisiete, pero… ―su voz tembló ligeramente al acordarse del porqué que le impedía alcanzar esa, aparentemente, sencilla meta―. ¡Disfrutad de la vida!

                Hizo ademán de saltar por la puerta. A pesar que se esforzaba por mantener una sonrisa, la necesidad de llorar continuaba con más fuerza si es que era posible. Se acabó, ella no podía regresar, solo le quedaba una eternidad monótona y grisácea hasta que decidiera poner fin a lo que fuera en ese momento, alma o pensamiento, cruzando al otro lado del río. Pero no era justo: en ese momento más que nunca anhelaba vivir. Quería existir, ser una más, aunque el precio fuera regresar al cuento interminable de la chica invisible que estaba sola. Cualquier cosa era preferible al polvo y el olvido.

                Una mano se apoyó sobre la que tenía apoyada en el umbral de la puerta. Sorprendida, giró el rostro hasta quedar a escasos centímetros del de Catorce. El joven la contemplaba todavía con la incredulidad de no terminar de creer lo que estaba a punto de suceder. Y mucho menos aceptarlo.

                ―No lo hagas ―le imploró―. En el laboratorio eras una más… ¿por qué no puedes regresar?

                Sonrió. Tenía que aparentar que era fuerte, que aquella decisión no le afectaba ni la mitad de lo que realmente le importaba.

                ―¿Quién ha dicho que sea una despedida? ―se atrevió a decir, con la boca seca y el cuerpo temblando de miedo―. Es solo un hasta pronto…

                Catorce la estrechó con fuerza entre sus brazos. Consciente que si lo hacía no querría volver a soltarse, Diecisiete se aferró a él, devolviéndole el abrazo, aunque no la calidez que él trasmitía. Ella era demasiado fría, un témpano de hielo que nunca se descongelaría.

                Por muy extraño que pudiera parecer, un chispazo optimista la recorrió mientras rememoraba cual había sido su primera teoría sobre su identidad. Algo que, después de ver a un monstruo convertido en río y a la Esperanza encarnada en un cuerpo humano, no le parecía ya tan descabellado.

                Y podía terminar de explicar los últimos detalles sobre su naturaleza.

                ―Nos volveremos a ver ―susurró, separándose hasta quedar cara a cara con él. Paradójicamente, a pesar de estar muerta le dolían las mejillas de tanto sonreír―. Te lo prometo…

                El chico le devolvió la sonrisa con resignación. Sutilmente, intentó darle un fugaz beso en la mejilla a modo de despedida, pero los nervios y, quizás algún que otro sentimiento que hubiera aflorado durante aquella aventura, lograron que se equivocara y acabara besándola en la comisura de la boca.

                Diecisiete se quedó inmóvil, sorprendida ante aquel gesto afectivo que nunca antes le había dedicado un amigo, logrando que Catorce retrocediera sonrojado por el desliz. Detrás del chico, el resto de sus compañeros de laboratorio la contemplaban con una mezcla entre expectación y curiosidad, aunque también algo de pena por parte de algunas como Ocho o Siete, considerablemente más recuperada gracias a su bicarbonato casero y espectral. Enric y Trece también le dedicaron una mirada triste, mientras que Etérea se mantenía imperturbable. En su rostro de mármol, sus insondables ojos parecían los que más sufrían por ella. Sin lugar a dudas, era la que mejor la comprendía, la que entendía como se sentía en ese momento y lo que le estaba cruzar una puerta para permitirles regresar. Su yo más egoísta se resistía a hacerlo; al otro lado le esperaba la auténtica soledad, un mar interminable de brumas monótonas y seres dementes.

                “O puede que no”, añadió para sus adentros, frunciendo el ceño. “¿Hasta dónde alcanza lo infinito? ¿Cuántos lugares encantados están perdidos en su interior?”

                En aquel instante, sintió a la Esperanza más viva que nunca en su cuerpo muerto.

                Lentamente, Diecisiete apoyó la mano en la puerta de emergencia, en el mismo lugar donde años antes su antiguo yo había dejado una marca de hollín y gotas de sangre.

                Por fin la puerta estaba abierta para ella.

                Por fin había dejado de ser la chica invisible para convertirse en la…

                ―Hija del humo ―susurró, saltando al vacío―. Eso es lo que soy, ¿no? Un fénix que murió en un incendio y que ha renacido de sus cenizas.

Olvido

Enric sintió que todo daba vueltas en un carrusel hipnótico y mareante. Aturdido, dio un par de pasos hasta apoyarse en unas de las mesas, completamente empapada por sustancias que prefería desconocer. A su lado, Etérea trastabilló al borde del colapso. Las penumbras acentuaban su palidez, demacrando aún más su rostro: ese era el precio de su magia, de traerlos a todos de vueltas a pesar que parte del poder lo había extraído del medallón de Euel. El guardapelo había dejado de brillar y ahora se balanceaba como cualquier bisutería más. Con un gesto respetuoso, la joven avanzó hasta Trece para devolvérselo. A pesar de la debilidad inicial que había manifestado cuando el laboratorio había vuelto a quedarse inmóvil, caminaba con la misma confianza que siempre.

Deseoso de cerciorarse que todo había terminado, el chico se volteó hasta quedar cara a cara con una de las ventanas: al otro lado ya no había niebla ni sombras misteriosas, solo un cielo teñido de azul y naranja, una fachada sucia y el campus de la Universidad, tan vacío como cuando habían entrado en pos de una fantasma.

Era como si solo hubieran estado ausentes un par de horas, aunque él sentía que había sido mucho más.

Confuso, Enric se pasó la mano por el flequillo. Se alegraba de haber regresado, de volver a estar en un lugar seguro con Etérea, pero sus pensamientos y sentimientos continuaban perdidos en el caos: odiaba la egoísta e hipócrita realidad, y aunque siempre había deseado escapar de ella, no quería regresar a la Niebla. Aquel lugar era demasiado desolador como para soportar toda una eternidad sin volverse loco. Y aun así, la idea de morir seguía pareciéndole demasiado tentadora.

“Me pregunto”, murmuró para sus adentros, “si es posible crear un paraíso en alguno de estos dos lugares, un sitio donde pueda ser feliz y no esté solo nunca más”.

A su lado, su compañera le dio un golpecito en el hombro, indicándole que tenían que irde: todos los estudiantes, a excepción de Trece y Catorce, habían estallado en júbilo al ver que, finalmente, estaban en caso: abrazos efusivos, alguna foto para Twitter… Para la mayoría, aquella aventura no había sido más que un mal sueño que finalmente había terminado. Ellos no se habían internado en la Niebla ni habían comprendido su naturaleza, tampoco habían conocido a los fantasmas o a la Esperanza, ni estarían muy seguros de porqué una de ellos había acabado por abandonarles. Se habían limitado a refugiarse y a esperar que todo se solucionara como si nada de lo que pudieran hacer serviría para algo. No obstante…

…uno de ellos había sido capaz de resolver la naturaleza del Reino de la Niebla Olvidada.

…uno de ellos había ayudado a un fantasma a reconocer su muerte y aceptarla.

El recuerdo de la chica muerta centelleó en la mente de Enric. Empatizaba con ella más de lo que Diecisiete podía haberse imaginado, aunque ya era tarde para decírselo. Solo se había fijado en ella cuando su naturaleza había quedado al descubierto, hasta entonces le había parecido una estudiante más, pero aun así, estaba seguro que nunca la olvidaría: tenía algo especial que iba más allá del halo espiritual que rodeaba a Etérea, un deje sobrenatural que la convertía en una habitante entre ambos mundos. Y aun así, su inocente felicidad al ver que alguien se preocupaba por ella o la mirada de tristeza al saber que ella no podría regresar, la volvían más humana que la mayoría de sus compañeros.

Los que supuestamente habían compartido algo de tiempo con esa criatura que ondeaba entre la vida y la muerte olvidarían ese milagro, pero él, que solo la había visto durante un instante, pensaba recordarla eternamente.

Esa era su propia batalla contra el olvido.

Muerte

                Etérea contempló a la Universidad una última vez. Aprovechando el jolgorio que había estallado en el laboratorio, había arrastrado a Enric lo más lejos posible: de un momento a otro toda la atención del país acabaría centrándose en el misterioso incidente del laboratorio, aunque nunca se sabría del todo la verdad: era demasiado rocambolesca como para creerla, no obstante, ella, una joven perseguida por la antigua empresa de su padre que sí conocía sus poderes, y su compañero, un menor de edad fugado de casa, tenían que desaparecer del escenario antes que la escrutinios lupa de la justicia se interesara en los misteriosos intrusos de aquella aventura. Y no podía confiar en que todos los estudiantes mantuvieran la boca cerrada respecto a su participación en aquella aventura: con todos los cargo que ya tenía, ser acusada de drogar o secuestrar no era precisamente algo que le hiciera especial falta.

                Aun así, no lamentaba aquel desvío de su ruta inicial. Le alegraba haber podido salvar a Diecisiete y haber influido en parte del futuro de un reino que estaba ligado íntimamente con su naturaleza. Pero por encima de todo, sentía que estaba más segura que antes, que actuaba cegada por el orgullo y sin pensar qué era lo que estaba haciendo y sus posibles consecuencias. Aunque no todo eran cambios positivos: el trato con el Río le pesaba con toda la fuerza que puede tener el miedo o la inseguridad.

                Podía prometerse que nunca usaría esos poderes, que evitaría condenar a las almas a ese nefasto destino, pero era consciente que era imposible decir que nunca haría algo y cumplir su propia palabra. Y no porque fuera una mentirosa, sino porque estaba cansada de comprobar hasta qué punto el futuro podía torcerse.

                Puede que el destino fuera una patraña, pero ella tenía el poder para crear su propio camino.

                ―Vámonos. ―Susurró, dándole un golpe cariñoso a Enric en el brazo para que la siguiera.

                Todavía les quedaba mucho que recorrer, pero no pensaban dar media vuelta, no ahora.

                “Me alegraré cuando pueda decirte adiós”, pensó Etérea mientras esbozaba una sonrisa triste, “Definitivamente, eres mi amigo, alguien a quien tengo que proteger y no poner en peligro con mis absurdas aspiraciones. Por ello tengo que alejarte de mi camino mancillado por la muerte.”

Polvo

                En lo más profundo del Reino de la Niebla, un castillo dormía rodeado por un laberinto de lápidas y tumbas que se desperdigaban sin más orden que el que un ingeniero demente o el azar hubiera decretado. El castillo se alzaba con la decrepitud propia de una ruina, orgulloso pero lamentable, aun así parecía resplandecer. La Esperanza también había iluminado sus torreones torcidos o hundidos, sus almenas derruidas y los boquetes de las paredes, tan numerosos que casi parecían obra de una carcoma gigantesca. De una manera casi imperceptible, la actividad había regresado a él, insuflándole una pizca de vida. Se podían ver sombras frenéticas a través de sus cristales sucios, criaturas correteando por sus pasillos y sentir un leve murmullo que había dejado de ser un eco de susurros para convertirse en auténtica cháchara. Muertos, monstruos y entes animados habían despertado de su letargo con el resurgimiento de su señor. El Río no estaba en el castillo, se había quedado en la ciudad de la desesperación intentando reconstruirla a partir de las delirantes ideas que le iban susurrando a cuenta gotas y que él las confundía con su propia iniciativa. Deseos de vidas pasadas, sueños de difuntos o delirios, todo se entremezclaba en la caótica mente de la criatura, feliz de tener por fin algo que hacer, un motivo que justificara su existencia.

                Según las ideas le llegaban, sus planes aumentaban hasta sobrepasar los límites de lo imposible, pero aquel detalle nunca le había importado. Tenía toda la eternidad para llevarlas a cabo o para volver a olvidarse de sus planes más locos.

                El resto de fantasmas vagabundeaban por los recién descubiertos dominios de la Niebla. Algunos se habían internado para descubrir hasta dónde alcanzaría, otros se habían unido al cambio e intentaban colaborar para lograr todos los disparates que habían propuesto, y algunos, como Sid o Finn, ganduleaban en el castillo.

                ―Odio que se hayan ido ―suspiró este último, entornando los ojos mientras contemplaba las volutas grisáceas que se recortaban entre las lápidas―. Con lo divertido que era tener a alguien vivo por fin…

                ―Bueno ―canturreó su amigo, jugueteando con el reloj―, ya regresarán, todos lo hacen tarde o temprano.

                ―¡Pero muertos! ―Protestó con una rabieta infantil―. Los muertos no sangran o protestan de dolor…

                Sid no pudo contenerse más y se echó a reír. Aunque su moral era muy diferente, los dos fantasmas habían entablado algo similar a una buena amistad, por lo que ninguno de los dos le echó en cara al otro esas pequeñas diferencias que los caracterizaban.

                ―Yo lo que lamento es que ella no se hubiera venido con nosotros ―sonrió mientras le lanzaba una mirada fugaz a la ventana como si así fuera capaz de dar con el esquivo paradero de Diecisiete―. Hubiera sido divertido, aunque ha preferido cotillear esta insoportable y aburrida niebla.

                ―Al principio todos piensan que hay una salida: esa es la ley universal de los nuevos muertos… ―Finn enmudeció mientras una sonrisa maquiavélica cruzaba su rostro―. ¿Sabes? Desde el principio noté que estaba muerta, aunque ella no quería asumirlo, pero según parecía que iba reconociéndolo me pareció notar que puede que sí estuviera viva y me había confundido…

                ―Vaya… ―Sid entornó los ojos mientras se estiraba con elegancia gatuna―. Ese sí habría sido un bonito final feliz.

                Ignorando la mueca de asco de su compañero ante esas dos palabras juntas, el fantasma dio un par de pasos en el aire (Acostumbrado a merodear en la niebla, se había olvidado de cómo caminaban como los mortales) para revolotear hasta donde se encontraba Euel: la criatura se había acomodado en los escalones que precedían al inmenso trono, tan abandonado por el Río que amenazaba con colapsarse de un momento a otro. La dama, una vez más, parecía perdida en sus pensamientos y el recuerdo de esa época de la que todavía no había escapado y que anhelaba que aún persistiera. Sin el medallón parecía menos resplandeciente y muchísimo más gris que los muertos convencionales, pero también era como si al cedérselo a Trece se hubiera liberado de una pesada carga: el último vínculo que le quedaba con la vida.

                ―¡Finn y yo nos vamos a dar una vuelta por las ruinas ya no tan ruinosas! ―canturreó, intentando atraer su atención―. ¿Te apuntas?

                El reloj protestó, agitando frenéticamente sus agujas: no le hacía ni pizca de gracia las nuevas compañías de su amigo.

                Euel alzó lentamente el rostro, aun cuando el resto de su cuerpo se mantuvo tan rígido como el de una estatua.

                ―Este no es mi lugar ―insistió entre gruñidos cavernosos por el deterioro de sus cuerdas vocales―. Tengo que esperar… tengo que seguir esperando.

                El fantasma suspiró con tristeza.

                ―A lo mejor nunca viene ―intentó de comentarle de forma más indirecta que se le ocurrió― o a lo mejor lo hace dentro de mucho, hasta que eso suceda, ¿no te apetece hacer algo divertido?

                ―Vendrá ―afirmó con seguridad―. Sé que lo hará, aunque no me acuerdo de su nombre… si es que alguna vez me lo dijo.

                La eterna prisionera se sumió nuevamente en el silencio. No necesitaba su guardapelo para continuar atesorando la esperanza de hacer realidad su utopía, solo que, sin quererlo, el rostro de su caballero había cambiado con el tiempo. El héroe del pasado había sido sustituido por un estudiante de farmacia. Y él si pensaba regresar con ella cuando fuera su hora.

                Solo le quedaba esperar mecida por el polvo.

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4 comentarios en “Capítulo 17: 1 |Hija del humo|

  1. 17 gano la guerra por mi amor pese al cariño que le tengo a Ojos muertos y la ternura de las invenciones de Euel. Triunfó el Eu13 😀 y quizás el Eter17 no fue tan bien como esperaba pero 14 es, bueno su inocencia de no saber realmente hasta que punto llegan sus sentimientos. Le voy a dar el visto bueno es demasiado tierno. ¡Aunque seguiré llevando el Eter17 por siempre!

    • Bueno, ¿quién sabe? Quizás algún día Etérea y Diecisiete se vuelven a encontrar. El Teatro tiene muchos caminos y ellas tienen el poder de recorrerlos.

      Quizás algún día escriba algo de ellas. Si se me ocurre 😉

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