Capítulo 16: 2 |Hija del humo|

Vuelvo a repetir esto de partir el capítulo. Ya podéis las dos primeras partes, Polvo y Muerte… Y lo más pronto que pueda, Cenizas.

¡Espero que os guste! La cuenta atrás está a punto de acabar.

Polvo

                Recelosa, Euel se distanció un poco del resto de grupo. Pasada la conmoción inicial, Diecisiete y Trece habían decidido ir a hablar con el rey, al que ahora llamaban el barquero, y obligarle a cumplir su parte del trato. A pesar de la determinación de la que ambos hacían gala, eran incapaces de ocultar la inseguridad que aquella tarea, tan simple en apariencia, les producía. Proponerlo era sencillo, pero para conseguirlo tenían que hacer algo más que quedarse inmóviles conjurando hipótesis y proponiendo teorías.

                Los tres jóvenes avanzaron al centro de la ciudad seguidos de los fantasmas, no tan emocionados con la perspectiva de que regresaran a casa, especialmente para Finn, cuya sonrisa había desaparecido dejando paso a una mueca de consternación. Pero aun así les acompañaron al antiguo campo de batalla, ahora convertido en una riada de espíritus que revoloteaban, henchidos de la ilusión que la Esperanza les había devuelto. Algunos continuaban peleando, entretenidos con aquel pasatiempo bélico que continuaría hasta que ellos lo desearan. Otros parecían haber recobrado el juicio, asumiendo finalmente su muerte, mientras que la inmensa mayoría lo contemplaba todo como si acabaran de despertar de un profundo sueño. Por primera vez, todos los que estaban ahí sentían que había algo más que una espera monótona o una eternidad maldiciendo la vida perdida: simplemente sabían que todavía las quedaba algo a lo que aferrarse. Por ínfima que fuera, siempre habría una pequeña y casi menospreciable oportunidad para que todo cambiara.

                Finalmente conscientes de su presencia, algunos curiosos se aproximaron para contemplar al variopinto grupo, especialmente a los chicos y la descarnada dama, pero todos se mantuvieron a una distancia entre prudencial y respetuosa: recelaban de ellos, podían sentir que no pertenecían a ese lugar o, en caso de Euel, les recordaba cual podría haber sido su aspecto. O el de sus cuerpos mortales.

                El rey loco se encontraba encaramado en la punta de un avión. A pesar que intentaba emular un cuerpo bípedo, todavía mantenía su apariencia y consistencia de grumo negruzco que se desparramaba en círculos concéntricos a su alrededor. Para sorpresa de casi todos ellos, parecía estar discutiendo de una manera que solo podría tildarse de amigable con Etérea. La maga continuaba enfurruñada, con los brazos cruzados y los ojos fruncidos en un gesto de mal genio, pero parecía mucho más relajada que la última vez que Diecisiete la había vista. A la chica tampoco se le pasó por alto que no había señal alguna de su padre y el minúsculo ejército de desalmados que le acompañaban.

                ―Hola ―les saludó la joven al verles llegar. Un brillo de alegría y cansancio titiló en sus ojos al ver que, finalmente, los tres estudiantes perdidos estaban reunidos. Aunque no se le pasó por alto que Catorce y Sid, a los que les había ordenado que regresaran al laboratorio, habían desobedecido sus órdenes.

                La criatura se revolvió, desviando su cabezota deforme hacia Diecisiete. Un brillo lúcido relucía en sus ojos, jubilosos tras una batalla que, a pesar que se le había hecho corta después de tantos siglos dormitando, le habían devuelto parte de su alegría.

                O quizás, era solo la emoción al conocer la pregunta que le había estado atormentando durante todo ese tiempo:

                ―¿Quién soy? ―le inquirió una vez más.

                La chica le lanzó una mirada furtiva a Trece. Fue solo un instante, tan veloz como un parpadeo, pero lo suficientemente largo como para que Euel se adelantara, encaramándose al engendro que tanto odiaba. La repulsión continuaba ahí, palpitando en su corazón imaginario, pero el desprecio se había ido deteriorando lentamente. Sin saberlo, a su manera le había perdonado, olvidando parte del porqué de sus sentimientos.

                Al igual que Etérea, ella también estaba comenzando a sentir pena por el monstruo.

                ―Ya sé lo que eres ―anunció, adelantándose a los muchachos. Diecisiete estuvo a punto de protestar, pero su amigo la detuvo, interesado en lo que la fantasma habría interpretado―. Eres un río.

                A su manera, Euel había estado muy atenta a todo lo que había sucedido a su alrededor, a pesar que en un principio se había obcecado en mantenerse al margen. No obstante, todavía no era consciente de los lapsus en los que acababa ensimismándose o del deterioro de su cuerpo y, consecuentemente, sus facultades. Por ello, había avanzado para exorcizar a sus propios demonios y zanjar de una vez por todas su propio pasado, solo que la respuesta a la que se aferraba era solo una ínfima parte de lo que habían respondido.

                Pero ninguno de los chicos la sacó de su error.

                La criatura tembló, confusa ante la revelación, para, acto seguido, erigirse con grandiosidad y magnificencia, extendiendo su cuerpo del que había eliminado cualquier rasgo humano. Así, tan largo como era, como una serpiente de un grumo negro y denso, realmente parecía un río contaminado o de alquitrán.

                ―¡Arrodillaos, mis siervos! ―rugió―. Soy vuestro amo, soy… ¡Vuestro río!

                Sus allegados y los fantasmas más cercanos hincaron una extremidad a modo de respeto. Diecisiete, confundida por la seguridad de sus palabras, también hizo amago de inclinarse, pero al final se mantuvo inmóvil. Los únicos que no respetaron aquel momento fueron, irónicamente, Sid y Finn, quienes no pudieron evitar reír por lo bajo o comentar lo crédulo que era su rey. A fin y al cabo, ellos sabían la verdad, pero tampoco les importaba mucho qué identidad adoptara su voluble e inestable monarca. Egoístamente y aunque no lo reconocerían, en el fondo temían que recuperara su rol de barquero y continuara llevando a las almas al descanso eterno. Puede que la mayoría de los fantasmas estuvieran buscando el final definitivo, pero ellos no querían dejar de existir. No por ahora.

                No muy lejos de donde se encontraban, el payaso revoloteó en lo alto de un minarete torcido. Nadie se fijó en él, pero aun así hizo una reverencia que le dedicó a Euel. A su parecer, aquel era el mejor final para todos los habitantes del reino y la condena perfecta para una criatura que, aunque lo hubiera olvidado, había actuado de manera egoísta y cruel en el pasado.

                Si alguien se hubiera acordado de ese pasado, tan perdido como los lienzos del castillo en ruinas o algunos nombres que ya nunca más serán pronunciados, hubiera podido comprender la ironía y el círculo que, de una vez por todas, se había cerrado con unas simples palabras. A pesar de todas las batallas, de las muchas guerras en las que aquel rey, desesperado al ver como su identidad desaparecía, se había enzarzado, a pesar de sus estratagemas en las que había condenado vidas, al final, no había sido ningún héroe el que le había derrotado. En busca de un caballero que acabase con su vida o le diera sentido a su existencia, le había arrebatado su vida, muerte y futuro a Euel, la misma que le acababa de condenar a ser una nueva criatura, asesinando definitivamente su otra vida inmortal.

                Barquero. Demonio. Dios. Inmortal. Soberano. Miles de apodos y sobrenombres le habían caracterizado a lo largo de su vida pasada, pero al final, el que iba a perdurar era el que un cadáver a medio descomponer y confuso había malinterpretado.

                Ni diablo, ni rey, ni entidad divina. Río para toda la eternidad.

                Incómodo por la reacción de la criatura, Catorce se revolvió, cruzándose de brazos:

                ―Pero al final, ¿nos vamos a casa o no? ―rezongó, no tan bajo como le hubiera gustado, pues el engendro dejó de pavonearse para encaramarse al muchacho.

                ―Yo siempre cumplo mis palabras ―rio el Río. Su risa era una mezcla entre burla y auténtico júbilo que logró hacer estremecer a todos los vivos. Detrás suyo, Euel hizo una meca de incredulidad―. Abriré mis puertas para los diecisiete vivos que acompañan a la Maga de los que No Tienen Voz…

                Una nueva carcajada brotó de sus fauces, logrando que cada una de las ruinas temblara.

                ―Ya tienes lo que quieres, ¿no? ―gruñó Etérea. La joven le lanzó una mirada furibunda a Diecisiete―. Ya me he puesto al corriente de vuestro trato.

                ―Lo siento ―murmuró la chica, desviando la mirada con culpabilidad―. Sé que no tenía que haberlo hecho, que no puedo decidir por ti, pero ese momento estaba desesperada.

                La maga se encogió de hombros con tranquilidad, quitándole importancia al asunto.

                ―¿Sabes? No te puedes ni imaginar el cabreo que he estado a punto de coger, pero después de pensarlo un poco, me has librado de tomar una decisión que me tentaba a partes iguales. Puede que su maldición se convierta en una carga con la que tenga que luchar para no sucumbir o puede que la termine usando. Sus cláusulas nos favorecen egoístamente a ambos: almas para él, poder para mí. Y si las almas pertenecen a seres despiadados… seguramente no dudaré en usar su magia, por muy inmoral que sea ―una sonrisilla siniestra cruzó su rostro―. Creo que hace tiempo perdí parte mi ética.

                Diecisiete suspiró al ver que no le iba a guardar ningún tipo de rencor. Era más que alivio lo que sentía en ese momento: todo había terminado, volvían a estar juntos, los enigmas se habían resuelto…

                Instintivamente, los tres estudiantes se agruparon, entrelazando sus manos mientras contemplaban con anhelo a que el Río tomara alguna decisión o hiciera otro hecho inexplicable que les devolviera a casa. No obstante, la criatura se mantuvo inmóvil, todavía con una sonrisa ladina surcando enteramente su cabezota.

                ―Te estás riendo ―gruñó Etérea, lanzándole una mirada de rabia―. Te ríes de nosotros porque hay truco, siempre lo hubo, ¿a qué cojones estás esperando para abrir esas famosas puertas?

                ―Es una respuesta tan sencilla que me sorprende que la pregunte, mi querida Maga de los que No Tienen Voz: para hacerlo necesito devolveros a todos, ese extraño habitáculo vuestro también, al límite de mi reino con la Realidad y para ello… ―una nueva risa escapó de sus fauces―. Para ello tenéis que alzaros por encima de las brumas, tenéis que flotar con la misma fuerza con las que os he arrastrado, cruzando cada uno de los niveles ―el engendro hizo una pausa―. Y lo único capaz de lograrlo es la esperanza.

                La joven parpadeó, atónita, mientras asimilaba las condiciones con las que en ningún momento había contado. Atrás suyo, Trece rompió a reír. Después de todo lo que había pasado, su billete de salida había estallado en el espectáculo más bello que nunca antes hubiera existido. Y aunque hubieran perdido la última oportunidad para escapar, no le importaba: hubiera dado cualquier cosa con tal de volver a sentir la calidez de la esperanza, el regresar de la ilusión o como todo, en un momento, se había iluminado.

                Mientras el resto de sus compañeros irrumpían en protestas, él se mantuvo en silencio. Desde su punto de vista, aquel contratiempo no era más que otro enigma al que tenían que derrotar. Cierto, podían haber usado a la propia representación de la esperanza para alzarse, pero esa no podía ser la única respuesta. Podían intentar atrapar las luces que todavía descendían antes que se desvanecieran. Esa y otras ocurrencias que le rondaron por su cabeza parecían, a simple vista, imposibles esbozados por una mente desesperada, pero en un lugar donde la lógica era un concepto extraño y olvidado, cualquier posibilidad podía hacerse realidad.

                El chico se concentró tanto en dar con una respuesta sencilla y no muy rocambolesca que casi se le pasó por alto como Euel se acercaba a donde estaba. Solo se dio cuenta al notar como algo rozaba su mano. Sorprendido, desvió su mirada justo a tiempo para ver como la dama depositaba su guardapelo entre sus dedos. Instantáneamente, un hálito de calor recorrió la palma de su mano. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo brillante que era.

                ―¿Qué…? ―intentó murmurar, pero se trastabilló con sus propias palabras.

                ―Es un regalo ―su voz volvía a ser la misma de siempre, fría e indiferente, pero el joven era capaz de notar las emociones ocultas que intentaba expresar pero no se acordaba cómo se hacía―. Para que puedas regresar.

                A pesar que, en el fondo, Euel no estaba muy segura de lo que les estaba reteniendo, su esencia sabía qué era lo que necesitaban. Y el muchacho solo necesitó el calor de aquella joya para comprenderlo también.

                Para cruzar la niebla se necesitaba esperanza. Y el único habitante del reino que nunca la había perdido era, paradójicamente, la misma que sentía que no pertenecía a él. Durante más siglos de los que la memoria alcanza a recordar, la dama prisionera había estado esperando sin que en ningún momento su confianza flaquera, depositando parte de su esperanza en aquel guardapelo oxidado que nunca más iba a abrir y que se acaba de convertir en la llave que les ayudaría a escapar.

                Las palabras se acumularon en la garganta de Trece. Pugnaban por salir todas a la vez, contradictorias entre ellas y sus auténticos sentimientos, los mismos que se escapaban en débiles lágrimas.

                ―No… Pero… ―farfulló, intentando recobrar el aplomo―. ¡No puedo hacerlo! Es un recuerdo, uno de los pocos que te quedan.

                ―Si lo fue, ya no importa ―dictaminó con la misma tranquilidad con la que Etérea se había encogido de hombros para calmar a Diecisiete―. Quizás así te acuerdes de mí…

                ―¡Yo nunca me olvidaré de ti! ―le prometió, lanzando sin querer una mirada fugaz a todo lo que les rodeaba― Ni de ti ni de nada de lo que ha sucedido… No podré ―rio, cansado y desesperado―, es imposible que lo haga…

                ―Entonces no veo el problema.

                Trece apretó con fuerza el colgante entre sus dos manos mientras esbozaba una sonrisa de eterna gratitud. Una sonrisa que se convirtió en un escudo para no desmoronarse. En el fondo, sabía cómo iba a acabar todo mucho antes que aquella aventura hubiera comenzado a aproximarse su final.

                Ninguno de los dos se atrevió a decir adiós.

                Tras dedicarle una última mirada, tan impenetrable como siempre, Euel dio media vuelta y se dirigió a la linde de la ciudad. Según se alejaba, su cuerpo pareció perder consistencia y opacidad hasta que su figura se hizo tan trasparente que los jirones de niebla se veían a través de sus huesos y su ajado vestido.

                Y entonces, simplemente, desapareció.

Muerte

                Etérea apretó con fuerza el colgante. Todavía sentía que el Río (Identidad que en ningún momento había cuestionado) les estaba ocultando algo. Aun así, tuvo que reconocer que no había puesto ninguna traba después que uno de los estudiantes se presentara con el guardapelo, es más, les había ayudado a regresar al laboratorio, el cual continuaba descendiendo plácidamente, ajeno a todo lo que ocurría cientos de kilómetros más abajo. Aunque no había dudado en desaparecer en cuanto le dieron la espalda, internándose en el habitáculo.

                Aun así, la joven estaba segura que, pasara lo que pasase, iba a cumplir su palabra. Estaba obligado por las mismas reglas que se había inventado.

                Sin poder contenerse, le dedicó una mirada fugaz a Enric. No había podido evitar abrazarle al verle, hundiendo el rostro en su pecho, perdiéndose en su abrazo cálido y sincero. Le dolía reconocerlo, pero finalmente había terminado por aceptarle como a un amigo, amistad que le costaba trasmitir sin miedo: hasta donde le alcanzaba la memoria, solo antes había habido una persona capaz de ostentar ese título.

                Tenía miedo de perderle, que él solo la viera como una compañera de viaje, del destino que les aguardaba a ambos, tan diferente y lejano, aunque siempre les quedaba la posibilidad de volverse a reunir en la Niebla cuando todo hubiera acabado.

                La muchacha acalló sus temores con un gruñido, apretando con fuerza el guardapelo hasta que sus incrustaciones se clavaron en su piel. A su lado estaban Enric, tan azorado por el abrazo como ella, y su doppelganger, quien no podía ocultar su felicidad al saber que, finalmente, iban a regresar. Los estudiantes, por su parte, se habían reunido en torno a su compañera enferma. Y a pesar que los dos chicos, Trece y Catorce, le habían insistido hasta la saciedad que usara su poder para salir y curar a su amiga, la maga se había mantenido impertérrita.

                ―Antes de usarlo necesito hablar con vosotros ―les había gruñido como única respuesta―. Y para eso tenéis que calmaros.

                Y entonces, como la última de una serie de casualidades, Diecisiete alzó la voz, acaparando por primera vez la atención de toda su clase. La muchacha, azorada ante el súbito interés, rompió en balbuceos ininteligibles mientras se sonrojaba.

                ―¡Pero habla, mujer, que no te vamos a comer! ―le instigó Tres, todavía con su inútil móvil en la mano.

                ―Yo… Esto… Puede que… ―la joven metió la mano en uno de sus amplios bolsillos de la bata, sacando un paquete informe, tan grande como la palma de su mano, de bordes irregulares y que estaba compuesto por el mismo papel que se usaba en el laboratorio para hacer filtros―. Tomad…

                Casi lo imploró mientras les tendía el paquete. Como adivinando su contenido, Ocho lo cogió, desenvolviéndolo mientras un polvillo se desprendía de él. En parte todos se imaginaban qué era lo que había en él, pero solo la chica se atrevió a darle nombre, relacionándolo velozmente con la dolencia de su amiga.

                ―Bicarbonato ―rio.

                Y toda la clase, incluso la enferma, estallaron en risas. Al final, la única que tenía la medicina para ayudar a Siete era la misma a la que todos habían estado ignorando sistemáticamente. Y aun así no había dudado en ayudarles.

                Una de las carcajadas más notorias fue la de Catorce, quien casi se derrumbó encima de una mesa. Un papel, pringoso por el contenido derramada, se le pegó en la mano. Era una de las hojas del cuaderno de prácticas, la misma que había revoloteado cuando Etérea entró en el laboratorio.

                Y a pesar de todo, la maga todavía tuvo que esperar un buen rato hasta que todos ellos se calmaron. En el fondo podía haber actuado nada más entrar en la clase, pero su orgullo le instaba a hacer correctamente las cosas de una vez por todas.

                ―Lo siento ―comenzó, inclinando ligeramente la cabeza―. Todo esto ha pasado porque fui una engreída. Creí conocer mi propio poder, mis límites, pero acabé por hundirme, tropezando con una piedra que yo misma había puesto. Vine aquí en busca de un fantasma, o eso pensaba. Relacioné un grito de auxilio con una muerte que, casualmente, vi en el telediario. Y sin pensármelo ni nada me embarqué en una peripecia que no se ha convertido en tragedia de puro milagro. Me lo tenía tan creído que me puse a llamar al muerto que no era, atrayendo la atención de los seres del otro mundo. También parte de la culpa la tiene este laboratorio: la tragedia estaba tan unido a él que se convirtió casi instantáneamente en un puente que el rey del otro lado usó para atraerme.

                ―¡Os lo dije! ―murmuró Tres, logrando casi instantáneamente un coro de gruñidos pidiéndole silencio― Si hasta ha habido un incendio y todo…

                Etérea suspiró mientras aguardaba a que la muchacha terminara. Sus dedos acariciaron la cadena de la que pendía el guardapelo. A pesar que quería disculparse para calmar parte del nido de inseguridades que le agujereaban el pecho, como un enjambre de avispas, había algo que estaba comenzando a atormentarla. Algo de lo que desde el principio había sido instintivamente consciente, pero que hasta ese momento no había comenzado a darle vueltas.

                Una posibilidad remota, cruel, pero no muy descabellada.

                ―Eso es lo que quería deciros ―susurró―. Lo siento.

                Al unísono, Trece, Diecisiete y Catorce sonrieron, disculpándola. Al resto les costó aceptarlo un poco más, incluso hubo quien se hundió en un silencio hosco, pero nadie la increpó nada.

                Un golpecito les sobresaltó: al otro lado de la puerta, Sid y Finn les contemplaban con impaciencia. Aunque se habían despedido con un tétrico “Nos volveremos a ver” no habían dudado en apostarse a las afueras para ver como ese pedazo de edificio salía volando hasta desaparecer.

                ―No es que queramos perder vuestra compañía ―ronroneó Finn, apoyándose en el umbral con descaro―. Pero, ¿no estáis tardando mucho?

                Etérea bufó, lanzándole una mirada iracunda, que logró que cerrara la puerta de un portazo sin dejar de reír.

                ―No es tan fácil ―gruñó ante las miradas expectantes de todos ellos―. Eso es lo otro que quería comentaros… ―la voz le tembló momentáneamente mientras sus dedos se crispaban, aferrándose al colgante―. Esa es la cláusula maldita del contrato: solo diecisiete vivos cruzarán el límite y regresarán conmigo… y sois dieciocho los que estáis aquí reunidos.

Cenizas

                Aquella revelación se tradujo en gemidos de pánico, lloriqueos y gritos de incredulidad. Ninguno quería aceptarlo, aun cuando todos los que se habían reunido en el laboratorio ya parecían conocer esa última condición. Pero, secretamente, todos ellos habían albergado la esperanza que aquella decimoctava persona se quedaría en la Niebla y no se uniría a ellos. Que no tendrían que elegir y sus conciencias estarían tranquilas para siempre.

                Etérea intento calmarles, pero no la dejaron hablar. Con un hondo suspiro, la joven se cruzó de brazos, enfurruñada.

                A Diecisiete no se le pasó por alto la mirada que le lanzó a Catorce. Era casi una súplica desesperada, un grito silencioso que le pedía perdón. Un gesto que la hizo estremecer.

                ―No… ―murmuró, aunque nadie se fijó en ella. Como siempre había sido. Incluso en los momentos de desconcierto volvía a ser ignorada.

                ―¡Intentad calmaros un poco! ―les increpó Enric, logrando solo que los gritos y protestas se redoblaran.

                Diecisiete cerró los ojos. En su interior se había desatado el caos: se sentía como un ánfora repleta de emociones a punto de desbordarse. O que en cualquier momento estallaría. Pero por encima de todas ellas, un miedo traicionero pugnó por imponerse, susurrándole con crueldad lo que ella intentaba no pensar: “Siempre soy yo la que sobra, la que está sola, de la que nadie se acuerda, de la que nunca se fijan…“

                Contuvo un grito de angustia, un lamento desesperado que quería hacerse escuchar por encima del barullo, elevarse por encima de ellos y destrozarlo todo. Era un chillido antiguo, recuerdo de un momento que no alcanzaba a recordar, pero que todavía estaba ahí, como una cicatriz que nunca terminaría de desaparecer.

                Quería gritar. Necesitaba gritar. Que un aullido le desgarrara la garganta, eco de todo lo que nunca había podido decir y lo que no se atrevía a hacer. Era el mismo deseo amargo que había sentido mucho antes que aquella práctica en el laboratorio: se remontaba a los confusos orígenes de su invisibilidad y timidez.

                Como siempre había hecho, calló, pero esta vez no se reprimió: la joven se incorporó, dispuesta a aportar alguna solución, a evitar que la volvieran a olvidar o convertirse en el miembro que le tocaría sacrificarse.

                Mientras tanto, indiferentes al barullo, Etérea y Catorce continuaban contemplándose fijamente. El rostro de la maga parecía estar tallado en piedra de lo inexpresiva que estaba, aun cuando sus ojos la traicionaban, revelando el nerviosismo que parecía corroerla. El chico, por su parte, la miraba sin saber qué intentaba decirle, aferrándose instintivamente a la hoja que se le había pegado en la mano hasta estrujarla y convertirla en una bola.

                ―¿Qué…? ―se atrevió a decir después de un largo y tendido silencio, acompañado por las quejas y protestas del resto de sus compañeros a modo de melodía de acompañamiento―. ¿Qué es lo que quieres decirme y no te atreves?

                La joven agachó el rostro. Cuando habló lo hizo con un tono mucho más discreto que el habitual. Porque por mucho que intentara mantener la compostura, incluso su confianza se había fragmentado tanto que ya no era capaz de dar por cierta cualquier posibilidad. Aun cuando ésta fuera la única capaz de explicar cómo habían acabado en esa situación.

                ―Algo que se me ha pasado completamente por alto ―reconoció, mordiéndose el labio―. Algo tan sencillo que ni le di importancia, rechazando aquella posibilidad, dándola por inimaginable. Quizás, no tan quizás, el Río no me engañó, solo me tomó el pelo con una adivinanza cruel pero que todos tendríamos que aceptar.

                ―No te entiendo…

                ―No es tan descabellado, en el fondo. A fin y al cabo, los tres os habéis encontrado con muchos muertos que no querían reconocerlo.

                El chico retrocedió instintivamente, asimilando aquellas palabras.

                ―Esa fue la promesa ―continuó―, un juego de palabras sin más trampa que la que nosotros malinterpretamos. Aunque seamos diecinueve en este laboratorio, solo dieciocho estamos vivos.

                Un silencio hosco se interpuso entre ambos. Etérea continuaba mirando fijamente al muchacho, pidiéndole perdón con la mirada, disculpándose por algo que había provocado y que estaba condenado a desaparecer irremediablemente. Era una mirada tan oscura como la del resto de los muertos con los que los jóvenes se habían tropezado, al contrario que la del chico. Sin darse cuenta, Diecisiete sintió que necesitaba decirle que se equivocaba, que los ojos de Catorce eran los de alguien vivo. El miedo, la certeza al comprender lo que le decían, la tristeza y decepción… Demasiadas emociones batallaban en su interior como para creer que él estaba muerto.

                Aturdido, el joven comenzó a juguetear con la hoja de papel. Parecía querer decir algo, pero las palabras morían mucho antes que abriera la boca, convirtiéndose en suspiros que desaparecían como volutas de vaho. Aquellos ojos tan vívidos y confundidos leyeron distraídamente un par de líneas de aquel fragmento del cuaderno de prácticas, olvidado por todos, tan inútil en aquel momento que incluso Trece, quien se había recluido en una esquina, meditabundo por su despedida con Euel, acabó por esbozar una sonrisa de confusión al verle.

                La hoja revoloteó antes de desplomarse al suelo.

                ―Diecisiete… ―Catorce dio media vuelta. La mirada que le dedicó a la joven estaba inundada por cientos de dudas y temores, las mismas que se reflejaban en su voz, débil y poco más que un lamento que anhelaba romper a llorar―. ¿De dónde has sacado ese bicarbonato?

                La pregunta hizo tambalear a la muchacha. Extrañada, parpadeó mientras asimilaba aquel brusco giro de la conversación.

                ―Es mío… ―murmuró, temblando―. Es lo que he hecho en clase…

                ―No ―el chico comenzó a adelantarse hacia donde se encontraba. Pasos diminutos que no querían avanzar por mucho que así tenía que ser―. No te ha dado tiempo… Eso es lo que pone en la práctica: se necesitan horas que no tuvimos… ―bruscamente, la sujetó de las manos, obligándola a mirarle―. Lo trajiste de casa, ¿verdad? ¡Querías sobresalir para que te hiciéramos caso!

                Excusas, eso era lo que estaba buscando. Excusas para camuflar aún más aquella inmensa mentira que les había estado gobernando con sus ojos ciegos y sus dedos de marioneta.

                ―No, no es verdad ―protestó la muchacha con voz temblorosa. Sus recuerdos se entremezclaron en un caos de imágenes superpuestas y contradictorias―. Es mío, yo lo hice… Fui la mejor a pesar de estar sola… La única que se lo quiso llevar a casa… Sola… Me quedé sola haciendo el paquete… Sola…

                Y el grito estalló mientras sus palabras perdían coherencia y significado.

                Temblaba, porque el miedo nunca se había ido, aun cuando había abandonado la esperanza de ser rescatada.

¿No lo veis? ¿No me veis? Estoy aquí, con mi voz ronca cansada de gritar, sola y abandonada. ¿Nadie se ha acordado de mí?…

                Los dedos de Catorce temblaron, indecisos, antes de acariciar el cuello de la chica. Buscaban pulso, vida, cualquier retazo de calor que les demostrara que estaban equivocados.

                Solo encontró frío y silencio.

                Su propio enigma, el mismo que todos los muertos repetían incansablemente, resonó con más fuerza que nunca, dentro de su cabeza, ahora que por fin había dado con la solución:

                Dieciséis huecos, dieciséis sillas. Había ocho sitios esperándonos; uno por pareja. Ocho más ocho, dieciséis… Dieciséis, siempre dieciséis, entonces, ¿y Diecisiete? ¿Quién es Diecisiete? La niña triste, la niña sola, la niña vacía, la niña…

                ―La niña muerta que no puede llorar ―susurró Diecisiete con una sonrisa, recordándolo todo.

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3 comentarios en “Capítulo 16: 2 |Hija del humo|

  1. Esta es al primera vez que deseaba con fuerzas que una de mis descabelladas teorías sueltas, quizás la que aporte menos fundamentos y deje escapar sin mucha seguridad para terminar de llenar la linea de otra se cumpliera. Pero, lo cierto es que al principio de todo a imagen de la mano contra el cristal y el humo se formo en mi cabeza con mucha facilidad. La recordé en este preciso momento. Eso y el grito de socorro proveniente de la universidad. El vinculo. Sin embargo todos los sin voz tienen un vinculo con Etérea, creo que quizás haya algo mas.
    Los sin voz, aha dichosa y evidente ironía. Como anillo en el dedo si se trata de 17.

  2. LO SABIA, LO SABIA, LO SABIA!!!
    Comencé a sospecharlo hace unos capítulos, y la canción deprimente, el llamado de auxilio que no era de Paolo Calomarde, oh por Glob, todo se agolpa en mi cabeza a velocidad de vértigo aún cuando faltan piezas por resolver.
    Una de mis tres teorías resultó ciertas (bueno, a medias), y… y…
    Y ahora viene el llanto desconsolado ;_;

    • Era algo que estaba ahí desde el principio y que, poco a poco, ha ido cobrando sentido. 😀

      Bueno, todavía queda el final >w<

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