Capítulo 14: 4 |Hija del humo|

Muerte

                Fue como el estallido de una burbuja, pero a la inversa: algo similar a un “plop” resonó en su cabeza mientras los miles de gritos y alaridos desaparecían instantáneamente.

                Había sido muy sencillo, demasiado, recalcó Etérea para sus adentros, molesta con la facilidad con la que la habían vuelto a capturar otra vez y la forma tan simple con la que había logrado liberarse. Gracias a la súbita aparición de los dos seres se había atrevido a bucear en su interior en pos de la calma que tanto ansiaba. Y en ella había encontrado la confianza para entender que bastaba con desear que desaparecieran para que las voces callaran.

                Y ahora, finalmente, solo había silencio.

                Roto el embrujo, la joven se atrevió a despertar. Lentamente, fue recuperando la consciencia, abandonando las profundidades de su interior. A pesar que no duró más que un instante, para la chica fue casi un segundo renacer: sus miedos volvían a perder forma y consistencia mientras sus pensamientos recuperaban el terreno perdido; el orgullo y la rabia regresaron, dispuestos a defender lo poco que le quedaba por luchar… y después de aquella prolongada pausa de desconexión, volver a sentir que controlaba su cuerpo, que estaba despierta, fue algo casi sorprendente. Aturdida, deslizó las manos por el suelo, maravillada por su tacto, áspero y rugoso. Incluso el entumecimiento de sus articulaciones o el dolor de cabeza le parecieron dos cosas maravillosas: todo era preferible al vacío, a no sentir nada, a ser una prisionera de su propia mente y temores.

                Una mueca, que bien podría haber pasado por sonrisa, centelleó en su rostro mientras se incorporaba con torpeza. Aunque tardó un poco en lograr incorporarse, y cuando por fin logró ponerse en pie las piernas le temblaban tanto que casi parecía que habían sido sustituidas por un par de flanes, la determinación parecía recorrerla como un impulso eléctrico, capaz de alimentar su confianza y poder.

                Por fin sabía que era lo que tenía que hacer, aunque fuera con un plan trazado casi a su costa. Tanto le daba. Era algo por lo que luchar, por lo que acercarse un poquito más al objetivo que estaba persiguiendo con tanto ahínco.

                Arrastrando los pies con torpeza, repitió el mismo camino que había hecho con Diecisiete. Su padre parecía estar tan confiado en que las vociferantes voces iban a ser capaces de detenerla, que no se había molestado en encerrarla en un lugar diferente o en usar cualquier artilugio para detenerla. Ni cadenas, ni puertas cerradas, ni guardas, solo había usado el temor a volverse loca con tantos aullidos incansables.

                Su parte más orgullosa y rebelde no pudo dejar de saborear aquel pequeño logro. Al final, el desmedido orgullo de su progenitor y el creer que lo tenía todo controlado había terminado por jugar en su contra.

                Aun así, no podía dejar de sentirse intranquila: todo estaba siendo demasiado fácil para su gusto. Y, a lo lejos, se escuchaban demasiados gritos amortiguados, demasiado escándalo para un lugar que parecía caracterizarse por la calma y el silencio.

                No, las cosas no estaban bien del todo.

                Según avanzaba, fue recobrando su agilidad habitual, eliminando los retazos de la torpeza o el sueño. Asimismo, aquel jaleo se iba haciendo más estrepitoso, alcanzado una magnitud que se le antojaba casi exagerada. Y ninguna de las posibles explicaciones que se le iban ocurriendo podía justificar aquel caos que entremezclaba chillidos y risas. Si no fuera porque resonaban fuera de su cabeza, casi habría creído que había fracasado al intentar silenciarla.

                Parte de ese temor desapareció en cuanto salió de su prisión.

                Anonadada, Etérea se apoyó contra la pared, buscando su amparo y protección instintivamente: la ciudad fantasmal bullía de actividad en lo que parecía ser una especie de batalla. Los mismos espíritus que habían apoyado a su padre luchaban a su lado contra armaduras y gigantes de piedra, mientras un ser compuesto por una sustancia densa y oscura se deslizaba como una gran serpiente o una tromba de fango entre los edificios. Sin quererlo, había tropezado con el núcleo central de una guerra de proporciones entre titánicas y diminutas. A pesar que algo parecido al miedo tembló en su interior ante el fulgor de los combatientes, se fue calmando al descubrir que no todos estaban participando en aquella pelea: solo un diminuto grupo parecía interesado en luchar los unos contra los otros con tal de ganar un trono que carecía de sentido.

                A su derecha, un grupo de soldados que había fallecido en la misma guerra se había reunido, enemigos y compatriotas, para atacar indiscriminadamente a todo ser que se cruzara en su camino en lo que parecía una competición para ver cuál de los dos bandos era mejor. Todo ello sin dejar de bromear sobre quién había matado a quién,

                No muy lejos de ellos, las víctimas de un asesino en serie se habían aliado para acabar con su verdugo, iniciando una especie de cacería que recordaba más al juego del escondite que a una persecución. Gracias a sus poderes, la joven era capaz de leer en sus rostros y esencias. Así fue capaz de distinguir a un par que ya le habían olvidado y se volcaban en ese juego por diversión, otras que ansiaban hacerles el mismo daño que habían recibido en vida y algún que otro muerto que se había unido porque le parecía entretenido lo que estaban haciendo.

                Sin saberlo, la mayoría de los espíritus se estaban aferrando a aquel frenesí caótico para olvidar todo lo que habían sufrido en vida o lo que habían dejado atrás. Y al olvidarse de continuar lamentándose por lo que habían perdido, las brumas que rodeaban los edificios se iban haciendo más claras y ligeras ante la ausencia de desesperación y nostalgia.

                Insegura, la chica se mantuvo inmóvil, contemplando con sus ojos vacíos las diferentes criaturas que cruzaban enfrente suyo. Ninguna parecía tener especial interés por ella, pero no quería arriesgarse a ser descubierta. En ese momento lo único que le interesaba era permanecer en un discreto segundo plano a la espera de la llegada de la Esperanza.

                Y entonces, ya nada podría detenerla.

                Con tal de aligerar la espera, se entretuvo curioseando las diferentes historias que correteaban entre las ruinas, como libros de una vida: suicidas, víctimas de accidentes… La muerte había logrado destrozar cualquier distinción, clase social o privilegio.

                No obstante, bien fuera por una endiablada casualidad, parecía que todos a los que lograba atisbar eran espíritus intranquilos. No había ninguna alma que estuviera sumida en la paz o que no tuviera nada pendiente con la realidad. Y aunque aquella batalla estaba logrando entretenerles lo suficiente como para que dejaran de pensar en cualquier otra cosa, la rabia o el lamento continuaba anidando en lo más profundo de sus cuerpos fríos.

                “¿Qué ha sido de ellos?”, se preguntó, entrecerrando los ojos, “¿Han logrado escapar de este lugar? ¿Hay un rincón especial para los que alcanzan la paz interna o simplemente son los primeros en deshacerse en jirones de niebla?”

                Las preguntas continuaron resonando un poco más, aunque fueron perdiendo intensidad según la joven volvía a distraerse. A pesar de la cautela que se había impuesto, acabó por internarse en el fulgor de la batalla. En medio del maremágnum de cuerpos inquietos y criaturas inexplicables había una figura demasiado familiar a la que no lograba ubicar. Se trataba de un hombre adulto que podría estar rozando los cuarenta años, de cuerpo fibroso y tendones bien marcados en sus brazos morenos. Vestía como un operario cualquiera, sin nada que lo caracterizara al igual que su rostro, completamente anodino.

                Pero era esa cara tan común la que atraía su atención casi desesperadamente. Y por más que estuviera segura de no haberse encontrado nunca con aquel hombre, algo en su interior intentaba gritarle algo muy importante, algo que había pasado por alto.

                Y como si una lucecita iluminara su cabeza, dos palabras estallaron, trayéndole parte de las respuestas que buscaba.

                ―Paolo Calomarde―le llamó―. Eres Paolo Calomarde.

                El fantasma, el mismo que la había atraído desde una carretera perdida entre huertos hasta la Universidad, ladeó la cabeza, sorprendido ante la llamada.

                La sensación que algo iba mal volvió a resonar con fuerza. No podía encontrar ningún vínculo que la uniera a él, y su llamada, la misma que flotaba alrededor de los espíritus más intranquilos como un anuncio vociferante, era poco más que un susurro sin fuerza. En comparación del resto de los muertos, la suya era un alma que parecía estar aceptando su fallecimiento.

                ―No… ―musitó, con los ojos abiertos exageradamente por la sorpresa―. Tú no eres quien me llamó, quien me atrajo a este lugar. Por eso…

                Las ideas se iban amontonando, una tras otras, terminando de explicar todos esos pequeños detalles que nunca había llegado a comprender: un fallecido la había llamado, cegada por su orgullo, le había asociado con el funcionario accidentado, Paolo Calormade, en vez de molestarse e intentar hacer un par de averiguaciones que confirmaran sus sospechas. Se había dejado llevar por las prisas y la precipitación. Y en vez de socorrer a la auténtica llamada, había invocado a quien no era, arrastrándole desde las profundidades mediante aquel laboratorio.

                Y en vez de ayudar, había creado un puente entre ambos mundos, convirtiendo a los estudiantes en prisioneros.

                Todo había sido culpa suya.

                ―No del todo ―gruñó mientras la rabia comenzaba a sacudirla. Iracunda, dio media vuelta, internándose de nuevo en la batalla.

                En aquel instante, la posibilidad que cualquier otro fantasma hubiera sido el autor de aquella llamada se le antojaba realmente ridículo. El autor tenía que haber sido alguien consciente de lo que iba a provocar, alguien que quería aprovechar para usarla a su favor. Y únicamente le venían a la cabeza dos posibles nombres.

                Su padre… y el rey loco.

Cenizas

                Diecisiete caminaba lentamente, sumida en una falsa tranquilidad que la obligaba a ir cada vez más despacio, como si así fuera capaz de detener el tiempo. La Esperanza solo había logrado inquietarla aún más, aumentando las dudas que la atormentaban, pero también había comenzado a ayudarla a abrir esa pequeña caja de Pandora que se escondía en lo más profundo de su corazón. Abrirla o no, solo era cuestión de extender una mano imaginaria, pero todavía le faltaba el valor para hacerlo. Porque ahí estaban las respuestas de su extraña afinidad con la Esperanza. A fin de cuentas, ¿qué había sucedido para que se hubiera hundido de esa manera en la desesperación?

                Quizás por ello, a pesar que solo habían tenido un par de fugaces encuentros, demasiado distantes como para entablar un lazo afectivo, no terminaba de aceptar esa especie de sacrificio que pensaba hacer. Asimismo, le resultaba demasiado incomprensible como para aceptarlo o comprender su finalidad.

                Acostumbrada a pasar desapercibida y a estar observando a los demás desde una esquina, no se le pasó por alto como el payaso surgía tras la sombra que proyectaba una estatua y se situaba encima de su cabeza a modo de compañero silencioso.

                ―Por más vueltas que le doy ―comenzó, súbitamente, la joven―, más te veo a ti como el único que se está beneficiando de todo esto.

                ―Puede ―su voz de juguete era tan ambigua que indiferencia y burla trastabillaban entre sus palabras―. Por el momento solo he estado tirando de los hilos, influyendo para conseguir un interés común con el de muchos de los habitantes de la Niebla. No esos muertos depresivos, ―resaltó― sino con el resto de criaturas que pululamos por aquí.

                Sin llegar a detenerse, la chica se giró para contemplar mejor su cuerpo de peluche. Era tan real como ella misma, no una ilusión con esa forma, pero, ¿qué había sido capaz de dotar de vida propia a un objeto?

                ―¿Qué eres? ―le inquirió con una pizca de fascinación.

                El payaso hizo una tosca reverencia, tan exagerada que su redonda nariz le rozó la punta de los zapatones.

                ―El juguete favorito de un niño, su mejor amigo, su compañero inseparable. Por ese entonces me llamaba Sonrisitas.

                Y esa vez sí fue capaz de interpretar la amargura que destilaban sus palabras, la rabia cansada o la resignación que se entremezclaban dándole más humanidad que a algunos de sus compañeros de clase.

                ―No soy el único objeto animado ―suspiró―, somos varios los que rondamos por este lugar, pero preferimos ir por nuestra cuenta. Acompañar a los muertos se nos hace demasiado doloroso: no paran de recordarnos una y otra vez lo que hemos perdido.

                ―¿Qué pasó?

                En un principio había optado por callar. No quería ser indiscreta y menos en un tema delicado, pero estaba cansada de sus apariciones repentinas, de lo mucho que parecía saber y lo poco que quería compartir. Pero sobre todo estaba aburrida de dejarse arrastrar por las decisiones de los demás. Y hasta el momento, no estaba orgullo de ninguna de las que ella se había atrevido a tomar.

                ―Estamos en el Reino de la Niebla Olvidada, o como lo llaman entre gruñidos, el vertedero del resto de mundos. No era tan difícil de imaginar, ¿no crees? A fin y al cabo, ¿con qué te has estado encontrado? Muertos, lo que más vomita la Realidad, pero también con sentimientos con forma humana y objetos capaces de razonar. Al igual que la Esperanza, soy un ser al que se le brindó vida de manera casi inconsciente. Y cuando se olvidaron de mí, me hundí en este abismo, convirtiéndome en uno de sus habitantes.

                ―Entonces, ¿este no es el lugar de los muertos?

                ―Llámalo un lugar de paso si quieres. Aunque sean los más mayoritarios, son también los que menos saben sobre su propia identidad y la de este lugar. La Niebla está tejida con sus cuerpos al disolverse; ese es el auténtico final, después de eso ya no hay nada.

                Un escalofrío recorrió a la joven. Había algo en ese pronóstico, tan certero y pesimista, que la hacía estremecer. Era el mismo sentimiento amargo que la corroía siempre que pensaba en algo relacionado con la muerte, pero por algún motivo en particular, esa vez le pareció especialmente demoledor.

                El mero pensamiento de dejar de existir, que toda su presencia se desvaneciera como una débil llama, que todo lo que era y había sido desapareciera le resultaba demasiado triste. Puede que para algunos fuera el auténtico descanso, pero para ella no era más que una perspectiva pesimista. Todavía no estaba preparada para aceptar que algún día se desvanecería de la memoria de todos los que la conocieron, eso en caso que hubiera sido capaz de hacerse un hueco en la existencia de los demás.

                “Si un día desapareciera”, murmuró para sus adentros, “¿alguien se acordaría de mí?”

                A su lado, Sonrisitas ladeó la cabeza mientras intentaba interpretar los temores que destilaba su mirada, más sombría que de costumbre.

                ―Es solo una suposición, soy un habitante relativamente nuevo de este lugar, por lo que solo puedo aferrarme a lo poco que he averiguado y lo mucho que me he imaginado. Sé que hay muertos que, por diversas razones, logran calmar sus espíritus y desaparecen mientras que otros terminan por sucumbir a la desesperación y se deshacen en pedazos de brumas.

                Las dos criaturas abandonaron el cementerio. Las lápidas y el castillo quedaron atrás mientras los jirones de niebla se aferraban a sus cuerpecillos, envolviéndoles en un velo grisáceo que sabía a desesperación y amargura. El estallido de júbilo que parecía recorrer la ciudad fantasmal todavía no había llegado hacia donde se encontraban. O por lo menos así lo creía la chica: cada vez que se volvía a internar en las brumas sentía que su ánimo decaía y su confianza volvía a flaquear.

                ―Te estás convirtiendo en tu propia enemiga ―comenzó, súbitamente, el payaso―. No paras de pensar una y otra vez en tus problemas, en lo que te preocupa, en lo que no comprendes o no eres capaz cambiar. Y tienes tanto miedo de fallar que ni siquiera lo intentas. Lo que realmente necesitas es gritar, no continuar esperando a que suceda algo que, probablemente, puede que nunca llegue.

                ―¿Y tú qué sabrás? ―gruñó. Pero lo que más le molestaba es que, por mucha rabia que le diera, sabía que tenía razón―. No me conoces.

                ―Lo que no sé me lo invento ―canturreó con desgana, haciendo un par de cabriolas alrededor de su cabeza―. Tienes mucho medio, como a la muerte y al olvido, por ejemplo. Créeme ―un brillo de tristeza titiló en las canicas que tenía por ojos―, todo irá mejor cuando asumas eso que consideras debilidades. En parte ya lo estás haciendo: has crecido, has cambiado… estás despertando.

                ―¿Tú crees? Yo más bien siento que estoy olvidándome de todo. ―ironizó con rabia―. Ya he perdido la cuenta del tiempo que llevamos aquí, pero lo más escalofriante de todo es que no le estoy dando mucha importancia: tendría que estar aterrada, preguntándome si algún día escaparé o qué estará sucediendo fuera…

                ―Estás aceptando este mundo. Como ya te he dicho, estás despertando.

                La joven se detuvo, cada vez más confusa y, al mismo tiempo, atenazada por un temor que no sabía ubicar.

                ―No estás olvidando, estás recordando ―continuó.

                ―Lo dices como si fuera especial ―sonrió con tristeza―, no es la primera vez que comentas algo parecido, pero sigo sin saber a qué te refieres. Lo más probable es que te hayas confundido de persona: soy simple, muy simple, tanto que aburro. Mi personalidad es tan vacía que nunca logro hacer amigos: todos se cansan de mí, no puedo aportarles ni una pizca de lo que buscan. Carezco de metas o de logros que presumir… Y lo peor de todo es que he aceptado que soy alguien triste y mustio. No puedo cambiar por mucho que lo desee: todas las mañanas me despierto pensando en lo que me gustaría decir, pero nunca me atrevo. Siempre acabo murmurando por lo bajo o dejando las frases sin acabar al ver que no me escuchan. Así que al final acabo mintiéndome: culpo a los demás, cuando soy yo el problema. En el laboratorio me escudé en un engaño al ver que no era capaz de relacionarme con mis compañeros, que ellos me ignoraban: me obligué a pensar que eran ellos los que lo hacían a propósito, cuando me pasa exactamente lo mismo con mis compañeras de mesa. Las adoro, pero ni con ellas puedo ser yo misma. A veces―el nombre de Johan volvió a resonar en su cabeza―, con algunas personas soy capaz de mostrarme tal y como me gustaría ser, pero al final acabo sucumbiendo a la farsa. Ojalá fuera capaz de gritar tal y como dices: entonces sí serían capaces de darse que estoy ahí, que siempre lo he estado. Y que me duele estar sola.

                ―No te confundas, niña melancólica, lo que ocultas poco tiene que ver con habilidades especiales o esos poderes que tanto abundan en vuestras historias humanas. Es algo mucho más sencillo, inocente y asombroso: porque aunque no te has dado cuenta, eres muy especial, lo suficiente como para romper las reglas y persistir en un deseo desesperado. Puede que no seas la más valiente, la más atrevida o la más audaz, pero has sido capaz de darle la cara a nuestro rey loco a pesar del poder que ejerce sobre todos nosotros, has logrado que, finalmente, algo altere la monotonía de este reino y le has dado a la Esperanza la fuerza necesaria para regresar.

                ―Puede que para ti sea importante, pero desde mi punto de vista más bien ha sido una serie de casualidades las que me han obligado a actuar de esa manera. ¿Qué mérito puedo reconocerme? ¿El de no haberme quedado llorando en una esquina?

                Sonrisitas dio un brinco, situándose delante de su rostro.

                ―Puedes creerme o no: ahora mismo estás muy confundida, inundada por las dudas que han ido surgiendo mientras poco a poco vas despertando. Puede que seas especial, pero eso no ha influido en todos esos pequeños logros que has conseguido. No son muchos, tampoco es lo que estabas esperando, pero son diminutas victorias que nadie más que tú ha logrado. Y eso tendría que ser suficiente.

                Paso a paso, sin darse cuenta habían terminado de acortar la distancia que les separaba del campo de batalla. El fulgor de los gritos no era más que un eco distante, pero resonaban como un compañero más de aquella peripecia. Quizás fuera por las palabras del juguete o porque la niebla había ido perdiendo densidad, fuera como fuere, Diecisiete sonrió.

                En ese instante, lo único que quería hacer era correr y unirse con Catorce, Trece y el resto de los fantasmas. Llevaba demasiado tiempo esperando a que alguien fuera a por ella: ahora era su turno de ir a por los que se habían atrevido a tenderle una mano.

                ―Dime ―murmuró, comenzando a andar con firmeza, cada vez más cerca del límite de la ciudad―, ¿no puedes revelarme nada sobre ese supuesto secreto mío? ¿Ni una pista pequeñita?

                El juguete se dejó mecer entre volutas de niebla, arropado en un silencio que a la chica se le atojó insultantemente burlón. Solo cuando las primeras ruinas fueron emergiendo entre el gris, cuando por fin fue capaz de ver a los primeros fantasmas, abrió su exageradamente ancha boca:

                ―Fénix. Eso es lo que realmente eres ―sin dejar de reír, hizo un par de cabriolas antes de desaparecer entre jirones y sombras―, un fénix que ha renacido de sus cenizos.

                El juguete desapareció entre carcajadas desquiciantes que se fueron repitiendo como un eco discordante. En un vano intento de escapar de ellas, la joven comenzó a correr, adentrándose dentro del maremágnum de muertos y seres rocambolescos que disputaban la que parecía ser una batalla eterna.

                Estaba tan ofuscada que no se dio cuenta que todos parecían rehuirla, delimitándole el camino que tenía que seguir para encontrarse con sus compañeros. Por encima de la confusión y la incertidumbre, el miedo volvía a corroerla mientras un pensamiento se repetía una y otra vez dentro de su cabeza, martilleándola con sus palabras.

                “Fuego… Le tengo miedo al fuego…”

                Llamas imaginarias, tan grises como el mundo que la rodeaba, lamían sus recuerdos, llenando de luces incandescentes y sombras trémulas todo lo que creía haber vivido.

                De lo único que estaba segura era de haber estado esperando en la puerta del laboratorio a que la clase comenzara. El resto se estaba deshaciendo, convirtiendo sus confusas memorias en ilusiones que se desvanecían.

                ¿Qué había sido real?

Polvo

                Catorce corría entre la caótica y macabra danza de los muertos. Al principio, cuando se había adentrado en la ciudad, se había topado con una auténtica batalla. A pesar que faltaba la tensión de estar en auténtico peligro, los espíritus habían recreado al detalle las guerras que algunos habían sufrido, mientras que un grupo considerable, perfectamente dividido en dos bandos, se habían enzarzado en una cruenta disputa por el control del Reino. Pero según se iba alejando de ellos, la violencia había sido sustituida por una inocencia casi infantil, que parecía estar convirtiendo aquel lugar en un inmenso patio de juegos. En su camino no tardó en cruzarse con un par de niños que correteaban alrededor de una casa en llamas, más divertidos que asustados por el fuego grisáceo que crepitaba con desgana; una reunión de suicidas que parecía competir por ver quién había sufrido más antes de morir y una anciana que buscaba a sus descendientes, los mismos que habían dilapidado su herencia.

                A su lado, flotando con desgana, estaba Euel. A pesar de la indiferencia a la que se aferraba con tal de insistir que ella no era como los demás, que todos los habitantes de ese mundo le resultaban espantosos, no podía evitar lanzar fugaces miradas de curiosidad. Desde su deteriorado punto de vista, estaban en medio de una cruenta batalla, pero ni su terquedad podía ignorar que las cosas no estaban funcionando como siempre.

                Y un poco más rezagados, inmersos en el estallido de júbilo y descontrol, Finn y Sid correteaban, indecisos entre unirse al jolgorio o continuar siguiendo a sus compañeros humanos. Mientras que el primero parecía más interesado en las diferentes escenas que se acontecían a su alrededor, el segundo no paraba de lamentarse de la ausencia de muertes y mutilaciones.

                Al principio iban avanzando a ciegas, dando círculos mientras intentaban dar con la esquiva figura de Trece, pero lentamente, como impulsado por una intuición, Catorce había dado con un camino al que se había aferrado casi con desesperación.

                Las ruinas se sucedían una tras otra: casas derrumbadas, un cadalso carcomido, aviones estrellados… En el centro de la ciudad abundaban, dándole su forma, pero en el perímetro, iban desapareciendo lentamente. Cuanto más avanzaban, más distantes se iban haciendo, solo que, en vez de salir y regresar a la niebla como tendría que haber sucedido, el grupo tropezó con una inmensa estructura: el suelo, de un material tan inexplicable como todo en aquel lugar, desapareció para convertirse en piedra y madera putrefacta en una especie de tarima que delimitaba con una inmensa llanura de nada. Trece se encontraba justo en el límite, a sus pies se hallaba una inmensa depresión enfangada donde cientos de objetos, tan dispares entre sí como muñecas o libros, languidecían en el polvo.

                Y en el final más extremo, más allá de la depresión, no había nada más que nada.

                Agotado por la carrera, el chico se acercó a su amigo con pasos tambaleantes. No era capaz de precisar y comprender el motivo, pero aquel lugar era capaz de sobrecogerle, de hacerle sentir pequeñito y miserable, una pieza diminuta en un mundo demasiado complejo.

                ―Los acertijos que todos los muertos persiguen en busca de la calma ―musitó, súbitamente, Trece. Los ojos le brillaban, febriles por la emoción y el cansancio―. La serpiente de agua, el camino que aparece y desaparece…

                Bruscamente, dio media vuelta, quedando cara a cara enfrente de sus compañeros fantasmagóricos.

                ―¿No lo veis? ―rio, histérico―. Es un río, lo que estáis buscando es un río… Un río que se ha secado, o que habéis olvidado. Es el río de las leyendas, de la mitología… ―el joven ladeó la cabeza, dirigiendo fugazmente la mirada a una inmensa estructura de madera que presidía aquella depresión―. Y ahí está la barca.

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