Capítulo 12: 6 『Hija del humo』

 

Olvido

Añoraba a Etérea. Podía palpar su ausencia como si fuera un intruso más en el laboratorio, tan intangible como la niebla, pero igual de escurridiza. No podía evitar sentirse culpable, un traidor de sus propios sentimientos y promesas. Y un hipócrita que había comenzado a depender de una joven a la que conocía poco más de un año. No era más que eso, se obligó a pensar mientras contemplaba el mortecino exterior, la necesitaba para escapar, para lograr su objetivo, no era más que una herramienta para conseguir sus propósitos. Y ahora que su destino estaba, una vez más, en sus manos, la necesitaba más que nunca.

Pero por mucho que intentara racionalizar lo que sentía, no podía eliminar la odiosa nostalgia que le sacudía, una antigua amiga a la que no había echado de menos. Un torbellino de emociones pasadas le sacudió, trayéndole de nuevo el recuerdo de esos días perdidos que nunca podría olvidar.

Volvía a sentirse igual de perdido que años atrás, cuando su infancia fue arrancada de cuajo, dejando una herida que se había obligado a abrir una y otra vez para que sus sentimientos no desaparecieran. Se había convertido así en un chico tosco, silencioso y solitario que no toleraba más compañía que la necesaria. Cara a los demás, todos veían en él a alguien aburrido, incapaz de tender lazos de amistad o de sentir algo más que la apatía. Pero se equivocaban: su cuerpo era una caja que protegía los recuerdos y la huella de unas emociones que no quería perder. Rabia, miedo, tristeza, desolación, pero también la calidez de un romance infantil y de una amistad que nunca flaquearía, ni siquiera cuando el tiempo borró rasgos y colores, insultos y sueños.

Necesitaba conservarlos, mantenerlos vivos para no traicionar el recuerdo de una persona a la que todos habían pisoteado, hundiendo su figura en el lodo. Pero al final, cuando por fin había comenzado rozar lo que durante todo ese tiempo había esperado, había terminado por abrir las compuertas del muro que le separaba de los demás. Etérea le importaba más de lo que nunca antes había imaginado: después de todos esos años de soledad, era su primera amiga, la única que le había tendido una mano, ofreciéndose a cargar con el peso que le doblegaba.

“Si tú y yo no fuéramos tú y yo…”, avergonzado por sus pensamientos, negó con fuerza. Ambos tenían un camino que recorrer, dos senderos largos y tortuosos que, por un instante, compartían un trecho común, pero que muy pronto se separarían inevitablemente. Era algo que ambos sabían, también que la muerte se los llevaría a deshora.

Un odio tan adormecido como su necesidad de hacer amigos brotó en él, avivando la chispa de la furia que encerraba dentro de su propia caja de Pandora. Si nada de lo que había pasado hubiera sucedido, él no estaría ahí, perdido en la nada sin más futuro que cumplir una venganza que llevaba arrastrando desde niño.

Pero por mucho que intentara echarle la culpa a su némesis, había sido la tragedia de su infancia la que le había dado la oportunidad de entrelazar su destino con el de la joven. Y por más que buscara culpables con nombre y rostro, lo que les unía era una serie de casualidades, las mismas que los iba a separar.

A pesar de las promesas de un niño prematuramente adulto, del distanciamiento en el que se había recluido durante más de tres años, al final había logrado hacer una amiga de verdad, alguien en la que confiar y a la que proteger.

Y hasta eso le iban a arrebatar.

Enric estaba tan ensimismado que no se dio cuenta que alguien se sentaba a su lado. Se trataba de Ocho, la misma chica que antes había dado voz al relato de sus compañeros.

―No le pasará nada.-sonrió, capaz de leer la preocupación que anidaba en su mirada.-Da la sensación de tenerlo todo casi controlado.

―Es muy tozuda.-suspiró.-Tozuda y orgullosa: nunca mostrara ni un ápice de debilidad, no se lo puede permitir… Por eso nunca sé lo que piensa, ni que es lo que pretende.

Nervioso, cerró los puños entorno a las pecheras de la chaqueta. Ella lo sabía todo de él, le había ofrecido toda su historia, como un libro al que desgranar en una minuciosa lectura, pero de ella solo conocía las páginas claves que le había permitido leer. Y era fácil manipular la cubierta para proteger el contenido de las páginas interiores,

Ni siquiera estaba seguro de haber logrado traspasar la fría barrera con la que se protegía.

―Confía más es en ella, es tu amiga, ¿no?-la estudiante se sacó un paquete de galletas de los pantalones. Con aire juguetón, lo pasó de una mano a otra mientras se debatía entre abrirlo o no.

―No lo sé.-suspiró, apesadumbrado. Eso era lo que más temía: que llegado el momento ella retomara su camino sin despedirse de él, sin dedicarle una mirada o una empalagosa frase con la que prometer un reencuentro que nunca sucedería. Le aterraba que continuara adelante, fría e insensible, y que terminara por olvidarse de él, de todo lo que habían pasado juntos.-No lo sé, maldita sea.

Con un gruñido de desesperación, se pasó las manos por la cara, como si quisiera borrar a manotazos los delatores sentimientos que se podían reflejar en ella.

―Estamos juntos por conveniencia: ella quiere saldar una especie de deuda que la atormenta, por lo que ofrecerá su poder desinteresadamente a todo aquel que lo necesite. Y yo quiero usar su poder para hacer las paces con mi pasado y vengarme de…-por un momento titubeó, consciente de lo que no podía revelar.- Voy a matar a un monstruo.-murmuró con voz mecánica, convenciéndose de la magnitud de su utopía. Hablaba como si no terminara de creerse lo que se había propuesto, una meta tan inimaginable que durante todo ese tiempo no había cruzado el umbral de los sueños irrealizables.

―Un monstruo.-repitió, con los ojos abiertos de par en par por la emoción.- ¿Qué clase de monstruo?

―Uno que se esconde entre los humanos, ocultando su sonrisa cruel. Asesino.

                Su monstruo tenía nombre; empezaba por B y resonaba amparado por una sociedad que había acabado por aceptarlo.

                Ocho desvió la mirada. Era capaz de leer en la rabia amarga que destilaban sus palabras, comprendiendo que era mejor no seguir preguntando, obligándole a sacar todo lo que aprisionaba y que tarde o temprano le haría estallar.

―Lo siento.-susurró mientras se llevaba una galleta a la boca.

Enric sacudió los hombros, haciéndole entender que no le importaba. Era consciente de la fragilidad del muro que contenía todo lo que se esforzaba en proteger, pero estaba tan cansado, que seguramente agradecería cuando, finalmente, este estallara.

Unos quejidos llamaron su atención. La mansa calma que había estado reinando en el laboratorio mientras los estudiantes se las apañaban para buscar algo con qué entretenerse a la espera que todo terminara, se había roto por las muecas de dolor de una de ellos. El chico entrecerró los ojos al reconocer a la más gordita, Siete. La joven se sostenía el estómago mientras jadeaba, aquejada por un dolor que no sabía explicar.

Una pizca de remordimientos le invadió mientras contemplaba como los amigos de la chica, cada vez más unidos por la aventura, se apresuraban a ayudarla. Antes, por un momento, le había parecido notar algo extraño en ella, pero con la luz grisácea, no se le había pasado por la cabeza que pudiera estar enferma.

Tres recogió un folio del suelo. Era el mismo que había revoloteado cuando Etérea había abierto la puerta, como intentando llamar su atención. Sin prestarle atención, la muchacha fue a dejarlo en la mesa que tenía más cercana, pero su mano se detuvo como si, finalmente, las letras borrosas estuvieran captando su atención.

―¿Sabíais lo que sería muy gracioso?-rio, leyendo el fragmento del cuaderno de prácticas de Química.-Que solo sea acidez de estómago… la misma que se trata con el bicarbonato que íbamos a sintetizar. Irónico, ¿verdad?

Muerte

                Etérea se había encerrado en la oscuridad de su mente, vacío de voces y chillidos ininteligibles. Solo así podía resistir al torbellino de gritos confusos que la aguardaban afuera, amenazando con dejarla sorda y loca. No le había importado sacrificar su cuerpo, inerte como el de los muertos, pero con el pulso adormecido, que posiblemente volvería a estar encerrado. En la extraña llanura, recordó, había una muñeca tirada en el lodo, tan abandonada como ella.

                Así era como se sentía, un juguete que nunca había abandonado la sombra de su titiritero.

                El lugar en el que se encontraba estaba sumido en la oscuridad. En la prisión imaginaria en la que se había encerrado, dispuesta a permanecer el resto de la eternidad con tal de ser libre, solo estaba ella, abrazándose mientras se negaba a aceptar lo que su sentido común intentaba decirle.

                Sin la confianza y el orgullo que hacía gala día a día al enfrentarse al mundo, únicamente encarnada en su yo más débil y tembloroso, solo encontraba miedo. A fracasar, a lo que había hecho, a unos poderes que no terminaba de dominar, a lo que nunca iba a lograr.

                Una figura se recortó en las penumbras. Primero un brazo, luego unas piernas, finalmente un rostro que conocía demasiado bien. Podía verle, a pesar que intentaba cerrar los ojos y ocultar la cabeza entre sus brazos.

                No era real. No podía ser real. Enric no estaba ahí, era solo la imagen que ella había proyectado, anhelando que fuera él el que la ayudara. Estaba cansada de ser fuerte, de resistir todos los golpes que el destino no paraba de darle. Pero no tenía a nadie con quien ser sincera; era incapaz de abrirse a los demás, siempre terminando por ignorar lo que sentía.

                El Enric imaginario la llamó por su auténtico nombre. No estaba solo: otra figura había comenzado a surgir de la oscuridad, adoptando los rasgos del primero que había tambaleado su coraza de espinas y cristal para hacerse un hueco en su recóndito interior.

                Doblegada por el torbellino de aullidos, la joven se había refugiado en su corazón, buscando dentro de ella una paz y un sosiego que no existían. Había demasiados temores, demasiadas emociones desterradas que no podía ignorar. Pero a pesar de todo, aunque hubiera encerrado con llave sus debilidades y sueños, dos chicos habían logrado flanquear la entrada, dejando que sus recuerdos, lo único que al final le quedaría, se grabaran con la perpetuidad del fuego.

                Su subconsciente sabía que estaba huyendo, que su lado racional y responsable había sucumbido al capricho de su egoísmo, pero había encontrado una falsa tranquilidad capaz de engañarla lo suficiente como para creer que podía encerrarse el resto de la eternidad.

                Adormecida y asustada, era incapaz de comprender la paradoja de creer que la libertad era estar atrapada dentro de su cabeza.

                En la interminable oscuridad de su interior, solo estaba ella acompañada por el recuerdo de sus únicos amigos. Tentáculos tenebrosos de un negro como el de sus ojos se iban aferrando a la imagen que había proyectado sobre ella misma: una niña con el pelo de un color tan oscuro que se confundía con el fondo, no el gris marchito que delataba los estragos del poder que se estaba cebando con su vida.

                Una niña perdida en sus más arraigados miedos, prefiriéndolos a ellos a volver a someterse al pavor de su padre.

                Una chispa de luz titiló ante su rostro, intentando llamar su atención, pero ella continuaba cubriéndose la cara con sus manos infantiles.

                Como una intrusa mucho más aterradora que las penumbras que la estaban ahogando, la Esperanza surgió de la nada, materializándose enfrente suyo. Continuaba imitando la forma y silueta de una joven que despertaba en ella una pizca de familiaridad que ignoró. El luminoso ser no estaba solo, le acompañaba una criatura completamente antagónica a ella; su doppelganger. Ambas imitaban un cuerpo que no les pertenecía, como reflejos distorsionados, pero la Esperanza brillaba, no como el sol, que era imposible de contemplar; era una luz tenue, cálida, capaz de brindar la pizca de confianza que se necesitaba. El doppelganger, por su parte, era una versión tan oscura como el Reino de la Niebla. La auténtica Etérea habría sido capaz de darse cuenta que eso se debía a que ese era su origen, pero la niña solo veía luz y oscuridad, dos anomalías en su paraíso personal.

                ―Te dije que no entraras.-gruñó la sombra. Sus contornos estaban tan difuminados que se confundían con el entorno.-Pero no: tuviste que jugar a caballeros y heroínas… ¿Y ahora te escondes?

                A pesar del desprecio palpable en su voz inhumana, estaba más preocupada de lo que dejaba traslucir.

                Con paso grácil, la Esperanza se acercó a la chiquilla, arrodillándose hasta acabar cara a cara con ella.

―Si te escondes, me niegas.-susurró.-Pero tú nunca me has abandonado: siempre has buscado algo que hacer, aventuras en las que embarcarte, metas que cumplir… No dejes que el miedo te controle: eres tan etérea como el nombre que has elegido. Rechazando tu identidad te has abierto a un universo lleno de posibilidades infinitas, ¿de verdad te las quieres perder?

Los tentáculos de grumosa oscuridad detuvieron su avance, dejando de cubrir el cuerpo de la niña.

―Si te escondes,-continuó con paciencia y suavidad.-él habrá ganado antes que la batalla por este reino comience. El auténtico rey de los muertos y el demonio que no es un demonio pronto entrechocarán sus fuerzas, dispuestos a luchar por un trono que no existe. Y tú tienes que ayudarme a decantar mi bando a la victoria: el de la esperanza.

Según iba hablando, el frágil cuerpecillo fue despertando de su aletargamiento. La chiquilla había desaparecido, en su lugar, una adolescente había comenzó a abrir los ojos, a pesar que continuaba tapándoselos con sus huesudos dedos.

―¿Qué eres?-sollozó con voz temblorosa.

―Soy la Esperanza que todos, en algún momento, han abandonado.-la criatura alzó un brazo. A pesar que no tenía ojos, parecía que admiraba su mano, tan humana como sus palabras.-He pasado demasiado tiempo dormida, abandonada por los habitantes de este lugar: ellos también están aletargados, sufriendo un final que ninguno buscaba al fallecer. Ellos me desterraron, pero una niña tonta me trajo de nuevo a la vida al volcar toda su esperanza, hasta la última gota, vaciándose de ella. Y ahora que ha regresado a la Niebla, me he tomado la libertad de imitar su cuerpo, pues ha sido ella, sin saberlo, la que me ha devuelto a la vida.

Algo parecido a risa se elevó como el eco, logrando que Etérea se estremeciera.

―La Esperanza había perdido la esperanza.-rio el ser.-Redundante e irónico. Por mi culpa la niebla del olvido arrasó con este lugar, moldeándolo a su antojo. Y con ella comenzó la devastación del reino que no es un reino y de la locura de un demonio que se cree rey y que no es ni lo uno ni otro.

La joven se obligó a abrir los ojos, a aceptar esas palabras, aunque trajeran consigo todo lo que había estado intentando ignorar. Lentamente estaba logrando despertar de su cautiverio, recobrando la razón que la había llevado a adentrarse en ese lugar.

―Tengo que salvarles.-era una orden con la que se obligaba a recobrar la conciencia.-Tengo que ayudarles…

Ya no había oscuridad aferrándose a sus extremidades, ni una niña temblorosa que intentaba huir en vez de enfrentarse a sus miedos. Ahí estaba ella, la auténtica Maga de los que No Tienen Voz, prisionera, pero dispuesta a luchar.

A pesar del caos de emociones, Etérea se sentía especialmente tranquila, como si por fin hubiera logrado hacer las paces con los miedos del pasado. Una risa nerviosa se le escapó: no quería ni pensar en lo que le habría dicho Enric al ver la facilidad con la que se había escabullido.

Con un titubeo, extendió las palmas de las manos, ofreciéndoselas a la luminosa criatura.

-Tú no tienes voz.-murmuró.-Por lo que necesitas mi poder, es lo que has estado buscando todo este tiempo.

La Esperanza sonrió mientras, a su lado, el doppelganger se revolvía, inquieto.

-¿Estáis segura de lo que vais a hacer?-siseó.

-Me va a partir en mil pedazos.-el ser extendió sus brazos, entrelazándolos con los de la joven.-Va a desgarrarme y a deshacerme en cientos de estrellas fugaces.

-Vas a morir.

-La esperanza no puede morir.

Cenizas

                Con un golpe seco, la criatura soltó al joven, dejándole caer como si solo fuera un muñeco. Sin dejar de chillar su auténtico nombre, Catorce corrió hacia él, reuniéndose con un espíritu despreocupado y una mujer cadavérica con el cuerpo casi deshecho.

                Sid y el payaso se mantuvieron al lado de Diecisiete, tan aterrados como ella por el monstruo sin forma ni rasgos que, lentamente, se fue acercando a la chica.

                ―¿Sabes… quién soy?-sus ojos buscaban la respuesta en la mirada oscura de la muchacha, tan vacía como la del fantasma.

                Quería decir algo, cualquier cosa valía, pero el miedo le atenazaba, congelando su cuerpo. No podía dejar de contemplar al amorfo engendro, el poder que le rodeaba y que parecía influir sobre ella. La misma aprensión que había sentido al entrar por primera vez en esa sala, mucho antes que la Esperanza se le manifestara, había regresado con renovadas fuerzas.

                Nada parecía haber cambiado.

                ―¡Mis disculpas, su graciosa majestad!-el payaso se interpuso entre ambos, dedicándole una reverencia al ser.- La pobre está muy confundida, ¡ni siquiera sabe que…!

                Diecisiete se mordió el labio con fuerza, aunque no logró hacerse ni sangre ni daño. Nada era igual que antes, ni siquiera ella era la misma que había entrado en el laboratorio, lamentándose de su soledad.

                En sus ojos hundidos por las tinieblas, estaba comenzando a brotar una chispa luminosa.

                ―¡Sí!-exclamó, sobresaltándoles.-Sé quién eres: no eres un rey, tampoco un demonio…-a su alrededor, todos habían comenzado a mirarla con curiosidad y una pizca de temor. Incluso Catorce, que nunca había tratado personalmente con el monstruo, temía su carácter voluble.-Pero no te lo voy a decir.

                El fulgor de la cólera centelleó en el rostro sin expresión de la criatura. Como si hubiera recobrado parte de su carácter, comenzó a enderezarse, moldeando la masa amorfa de su cuerpo para recobrar rasgos humanoides.

                Inconscientemente, la joven temblaba sin poder remediarlo. Sabía que, de quererlo, el monstruo sería capaz de obligarla a decirle la verdad. Era más que un miedo: era una certeza inexplicable que no podía ignorar.

                Y no quería arriesgarse a que descubriera que todo era un farol basado en las escasas suposiciones que había logrado.

                ―Quiero proponerte un trato.-exclamó apresuradamente, recuperando su atención.-Te explicaré lo que sé sobre ti si me ayudas a salvar a la ma… a una amiga.

                La conversación que había escuchado a escondidas resonó en su cabeza, como pedazos de una película sin más escenas que una puerta que no se había atrevido a flanquear. Era consciente que él quería el poder de la misteriosa joven a la que todos llamaban Maga. Y aunque eso podía haber sido una baza para lograr que la rescatara, no quería empujarla de nuevo al callejón sin salida del pacto que casi le habían obligado a aceptar.

                Todavía con el cuerpo en tensión, la muchacha comenzó a hablar: porque no era suficiente con engañarle para que aceptara, tenía que engatusarlo para que no usara su propio poder en vez de ceder a los caprichos de una simple humana.

                ―Este castillo no es el auténtico núcleo de la Niebla.-comenzó.-A pesar de su antigüedad, está demasiado demacrado como para ser algo creado dentro de este mundo. Las brumas lo consumen todo, incluso la roca, pero este lugar está exageradamente deteriorado como para haber formado parte de este lugar desde sus inicios…

                ―Es un regalo.-murmuró Trece entrecortadamente. Tenía el cuello violáceo y necesitaba apoyarse en su amigo, pero parecía estar bien.

                Diecisiete asintió, agradeciéndole silenciosamente la ayuda. Porque él también había vivido sus propias aventuras, comprendió, y entre los retazos de ambos estaban las auténticas respuestas.

                La criatura contempló a los dos chicos, engullendo esas palabras mientras recomponía su propia historia.

                ―En cambio.-continuó la joven, un poco más calmada que antes.-El lugar al que quiero que me acompañes es mucho más antiguo. Parece que está compuesto por diferentes partes de otros muchos lugares, pedazos de tragedias, pero tiene una zona particular que es mucho más arcaica que este castillo… Ese es el auténtico centro, aunque ahora sea el abismo de los muertos que han perdido la esperanza.

                Una estructura de madera consumida. Un lodazal cubierto de objetos abandonados. Las imágenes se superpusieron las unas sobre las otras, mezclándose con escenas arrebatadas a ilustraciones y documentales.

                El auténtico misterio del Reino de la Niebla, la clave de lo que todos buscaban, estaba en ese lugar.

                ―Además, hay un muerto que quiere reemplazarte. Está intentando convertirse en el rey de los suyos…

                Confusa, enmudeció al ver como el engendró, con la velocidad de un parpadeo, se situaba delante suyo. Aterrados por su presencia, casi el doble de grande que ellos, sus compañeros retrocedieron, dejándola sola. A pesar del miedo, Diecisiete fue capaz de mantener fijo el rostro, adoptando una actitud entre serena y desafiante que poco tenía que ver a cómo realmente se sentía.

                ―Tú…-la criatura alzó uno de sus desproporcionados brazos, acariciando las mejillas de la chica.- Tu descendiste con el resto de vivos. ¿Por qué? ¿Por qué estás aquí?

                Algo le tironeó la bata insistentemente, pero fue incapaz de desviar el rostro para ver qué podía ser. Estaba completamente subyugada por el poder que manaba del monstruo, hipnotizada por el brillo de lucidez que, finalmente, brillaba en sus ojos.

                Pero, sobre todo, por lo ridículamente pequeña que era en comparación de la maga, su padre o el rey loco. Y aun así, ella era lo suficientemente libre como para cambiar el rumbo de lo que sucedería.

                ―Entiendo.-una sonrisa lobuna surcó la cara del engendro.-Ya lo entiendo…

                Uno de sus largos dedos le acarició la frente, como si estuviera comprobando que realmente estuviera ahí.

                ―¿Quieres un trato? Yo te propongo dos.-su viscosa extremidad se apartó mientras abría la mano, extendiéndola como una inocente cláusula de aceptación.-Te ayudaré a salvar a tu amiga y tú me dirás quién soy…

                ―Y de paso.-el payaso, que durante todo ese momento había estado sujetando la bata de Diecisiete, se elevó.-derrotáis al inminente usurpador, vuestros súbitos os lo agradeceríamos mucho.

                ―Salvaré a tu amiga y acabaré con el charlatán.-aceptó cansinamente.-Y tú me dirás quién soy.

                ―¿Y el segundo trato?-murmuró con desconfianza, incapaz de saber qué podría interesarle.

                ―Todos los vivos regresarán a su lugar correspondiente si, a cambio, aceptas en nombre de la Maga de los que No Tienen Voz mi pacto.

                Un escalofrío mucho más helado que el miedo la recorrió. Había escuchado cuales eran las condiciones, también que la joven lo había intentado rechazar. No podía tomar esa decisión, pero estaba completamente atrapada.

                Si dejaba escapar a su lado más egoísta, era, incluso, perfecto. Pero ella no era así.

                ―No…-murmuró, mordiéndose el labio.- No tiene sentido, no puedo aceptar por ella algo que le concierne exclusivamente y sobre lo que yo no tengo derecho a decidir.

                ―Sí que lo tiene.-alicaído, el payaso retrocedió un poco.-Porque estáis unidas, solo que todavía no os habéis dado cuenta.

                Diecisiete le miró, anonadada. Confusa, contempló a las dos criaturas mientras retrocedía.

                ―¿Qué está pasando?-algo en su interior chillaba con fuerza, pidiéndole que continuara en silencio.-¿Por qué?

                ―Los misterios están para resolverse.-el juguete hizo una cabriola mientras regresaba a donde se encontraba.-Acepta el pacto, pero pídele una garantía en caso que lo incumpla. ¡No te preocupes!-se apresuró a añadir al ver la consternación que la acongojaba.-Todo trato tiene su letra pequeña y la posibilidad de escapar a él.

                No muy convencida, la muchacha se acercó a la criatura.

                ―Solo aceptaré el segundo pacto si logras derrotar a la desesperación.-fue lo primero que le vino a la cabeza, lo único que se le ocurrió para no cargar con una responsabilidad que no le tocaba.

                El ser sonrió maquiavélicamente.

                ―Hecho.

                La joven extendió el brazo, estrechando la mano que le habían ofrecido. No pudo evitar estremecerse, influida por la repulsión instintiva que tenía por su aspecto, pero a pesar de su apariencia pegajosa, como si estuviera compuesto por lodo, al tocarlo sintió que su cuerpo parecía estar hecho de agua extrañamente densa, casi gelatinosa. Cuando los desiguales dedos se entrelazaron, algo similar a unos tentáculos emergió del cuerpo del monstruo, uniéndoles mientras unas chispas violáceas que emulaban letras bailoteaban a su alrededor.

                A pesar que nadie le había explicado lo que estaba sucediendo, fue capaz de comprender que aquella extraña e inexplicable magia evitaría que ninguno de los dos rompiera su pacto.

                Y a pesar que se sentía estafada, algo en su interior le martilleó la conciencia, recordándole que se había comprometido con algo que no sabía.

                Al otro lado de la sala, la mujer cadáver lo contemplaba todo con desprecio y rabia.

                ―Acabas de vender tú alma, insensata.-siseó.-Todos los tratos demoniacos sirven al mal…

                ―Euel.-suspiró Trece.-Déjalo.

                Mientras la que había propuesto el trato se sentía atrapada por su propio juego, la criatura estaba recobrando parte de su esplendor. Después de tantos siglos de aburrimiento y dudas, de preguntas retóricas y ausencia de entretenimientos, finalmente tenía algo que hacer, un objetivo capaz de llenar su existencia y darle algo de sentido.

                Con un aullido que resonó en la tambaleante estructura del castillo, sus siervos, que desde que había despertado estaban en las sombras, y algunos fantasmas curiosos acudieron a su llamada. Cruzaron las ventanas, las puertas, surgieron de grietas y agujeros, sobresaltando a los que no estaban acostumbrados a ese tipo de maravillas. Asimismo, una estatua recordó que la piedra de su cuerpo estaba animada y era capaz de andar, mientras que algunas armaduras oxidadas recuperaban el sabor amargo de las batallas que había librado.

                Un involuntario ejército se iba congregando en torno a su amo. Todos notaban que iban a una fugaz guerra, improvisada e incitada por una estudiante de farmacia, pero ninguno, ni siquiera ella, sabía por qué.

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