Capítulo 15: 3 |Hija del humo|

Por diversos problemas, esencialmente la falta de tiempo, y para no alargar más la subida de este capítulo, hoy solo colgaré la primera parte, Cenizas, a lo largo de la semana subiré Polvo y Muerte. ¡Palabra de bruja!

Cenizas

                Diecisiete se detuvo, incapaz de dar un paso más. Había bastado un simple susto infantil para que hubiera comenzado a correr. Y casi sin darse cuenta, había cruzado la ciudad. Aun cuando, a pesar de su nombre, recordaba más a un pueblecito de construcciones caóticas y sin sentido, sus dimensiones eran los suficientemente grandes como para haberse quedado sin aliento a medio camino. Pero la joven no se sentía cansada: en aquel momento, lo único que parecía recorrer su cuerpo, convirtiendo el agotamiento o la falta de aire en una quimera, era la misma aprensión que había sentido cuando Sonrisitas hablaba de la muerte o había estado junto con la maga en el límite de la misteriosa depresión. Era también el vacío que la perseguía una y otra vez cuando estaba sola y sentía que lo hacía era inútil.

                Con pasos tambaleantes, la chica continuó caminando con tal de pensar que estaba haciendo algo. Necesitaba descentrarse, dar con cualquier cosa que llamara su atención, pero por mucho que lo intentara, era incapaz de engañar a las débiles evidencias que, lentamente, se iban mostrando. A su alrededor, las ruinas y los muertos iban menguando lentamente, dejando entrever el lecho embarrado que la esperaba al final del sendero. No le dio mucha importancia, tampoco a las figuras que parecían recortarse justo en el límite: estaba demasiado perdida en sus propios pensamientos como para darse cuenta de nada más.

                Y es que, lentamente, una disparatada posibilidad había comenzado a aflorar. Algo tan absurdo que nunca antes se le había ocurrido, ni había tenido motivos para planteárselo. Pero aun así, era capaz de explicar muchos de sus temores y parte de la situación en la que estaba atrapada.

                Era una hipótesis arriesgada, pero también dolorosa, tanto, que la muchacha necesitaba rechazarla desesperadamente. Y aferrarse a cualquier otra idea menos esa.

                Estaba tan ensimismada intentando convencerse que eso no podía ser, que no se fijó como Catorce, a quien no le había pasado desapercibido como había llegado, corría a donde se encontraba.

                ―¡Diecisiete! ―la llamó con una gran sonrisa.

                La joven no pudo evitar estremecerse. Su risa y buen humor le parecía un sacrilegio, una broma cruel que la sobresaltó mientras la necesidad de llorar aumentaba. Pero no podía, sus lágrimas se habían revelado y rechazaban su voluntad, obsesionada con desahogarse entre goterones y lamentos. No solía llorar, pero siempre que lo hacía sentía que parte de sus problemas se diluían entre las gotas. Y estaba muy cansada, confusa, asustada y con sus percepciones completamente distorsionadas por aquel lugar.

                ―¿Te encuentras bien? ―el chico la miró con preocupación, consciente que algo fallaba en ella. Nunca le había caracterizado un optimismo deslumbrante o una excesiva energía, pero parecía más hundida que de costumbre.

                ―No lo sé ―reconoció después de un débil silencio. Con tal de no preocuparle, se obligó a sonreír. Eso era lo que siempre había hecho: fingir que no le pasaba nada, aun cuando se sentía dolida por la continua soledad o con que nunca contaran con ella―. ¿Habéis dado con algo?

                Catorce estaba tan excitado por lo que habían descubierto que ni se le pasó por la cabeza que algo podía estar preocupando a su amiga. Quizás él también prefería engañarse que reconocer una verdad que había estado oculta por mentiras y excusas.

                ―¡Sí! ―aulló, emocionado, tomándola de la mano para arrastrarla con el resto del grupo―. ¡No te lo vas a creer!

                Diecisiete se dejó arrastrar con la determinación que fuera lo que fuera lo que le iban a decir, nada sería capaz de sacarla de ese estado de apatía. Pero se equivocaba. No había dado ni dos pasos cuando trastabilló consigo misma, resbalándose hacia atrás. En una desastrosa pirueta logró aferrarse al jersey del chico, evitando una dolorosa y un tanto ridícula caída.

                Y entonces rompió a reír. Se trataba de una carcajada, histérica e incontrolable, que pugnaba por escapar de su cuerpo a trompicones, como una cascada de pedazos de cristal que se desperdigaban al romperse. Era, también, una risa anticuada: en ella se mezclaban todos los momentos en los que le hubiera gustado poder reírse con los demás y en los que había acabado por callar. Pero sobretodo, era una risa de liberación: con cada carcajada aquel deje de momentánea locura desaparecía, llevándose consigo la tensión o las dudas.

                Confuso, Catorce contempló como el cuerpo de su amiga temblaba. Era incapaz de explicar el por qué, pero aquella risa lograba aliviar parte de la incertidumbre que había sentido al verla. Quizás porque, por primera vez, la muchacha parecía realmente relajada, no una sombra atenta a lo que él decía o hacía para saber qué hacer a continuación.

                Cuando abrió los ojos, el chico se estremeció. Inexplicablemente, la veía más luminosa y calmada, incluso un poco menos pálida, a pesar que sus ojos relucían más negros que nunca, como dos pozos sin fondo. Solo que, en vez de relucir por el pesimismo, brillaban por sí mismos.

                Era ella, seguía siendo ella, pero el joven podía notar que algo había cambiado para siempre, a pesar que no era más que el preámbulo de la auténtica metamorfosis. Dos sentimientos contradictorios bombearon en su interior: por un lado, casi sin quererlo, comenzó a odiar a su compañera de laboratorio, aquella que rehuía la mirada y se mantenía oculta en un rincón: porque durante todo ese tiempo habían estado reteniendo a la auténtica Diecisiete, ocultándola tras capaz de miedos y dudas. Odió su timidez, la misma que les había impedido ser amigos y conocerse antes. Pero por el otro lado, el joven sintió que estaba a punto de perderla para siempre.

                ―¿Estás bien? ―Murmuró.

                La muchacha asintió, incorporándose. Incluso ese simple movimiento parecía haber cambiado: antes caminaba encogida sobre sí misma, pareciendo mucho más pequeña de lo que realmente era, mientras que en aquel momento se mantenía recta. La inseguridad todavía continuaba en ella, pero ya no era un aura casi palpable, convirtiéndose en un simple vestigio que todavía continuaría durante mucho tiempo hasta que, finalmente, algún día ella fuera capaz de rechazarlo para siempre.

                ―Sí… ―musitó con cautela, midiendo sus palabras―. No lo entiendo: quiero llorar, necesito llorar, pero solo puedo reír… ―contempló su mano derecha, tan blanca como siempre, quizás algo más corpórea que cuando se encontraba entre las brumas, pero sin más cambios aparentes―. Se ha roto…

                ―¿Se ha roto? ―repitió sin comprender―. ¿El qué? ¿Qué ha pasado?

                ―El lazo que me unía con la Esperanza, ya no está. Simplemente ha desaparecido… No lo entiendo, Catorce, es como si algo en mi interior hubiera estallado, desapareciendo para siempre, pero una parte de mí insiste en celebrarlo, en alegrarse por ello…

                ―Porque es bueno, ¿no? No tengo ni idea sobre la mitad de cosas que nos han sucedido, pero si había un lazo significa que una de las dos tendría que depender de la otra.

                ―Libertad ―susurró―. Eso es lo que clama mi interior, eso es lo que quiere celebrar…

                Al chico se le escapó una risa inquieta. Cariñosamente cerró sus manos entorno a las de su amiga, conteniendo el ligero temblor que todavía la sacudía.

                ―No sé si es por este sitio en particular o culpa de esos muchos desastres que me he perdido, pero ahora mismo, siento que eres alguien diferente a la chica que me miró con miedo en el laboratorio antes que fuera en busca del torpón de Trece ―titubeó, indeciso entre seguir hablando o callar―. Es difícil de explicar, pero creo que ahora me gustas más. Antes parecías una sombra, ahora…

                ―¿Antes era la chica invisible y ahora soy alguien más? ―Gruñó, casi por decir algo. A pesar que ella tampoco comprendía el origen del torbellino de sentimientos y pensamientos que se revolvían en su cabeza, pero aquella explicación encajaba con la división que ella sentía. ―Yo tampoco lo entiendo. No entiendo nada, pero tampoco quiero saber la verdad. Me basta con comprender ese dichoso enigma que acabé por proponerle al rey loco y salir de aquí ―un brillo nostálgico titiló en su mirada―. Quiero irme y que el gris desaparezca para siempre. Quiero caminar por un suelo real bajo un cielo azul y lleno de nubes de mil formas diferentes que no oculten monstruos.

                Catorce comenzó a esbozar una sonrisa, pero sin previo aviso, desvío el rostro. Las mejillas le ardían, sonrojadas, aunque el gris de la niebla ocultó la tonalidad rosada que el joven sentía brillar delatoramente en su rostro. Casi sin poder evitarlo, no había podido imaginarse como sería quedar un día los tres, Trece, Diecisiete y él, pero lentamente, su mejor amigo había desaparecido de sus ensoñaciones.

                ―Deberíamos regresar con el resto ―tartamudeó, avanzando sin acordarse que todavía le sujetaba de las manos, por lo que acabó arrastrándola de nuevo.

                Con una sonrisa, la muchacha se puso a su altura.

                ―¿Y bien? ¿Qué habéis descubierto?

                ―Trece ―comenzó, todavía con la mirada centrada en el lado opuesto en el que la joven se encontraba― cree que eso era un río seco que las almas tenían que cruzar para llegar al auténtico final.

                ―Como la leyenda ―comprendió―. Entonces, nuestro intento de demonio es en realidad el barquero encargado de llevar a las almas a través de las aguas.

                ―Eso parece: incluso hemos dado con un montón de madera podrida que podría ser la famosa barca, aunque dado su tamaño, casi parece un arca o un yate arcaico…

                Según hablaban, la pareja se fue acercando a dónde se encontraba el resto del grupo. Los dos fantasmas se habían alejado un poco con una pizca de recelo que a la chica le resultó muy extraña, más que todo lo que había sucedido. Aunque también algo cómica.

                ―¿Qué les pasa? ―inquirió, conteniendo la risa al ver como jugaban a una especie de batalla de manos, la misma a la que los niños recurrían cuando tenían que elegir a alguien para que contara o pillara.

                ―Que son bobos ―gruñó Trece, dándose por aludido. Euel flotaba a su lado, cohibida por el variopinto grupo que había acabado formándose a su alrededor―. Creen que voy a mandar a uno de los dos para comprobar que mi teoría es cierta.

                ―La curiosidad humana es retorcida y no tiene límites ―sentenció Finn, lanzándole una mirada a los recién llegados. Súbitamente; esbozó una mueca al contemplar a Diecisiete―. Tú… No, no puede ser… ―el fantasma frunció el ceño, cruzando los brazos mientras esbozaba una mueca―. Es imposible.

                ―No subestimes los imposibles, amigo mío ―canturreó Sid. Instigado por la curiosidad, él también contempló atentamente a la muchacha.

                Nerviosa, la chica se tapó discretamente con la bata. Aquel descarado escrutinio la inquietaba mucho más de lo que quería reconocer.

                ―Mi hilo con la Esperanza ha desaparecido ―explicó, intentando disipar las sospechas.

                ―Aun así ―insistió Finn―, cualquier enlace paranormal entre un sentimiento y un humano no me parece suficiente explicación para entender por qué he confundido dos cosas radicalmente opuestas.

                Diecisiete le pudo haber pedido que fuera un poco más claro, que le explicara qué era lo que sabía, ayudándole a comprender su propia naturaleza, pero prefirió callar. Porque en el fondo, no quería saber qué era, exactamente, lo que le estaba sucediendo. Ni en qué se estaba convirtiendo. Cuanto más lo pensaba, más sentía que toda su vida pasada ya no le pertenecía. Sus recuerdos, sus deseos, sus miedos… todo ello formaba parte de la cáscara de otra persona, de la adolescente confusa que se escondía en su timidez para no enfrentarse a la realidad. Nada de eso le pertenecía ya…

Dieciséis huecos, dieciséis sillas. Había ocho sitios esperándonos; uno por pareja. Ocho más ocho, dieciséis… Dieciséis, siempre dieciséis, entonces, ¿y Diecisiete? ¿Quién es Diecisiete? La niña triste, la niña sola, la niña vacía, la niña…

                ¿Quién era ella?

                ―¿Sabes? ―le susurró Sid a su amigo por lo bajo―. Hay unas maravillosas criaturas capaces de romper todos esos esquemas.

                Ignorando la disparatada hipótesis, la joven se acercó a Trece, buscando nuevamente algo con lo que distraerse y abandonar las dudas.

                ―¿Crees que es posible que todo sea culpa de un río que se secó?

                ―Totalmente ―afirmó―. Todos los fantasmas tienen un enigma grabado en su esencia que les orienta en busca de la calma. Y todos los que he escuchado hacen referencia a un río. A este río. Creo que la desesperación estalló como una epidemia cuando éste se secó o el barquero olvidó su función. Y al final todos terminaron por olvidar la naturaleza de este lugar. Aunque algo les debe de atraer, es la única explicación que encuentro a que su ciudad esté casi al lado del embarcadero… ¡Y eso no es todo! En el interior del castillo, Euel y yo encontramos varias ruinas y pinturas. En una de ellas se podía ver perfectamente como una horda de almas iba en pos del rey loco… del barquero…

                ―Eso explicaría porque le debem… deben ―se corrigió― obediencia.

                Simultáneamente, los jóvenes enmudecieron. El mismo silencio que ambos acordaron por instinto parecía cubrir a la ciudad, ahora campo de batalla, llevándose consigo el estruendo que durante todo ese tiempo había estado sonando a modo de banda sonara.

                Solo había silencio. Inquietante y espectral silencio.

                Los dos fantasmas se revolvieron, nerviosos, mientras alzaban el rostro, contemplando con un ensimismamiento casi reverencial un punto impreciso que se perdía entre las puntas de un edificio derruido y una inmensa montaña de escombros.

                El miedo estalló en Diecisiete mientras desviaba a su vez la mirada en busca de aquello que lograba captar la atención de todos los habitantes de la Niebla. Era la incertidumbre de saber lo que iba a pasar y de estar deseando que no sucediera, aunque no fuera capaz de hacer algo para evitarlo.

―¿Qué pasa? ―Catorce frunció el ceño, frotándose los brazos con tal de rechazar el frío que parecía haberse asentado junto con el silencio.

                La joven abrió la boca, pero fue incapaz de darle palabras a lo que iba a suceder. En el fondo era algo que sabía desde que había hablado con la Esperanza y ésta había cortado el vínculo que las unía. Pero había intentado no pensar en ello, olvidarse y pensar en cualquier otra cosa en vez de asumir lo que inevitablemente sucedería.

                Temblaba, deseosa de poder gritar y exigirle a aquel estrambótico mundo un por qué. Quería hundir las uñas en su carne y pintar con el rojo de la sangre una sonrisa feliz encima del gris, protestar ante las criaturas que habían orquestado aquella función, obligándola a cumplir un papel que le estaba grande. Pero sobretodo, quería llorar. Anhelaba llorar, deshacerse en lágrimas y desaparecer junto con su otro yo, el mismo que estaba a punto de desvanecerse para siempre.

Muerte

                Etérea contempló, casi con indiferencia, como el rey loco y su padre peleaban. Aunque este último insistía en esconderse tras un ejército de seguidores, todo aquel caos no era más que una batalla entre los dos. Eran los únicos que todavía creían que podían ganar algo, aunque solo fuera un trono polvoriento y algún retazo sobre su propia identidad.

                Pensándolo bien, daban incluso pena, a pesar que ambos solo despertaban en ella su asco e indiferencia.

                Pero ninguno de los dos atraía en ese momento su atención y curiosidad. La mirada de la joven estaba pendiente de las sombras sin forma, de las figuras que parecían moverse entre las esquinas… buscaba a la Esperanza mientras esperaba a que, finalmente, cumpliera con el plan que había bocetado dentro de su cabeza. A pesar que intentaba mostrarse calmada, su interior hervía de nerviosismo. Y de mil temores diferentes.

                A pesar que había estado desde que se había alejado de Paolo Calomarde buscando a la criatura, aquella incesante espera fue inútil: todo continuaba como había estado desde que había despertado; batallas y juegos, gritos y risas, el lejano estallido de un edificio al derrumbarse… Pero ella podía sentir que había algo diferente, una nota intrusa entre el caos que la rodeaba, capaz de hacerla estremecer con la misma afinidad que no había sentido con el fantasma, la que le había revelado hasta qué punto había estado cometiendo errores.

                “Ya es hora de solucionar las cosas en vez de complicarlas aún más”, susurró para sus adentros, cerrando los ojos mientras se centraba en dar con aquella señal casi ininteligible.

                Cuando los abrió, pudo dar con la Esperanza, una figura resplandeciente que se había alzado como un sol en miniatura. De su cuerpo emergían diminutos rayos de luz que, poco a poco, fueron captando la atención de todos los que se encontraban ahí dispersos, atrayéndoles con el mismo magnetismo con el que las polillas buscan la luz. A pesar que la intensidad que la rodeaba era más poderosa que nunca, era la primera vez que parecía enteramente humana: sus rasgos, un calco de los de Diecisiete, estaban perfectamente detallados. Podía haber pasado por la chica si no fuera por aquella extraña luminosidad que la marcaba como un ser irreal.

                Mecánicamente, Etérea alzó el brazo hasta que su mano estuvo a la altura de la figura. Desde donde se encontraba, parecía como si fuera capaz de atraparla entre sus dedos como si no fuera más que una brillante luciérnaga. Aquella comparación logró sacarle una sonrisa fugaz.

                Durante un instante que se le hizo eterno, la joven se quedó en esa postura mientras la Esperanza giraba sobre sí misma, alzando los brazos como si estuviera bailando ballet o nadando en el aire. A pesar de su cuerpo casi adolescente, parecía una niña que jugaba entre nubes de polvo y jirones grises. Y entonces se detuvo

                La criatura desvió su rostro en busca del de Etérea. Para ser la representación de un único sentimiento, demasiadas emociones batallaban en su cara: miedo, tristeza… pero la determinación se imponía sobre todas ellas.

                “Hazlo”, le suplicó su mirada, más feliz que nunca a pesar de la melancolía que sentía por lo que estaba a punto de hacer. “Por favor”.

                La muchacha cerró los ojos, desviando la cabeza mientras cerraba el puño con fuerza. En un instante, todo lo que había llegado a ser la Esperanza estalló al compás de un simple gesto. Su cuerpo se convirtió en una supernova capaz de disipar parte de la niebla que se arremolinaba entre los escombros. Del vacío que quedó emergió una luz cegadora que se extendió más allá de donde la vista alcanzaba. A pesar de lo brillante que era, ninguna de las criaturas fantasmagóricas hizo amago de cerrar los ojos: todos lo contemplaron con una necesidad casi hipnótica. A pesar que su existencia era casi inimaginable, todos eran capaces de comprender lo que estaba sucediendo.

                En el rincón más oscuro y tenebroso del Reino de la Niebla Olvidada, la Esperanza que todos tenían por perdida se desperdigó en miles de pedazos luminosos que surcaron las brumas dejando una estela dorada a su paso.

                “Te has convertido en estrella”, pensó Etérea, esbozando una sonrisa triste.

                Las estrellas fugaces centellearon mientras surcaban un cielo compuesto por jirones grisáceos y sombras oscuras. Como una corte luminosa, pequeñas chispas danzaron a su alrededor, descendiendo lentamente en giros caóticos que alumbraron aquella ciudad forjada a partir de ruinas y escenarios lamentables. Bajo su luz, incluso la casa más macabra parecía enderezarse, henchida de una ilusión que todos los corazones, vivos, muertos, inanimados o inexistentes sentían por igual.

                Era una certeza cálida que disipó el frío, convirtiéndolo en una leyenda. Y es que, hasta la criatura más irracional había sido capaz de formular un torpe deseo al ver aquella cascada de estrellas fugaces.

                La joven maga extendió los brazos: anhelaba esa luz, la misma que ella tantas veces había rechazado. Quería purgar cada una de las marcas que la muerte había grabado en ella, llenarse de aquel júbilo que lograba disipar el gris, devolviéndole la liberta al resto de los colores.

                Al igual que una niña pequeña, cerró los ojos mientras formulaba un deseo. Por muy imposible que fuera, siempre estaba la esperanza que la magia de una estrella fugaz fuera capaz de convertirlo en realidad.

Polvo

                Trece alzó la mano izquierda. Sus dedos rozaron uno de los miles de copos que descendían como farolillos. Al instante, un chispazo de calor se extendió por su brazo, recorriéndolo lentamente. Era la misma calidez que sentía en lo más profundo de su pecho, inundado ahora por una emoción incontrolable. Los retazos de desesperación que habían logrado adentrarse en su interior se deshicieron en un polvillo negro que titiló hasta desvanecerse. En ese momento se sentía poderoso, capaz de resolver cualquier enigma y regresar a su casa, pero también con la suficiente confianza como para prometer que todo iría bien, que lo peor había pasado.

                Sin darse cuenta, un par de tímidas lágrimas habían comenzado a brotar en sus ojos. Anonadado, parpadeó con tal de hacerlas desaparecer mientras contemplaba al resto de sus compañeros. Catorce parecía tan confuso como él; su amigo le dedicó una mirada de extrañeza, también inundada por las lágrimas. Todos ansiaban llorar, era su corazón el que lo necesitaba, henchido de felicidad al recuperar la esperanza.

                ―Es… ―se atrevió a murmurar, contemplando el espectáculo de luces y sombras que se arremolinaba encima de sus cabezas― Es precioso…

                Fue el único que se atrevió a decir algo. Los demás callaron, temerosos de destrozar el encanto de aquel milagro al romper el silencio. La única que se mantuvo tan indiferente como siempre fue Euel. Ya fuera por su terquedad en no reconocer la verdad o por su peculiar condición, la fantasmagórica dama parecía inmune a esa emoción que se había asentado en todos por igual, vivos o muertos, habitantes o visitantes. Sus ojos vacuos contemplaron a los muchachos con extrañeza, incapaz de comprender qué les estaba afectando de esa manera. Pero como siempre había hecho, no preguntó ni cuestionó nada, simplemente se mantuvo en silencio, dándole vueltas a las palabras de Trece y sacando su propia conclusión sobre la posible solución del enigma.

                Su doble ceguera, la real y la mental, le había impedido ver el estallido de la Esperanza, por lo que para ella, todas las luces que descendían como copos simplemente no existían. Aun así, era capaz de sentir que había algo diferente, aunque para ella eso fuera sinónimo de problemas.

                Sin quererlo, sus huesudos dedos buscaron los de Trece. Instintivamente, al no comprender parte de lo que sucedía, buscó en el chico la seguridad que, tiempo atrás, otro joven le trasmitía. Uno que ya nunca más le tendería una mano, a pesar que ella insistía en esperarla.

                ―No lo entiendo ―murmuró lentamente, captando su atención―. ¿Cómo puede ser este espantoso lugar, hogar de pecadores, algo hermoso?

                ―Nunca fue espantoso. Trágico, lamentable, digno de pena, quizás, pero nunca algo horrible…

                ―Es un reino podrido, habitado por engendros y monstruos sin alma.

                ―No más que en la Realidad. Puede que incluso me atrevería a asegurar que, gracias a la igualdad de la muerte, este lugar es mucho más justo que nuestro mundo.

                La fantasma se tensó, visiblemente molesta.

                ―Estás defendiendo a la representación del mal.

                ―O puede que no exista el bien y el mal, solo nosotros ―consciente que discutir no iba a servir para nada, el muchacho suspiró―. Euel, ¿qué ves a tu alrededor?

                ―Oscuridad.

                ―Eso es lo que creí cuando me caí. A mi alrededor no había más que un sinfín de nubes grises, tan densas que sentí como me hundía en ellas, empapándome con la desesperación de la que parecían estar hechas. Luego di con un cementerio y con… ―estuvo a punto de decir fantasma, pero se contuvo― y con alguien completamente inesperado. No te puedes ni imaginar hasta qué punto estaba aterrado, aunque llegó un momento en que prácticamente tuve que aceptar lo que estaba sucediendo para no volverme loco. Y entonces, ocurrió. No sé exactamente cómo sucedió, quizás comenzó cuando la curiosidad le venció al miedo. Parecerá un disparate, puede que lo sea, pero empecé a sentirme tranquilo, muy tranquilo… Lo que intento decirte es que, aunque al principio estaba completamente aterrado, me he dado cuenta que no todas las sombras tenían por qué ser oscuras.

                Euel desvió la cabeza. Hubo algo en su gesto que logró tambalear la fortaleza del chico; era como el último aleteo de una mariposa o si un muro de cristal hubiera surgido bruscamente, interponiéndose entre ambos.

―Yo solo veo oscuridad.

Trece cerró los puños con fuerza. No era justo, gritó su mirada, relampagueante de furia contenida. Podía culparla, a ella y su tozudez, pero sus ojos nublados nunca serían capaces de ver lo que estaba sucediendo a su alrededor. Con la esperanza, el color había resurgido, como si una mano imaginaria hubiera limpiado el gris de las ruinas y sus cuerpos, aunque no dejaban de ser tonalidades discretas y demasiado apagadas. Pero no para Euel: ella continuaba igual de siempre, quizás no tan ensimismada, pero igual de gris, tan pétrea como una estatua, tan fría como la piedra.

Lentamente, el espíritu se separó de él. Las falanges le acariciaron fugazmente la yema de los dedos antes de romper el débil vínculo que habían comenzado a formar.

―Tu puedes sonreír ―su guardapelo relumbró momentáneamente mientras la piel de su cara se tensaba para esbozar una sonrisa―. Al final volvieron a por ti.

No era ningún adiós, pero Trece pudo sentir el aleteo de una despedida cada vez más cercaba. Quiso decirle que se equivocaba, que al final regresarían también por ella, que él podía describirle los colores… pero se quedó en silencio, incapaz de decir musitar una sola palabra.

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4 comentarios en “Capítulo 15: 3 |Hija del humo|

  1. Sabes esa sensación de desconfianza cuando todo va demasiado bien en general. Es realmente bonito pero lamentablemente los retazos que Esperanza esta limpiando están sumándole cadenas a Etérea sin que ni si quiera ella lo sepa. Algo no va a terminar del todo bien.

    Supongo que debo acreditarle la victoria a 13. Conocia la leyenda y sin embargo no se me ocurrió pensar en ello supongo que veía la llanura mas plana que no U pero realmente.

    Y ahí viene el drama de Euel, y puede que si tuviera razón en que las dudas de 13 despertarían cuando tuviera que separarse de ella. Quizá en forma mas rocambolesca pero bueno

    Solo faltara ver como Sombra cariñosa reacciona a esto y a la verdad. Supongo que lo primeros seria preguntarnos para que quería el poder. Puede que quizás solo para romper con su monotonía, poder darse un titulo al que agarrarse delante de la marea de al eternidad. Sin embargo el pacto fue mas que sellado.

    Entiendo que Finn se sorprenda al ver a 17 tan diferente pero acabo insinuando lo como si hubiera confundido a dos personas y bueno tengo algo que decir a ello pero me parece mas probable el simple hecho del cambio delante de la fortaleza de 17 por así decirlo.

    Solo me queda decir que presiento que ante su precipitada decisión y lo que esto puede llegar implicar, siendo 17 y ojos muertos tan unidas hasta el punto de poder pactar como si fueran la misma persona pues bueno. Puede que alguien acabe haciendo un sacrificio por la otra.

    • Que desconfiada… aunque motivos hay.
      De alguna manera, tu sola en los comentarios te vas respondiendo a tus preguntas. Tan sagaz como siempre 😉
      Huummm… Digamos que Finn se ha dado cuenta de algo que antes no estaba. Bueno, pronto lo descubrirás todo.

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