Capítulo 11: 7 『Hija del humo』

Quizás sea porque estamos a siete y toca la parte siete, pero este es, sin lugar a dudas, mi capítulo favorito. Entre algunos diálogos y un montón de enlaces a Las Crónicas del Teatro, espero que lo disfrutéis tanto como yo escribiéndolo >w<

Por cierto, mis personajes favoritos son el rey loco y Sid (Bueno, y Diecisiete), ¿y los vuestros? Recuerdo que hay una encuesta de la que pronto dibujaré los resultados 😉

¡Espero que os guste!

Cenizas

                -Vaya.-el payaso ladeó la cabeza mientras esbozaba una torva sonrisa. Parecía como si hubiera escuchado algo a lo lejos.- Que interesante…

                Y sin dedicarle una última mirada a la chica, se zambulló en la niebla, dejándola sola.

                -Eso digo yo: vaya.-gruñó, cruzándose de brazos.- Hasta los juguetes encantados me abandonan, que éxito tengo…

                Pero a pesar que intentaba darle un toque cómico a lo que había sucedido, el miedo continuaba dentro de ella. No era el mismo que había sentido con la extraña llanura, sino que había surgido su instinto más primitivo al verse sola en un lugar oscuro y desconocido. Y fingir que no le importaba no era suficiente para esquivar a los fantasmas que pululaban entre las sombras o los monstruos que anidaban en ellas.

                También tenía miedo de caminar y perderse. El paisaje que la rodeaba era tan voluble como un río e igual de impredecible. Podía caminar toda una eternidad hasta dar con el castillo, regresar a la ciudad o perderse en las profundidades de algún sitio sin explorar.

                -Pero no tiene por qué pasarme nada.-se obligó a decir para intentar aparentar algo de valentía.- A fin y al cabo, todos me ignoran.

                Sus compañeros, los muertos, la propia maga… todos habían pasado a su lado como si no fuera más visible y real que un soplo de aire. Intuían su presencia, pero no le dedicaban ni una mirada fugaz.

                La chica apretó las manos hasta cerrar los puños. ¿Por qué en vez de quejarse y protestar no lo convertía en su habilidad? La Esperanza la había usado para que se internara en la ciudad muerta, donde había pasado tan desapercibida como si se hubiera paseado por el laboratorio. ¿Por qué no hacía ella lo mismo?

                “Eso es lo que soy, ¿no?”, se dijo para sus adentros. “La chica invisible de la que todos se olvidan y de la que nadie parece fijarse que ahí está. Pero he podido escapar de los fantasmas y su loco líder, he conocido a la personificación de la Esperanza y he espiado la conversación entre una Maga y un demonio.

Seré invisible, pero esa es mi fuerza, no mi debilidad.”

La joven contuvo las ganas de reír. Que ganas le estaban entrado de echarles en cara a sus compañeros todos esos méritos. Ellos no se habían atrevido a adentrarse en lo desconocido, sino que habían dejado que otros lo hicieran por ellos. Aunque sus motivos no se podían comparar a los de Catorce o Trece, ella estaba ahí, codeándose con las criaturas más inimaginables mientras intentaba desentrañar un enigma.

-Puede que no sea capaz de hablar en voz alta o de hacerme oír.-murmuró, aliviándose mínimamente al escuchar su voz.-Pero todavía no me he rendido ni me he escondido asustada por cosas que no comprendo…

Según hablaba, la confianza regresaba a ella. No era el débil armatoste que había comenzado a forjar al salir del castillo, sino el auténtico sentimiento de saber qué ella no era peor que los demás y que también tenía sus propias virtudes. Pero, sobre todo, que podía intentar cambiar el rumbo de lo que había estado sucediendo si intentaba resistir a la marea que los arrastraba.

“Tengo que buscar a Catorce”, recordó, disipando la apatía que se había instalado en ella al caer al fondo del abismo. “Y a Trece. Solo así podremos escapar, pero antes…”

Antes de abandonar ese lugar necesitaba resolver parte de los misterios que parecían formar parte de su esencia de polvo. Todo despertaba en ella demasiadas preguntas, como si eso fuera parte de la naturaleza del reino.

Era como si así la curiosidad se mantuviera viva más allá de la muerte.

Diecisiete estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no se dio cuenta que la llamaban a lo lejos. Solo cuando alguien la sujetó de la muñeca, sobresaltándola, se dio cuenta que ya no estaba sola.

En el fondo nunca lo había estado, pero todavía no era capaz de darse cuenta.

Con una sonrisa resplandeciente, capaz de iluminar los jirones de brumas que le rodeaban, Catorce la abrazó, aliviado de volver a encontrarse con ella. La acompañaban Sid, su reloj y el payaso, quien daba vueltas concéntricas, inquieto ante el encuentro.

-La Maga nos va a matar.-canturreó el fantasma mientras contemplaba a los amigos.-Ahora que ya has encontrado a tu amiguita, ¿por qué no regresas con tus compañeros?

Pero ninguno de los dos le escuchaba.

Catorce se sentía eufórico. Aunque solo había encontrado a la joven que había descendido con él, ya no se sentía tan inútil y secundario. Había logrado convencer al espíritu para descender a las tinieblas y buscarla. Y a pesar de todo, de las cartas que señalaban en su contra, lo había logrado.

Para Diecisiete, aquel encuentro significaba mucho más de lo que nunca habría imaginado. A pesar de todos sus pronósticos pesimistas, al final alguien se había preocupado por ella, no la habían abandonado.

Abandonada. Rota. Quemada.

Encontrada. Nunca olvidada.

-Gracias.-susurró.-Gracias por no olvidarte de mí…

Algo dentro de ella tembló. Era su propia caja de Pandora, la misma que no había dejado de esconderse en lo más profundo de su ser para que no ser abierta. Los monstruos que ocultaba seguían en su interior, agazapados como alimañas. Algún día sería capaz de enfrentarse a ellos y descubrir qué era lo que la aterraba tanto. La joven intuía que tenía que ver con la esperanza y ese lugar, pues no era casualidad que su insípida y aburrida existencia hubiera dado un vuelco gracias a la Niebla.

Ese era su propio misterio, el mismo al que se había referido el payaso.

Como si se hubiera percatado de algo, Sid frunció el entrecejo. Con la velocidad de un parpadeo, levitó hacia la chica, tomándola en brazos al igual que la vez que se habían conocido.

-Pesas menos.-gruñó.-Antes parecías un pedazo de abismo, tan repleta de desesperación que la oscuridad te reclamaba como suya, pero ahora… Eres tan ligera como la mayoría de los muertos…

La muchacha parpadeó, sin saber cómo interpretar sus palabras.

-Estoy recuperando la esperanza.-comprendió, separándose del fantasma.

En ese momento se dio cuenta que no estaba tocando el fondo. Sus pies flotaban, al igual que el resto. Por fin lograba levitar, aunque lo hacía con torpeza, como si parte de las tinieblas continuarán aferrándose a ella.

En eso se había convertido su determinación. Era un detalle nimio, tan insignificante que casi lo había pasado por alto y si hubiera estado en su mundo ni se habría dado cuenta de él, pero existía. Para los demás, cambiar o aceptarse no sería más que un pequeño logro intrascendente, pero para ella era inmenso.

Y eso le daba la fuerza necesaria para continuar.

-¿Sabéis cómo ir al castillo?-inquirió. Estaba tan emocionada que, por primera vez, su voz resonó con fuerza, henchida del orgullo que finalmente sentía.

Sid parpadeó, sorprendido por el cambio de la joven.

-Estás evolucionando demasiado.-murmuró, mirándola con suspicacia.-No eres la misma que antes, una sombra triste que no sabía qué hacer… Ahora brillas.-una sonrisa cruzó su rostro.-Todos sabemos ir, solo hay que caminar hasta dar con el lugar.

-No quiero equivocarme y acabar en las ruinas equivocadas.

-Tranquila: ahí solo van los que ya se han cansado de luchar. Ni tú y yo tenemos cabida en ese sitio.

Catorce les miró con extrañeza, cada vez más perdido en la conversación.

-Pero, ¿podrías guiarnos o no?-insistió la chica, lanzándole asimismo una mirada interrogativa al payaso.

-Sí. La última vez que fui acompañé a una niña, mi antigua compañera de juegos, a reunirse con su abuelo.-la nostalgia titiló en su voz casi imperceptiblemente.-Eso fue hace bastante… ¡Venga! ¡En marcha!-contagiado por los ánimos y la impulsividad de Diecisiete, alzó los brazos a modo de seña mientras se ponía en el frente de una marcha improvisada.- ¡Al castillo del rey loco!

-¡Esperad un momento!-graznó Catorce, con la confusión plasmada en su rostro.- ¿Alguien me puede resumir qué está pasando?

-Vamos a por Trece.-sonrió su amiga, apretándole la mano con fuerza. Su contacto le pareció tan cálido que parte del frío que sentía se disipó.

-Vamos a divertirnos.-contestó Sid a su vez.-Hace demasiado tiempo que no sucede nada interesante.

Instigados por la emoción del fantasma, demasiado escandaloso para la muchacha, quien continuaba atemorizada con la idea que algún habitante de las penumbras se topara con ellos, el grupo comenzó a deslizarse por las brumas. Al principio, los dos amigos eran incapaces de moverse: a pesar que movían las piernas o los brazos como si nadaran, continuaban en el mismo lugar. El payaso se ofreció a empujarles hasta que, poco a poco, fueron capaces de desplazarse. Era lo más parecido a volar: podían notar como una lenta brisa, tan cansina como su velocidad, les acariciaba, revolviéndoles el cabello, mientras los jirones de niebla se apartaban a su paso.

Avanzaban, muy lentamente, peor avanzaban.

A pesar que la experiencia era algo inimaginable y único, Diecisiete echó de menos la velocidad con la que se había desplazado andando por el fondo o la experiencia de sus compañeros irreales.

-Vamos demasiado lentos.-suspiró.- ¿No hay ningún truco para avanzar?

-Es lo que tiene pesar tanto.-Sid se encogió de hombros mientras, en un alarde, se daba la vuelta para caminar de espaldas.- Ser vivo y estar cargado de desesperación te convierte en un lastre.

-También hay algo llamado “práctica”-susurró el reloj con su voz metálica y chirriante, cargada de emoción humana a pesar de todo ello.

-Bueno, sí, pero cuando fallecía era tan ligero como una mariposa e igual de grácil para revolotear.

-¿Cómo moriste?-se le escapó a Catorce, quien rápidamente se tapó la boca con las manos, consciente de la falta de tacto.-Lo siento…

-No tienes por qué disculparte.-rio con despreocupación.-Para mí la muerte fue una liberación…

-Y algo de lo que presumir.-gruñó el reloj, haciendo que sus manecillas chocaran de irritación.-Me sé casi yo más la historia que tú.

-¡Entonces podrás corregirme si se me olvida algo!

-¿De verdad que no te importa?-Catorce le miró con extrañeza.-Quiero decir, fue tu muerte…

Sid esbozó una sonrisa aún más amplia mientras sacaba pecho.

-Me mató una bruja, tengo suficientes motivos para presumir.

Diecisiete parpadeó. No era la primera vez que hablaban de las brujas, aunque hasta ese momento habían estado refiriéndose a su reino.

-¿Brujas?-repitieron los dos estudiantes casi a la vez.

-¡Así es!

-Las brujas son seres muy especiales.-explicó el reloj. Por el entrechocar de sus engranajes parecía que suspiraba.- Dominan la magia del disparate y son capaces de los logros más inimaginables y terribles. En la práctica, cualquiera es capaz de hacer magia siguiendo sus complicadas reglas, aunque de tanto en tanto surgen seres que son inmunes a ella. Según parece, todo el mundo nace dormido a lo imposible, por lo que al despertar es capaz de lograr esos milagros que llaman magia. Las criaturas que están en lo más alto de todo, se las conoce como brujas.

-Aunque para ser bruja hay que cumplir dos requisitos.-continuó el payaso.-No tener nombre, pues los nombres te atan y delimitan, y haber logrado un imposible.

La chica abrió los ojos, cautivada por la información. En ningún momento se le había pasado por la cabeza que podían haber más seres aparte de los fantasmas y espíritus.

-Tú podrías ser una bruja, Diecisiete.-bromeó su amigo, dándole un ligero codazo.-Ahora te falta cumplir un imposible.

-Pero los imposibles son eso: imposibles.-suspiró.

Sid carraspeó, molesto que se hubieran olvidado de su historia.

-Hay muy pocas brujas.-retomó el hilo de sus compañeros, aunque enfocándolo en el tema que a él le interesaba.-Creo que, en este mismo momento, no deben haber más de seis. La que a mí me mató hace mucho tiempo que ya no está en juego, pero fue una de las tres más poderosas que la existencia ha podido imaginar. Por descontado, era una criatura oscura y retorcida, maquiavélica y sanguinaria…

-Y a ti te hace ilusión que te matase, por…-Catorce le lanzó una mirada de incomprensión.

EL CUENTO DE SID

En uno de los muchos mundos y reinos que se perdían en los confines de la llamada Realidad, había un imperio forjado a base de esclavitud y crueldad que se alzaba imponiendo sus leyes sangrientas. Con tal conseguir la paz y la perfección, la sociedad había sido dividida de modo que todo el mundo encajaba, desechando a las personas que no eran útiles o convirtiéndolas en juguetes para el entretenimiento de los más poderosos, aquellos que gracias a su posición escapaban del control, corrompiendo los ideales de la nación.

En una clase estamental cualquiera, ni la más pobre ni la más poderosa, había un joven llamado Sid que no era bueno para nada. Su condena por inútil había estado flotando encima de él mucho antes que fuera consciente del mundo en el que vivía. A pesar de su iniciativa e interés, era incapaz de sobresalir en una materia, convirtiéndose lentamente en el problema que no encajaba en los sectores controlados por eficientes máquinas que consideraban a las personas números.

Y Sid era un cero, inútil se usara como se usara.

Lo que las máquinas no eran capaz de comprender, es que el chico podía acoplarse a diferentes perfiles: no estaba vedado a especializarse en algo, sino que era capaz de intentar mantenerse estable en todos los trabajos. Eso fue lo que le salvó en su infancia, convirtiéndole en el comodín para las tareas más vulgares y menos interesantes. A él no le importaba: cualquier novedad en su aburrida rutina era motivo de fiesta. Y a veces era capaz de descubrir los detalles más inimaginables en las pútridas cloacas o repartiendo periódicos.

Podía haber continuado como un empleado más, un comodín eterno durante el resto de su existencia sino fuera por su mente, incapaz de ser controlada. Carecía de ideas políticas o revolucionarias, o del pillaje al que muchos jóvenes que tampoco lograban encajar acaban por caer.

Simplemente, era demasiado inocente y soñador, siempre haciendo preguntas cuyas respuestas no estaban a su nivel, despertando la curiosidad dormida de su entorno.

Por ello, fue condenado a muerte por accidente.

La noche de su asesinato, el chico estaba recortando papel para hacer flores con las que decorar su balcón. No era consciente de las miradas que le acechaban desde las esquinas: estaba demasiado ensimismado intentando que aquel experimento funcionara. No era algo que le hubieran enseñado: lo había aprendido esa misma mañana después de ver como un mimo las hacía para entretener a los niños y sorprender a damas y jóvenes apuestos. Todos reían, pues para eso existían los mimos, pero al final aquellas delicadas flores terminaban en el suelo o en las papeleras.

Una de sus ideas relámpago recorrió la mente del muchacho. Había visto muchas terrazas decoradas con flores, un lujo y despilfarro que estaba fuera de su alcance, por lo que la pretensión de hacer algo similar con papel empezó a dar vueltas en su cabeza, como siempre que un nuevo proyecto surgía.

Unas simples flores estaban a punto de matarle.

Era una noche tormentosa, sin luna ni estrellas, y los asesinos se escondían amparados en las tinieblas. Según el rango de peligrosidad que las máquinas habían determinado para él, habían sido solicitados a tres hombres expertos para arrebatarle la vida a un adolescente simplón cuyo delito era soñar.

Pero en las sombras de esa noche, la mujer más bella que Sid había visto nunca apareció en su balcón. Su belleza impoluta era tal, que no parecía humana, sino una figura tallada en mármol. Tenía la piel tan pálida como la luna que se había escabullido para no presenciar el asesinato, los ojos dorados como oro derretido y el cabello de un tono que nunca antes había visto: parecía rojo oscuro, como el vino, y se arremolinaba en ondas que caían por su espalda como si tuvieran vida propia. Era también la mujer más alta que había visto nunca y a pesar de sus ropajes, un delicado vestido del color de la fruta, había en ella algo que contrastaba con el aire alicaído e insulso de las damas ricas que paseaban por la plaza o los jardines.

Ella, al igual que él, estaba cargada de una vitalidad que no encajaba en ese lugar.

-Es la noche de tu muerte.-susurró, sonriendo enigmáticamente.-Puedes abandonar tu vida como un desecho para esta sociedad o intentar ser alguien. Tú decides.

Había algo cautivador en sus palabras, como un conjuro capaz de subyugar su subconsciente e hipnotizarle. Sin darse cuenta, Sid le tendió la mano a la misteriosa criatura.

Solo al rozar su piel se dio cuenta que sus brazos estaban cubiertos de punzantes hilos que se clavaban en su piel tiñendo de rojo el blanco. Al estrechar su mano, los hilos treparon por la muñeca de la bruja para clavarse en la tierna carne del muchacho, penetrándola ante su asombro.

A pesar de notar como algo ajeno se internaba en su cuerpo, el joven no sintió dolor. Únicamente una soñolencia que cubrió de negro su visión mientras se desmayaba.

Cuando abrió los ojos, estaba atrapado en un cubo sin puertas ni ventanas.

Al principio creyó que no era más que un sueño, una pesadilla más, pero según se fue despejando, comprendió que su encuentro con la misteriosa dama había sido real y que se encontraba atrapado en un lugar imposible. Acostumbrado a los castigos y las situaciones más soporíferas, Sid se sentó a esperar. Sin relojes ni un cielo al que observar, el tiempo parecía estar detenido, como si también se hubiera convertido en una fábula lejana.

Cuando ya estaba a punto de volver a dormirse de aburrimiento, unas líneas se dibujaron en la pared hasta convertirse en la silueta de una puerta. Con un chasquido, una apertura se abrió, llenando el habitáculo de una luz clara y cegadora.

En el umbral estaba la bruja, sonriendo maquiavélicamente.

-Esta fue tu decisión.-le saludó.-Te di la oportunidad de decidir cómo acabaría tu vida y me escogiste a mí.

Sid frunció el ceño, molesto por la manera en que había tergiversado sus palabras, pero no dijo nada. Estaba acostumbrado a los abusos.

-Pero a pesar de todo, soy una bruja generosa.-su sonrisa se hizo más amplia, surcando su rostro de extremo a extremo.-Puedes quedarte en este rincón para toda la eternidad. Nunca te aburrirás ni morirás, te convertirás en una contradicción atrapada en los límites de la vida. O.-apostilló con énfasis y un brillo de júbilo en sus ojos.-puedes cruzar la puerta y unirte a mi juego: al otro lado hay un laberinto repleto de seres monstruos y enigmas letales. Tus probabilidades de sobrevivir son nulas, pero si lograses cruzarlo y llegar al final, serías libre.

Durante su vida el chico había aceptado los exigentes controles del imperio, asumiendo todas las decisiones que marcarían su vida. A pesar de su ansia de libertad, era incapaz de decidir algo, y mucho menos si tenía esa envergadura, pero no se amedrentó.

Como casi todos los seres vivos, no quería morir, pero pasarse la eternidad aburriéndose, incapaz de dar rienda suelta a su imaginación, era mucho peor que la más dolorosa de las muertes.

Así que cruzó la puerta, aceptando el trato de la bruja y encontrando así la libertad con la que siempre había soñado.

*

-No me mató ella directamente.-suspiró, finalizado el relato.-Sino unos leones que me destrozaron hasta que quedé irreconocible, pero sigue siendo una muerte mucho más interesante que una maceta caída por “accidente” o un virus estomacal.

Los dos estudiantes continuaban contemplándole con asombro, incapaces de dedicarle una mirada normal.

-Tu sentido de la lógica es muy particular.-dijo al fin Catorce.

-Bueno, a todos nos llega la hora tarde o temprano. Lo normal es aceptarla y enorgullecerte de haber salido finalmente de la monotonía.

Algo se clavó dentro de Diecisiete. Era una punzada de tristeza por las palabras de Sid.

-¿Y tú?-la chica miró al payaso. Inconscientemente, la curiosidad y la necesidad de cambiar de tema le habían llevado a dirigir la atención sobre él.- ¿Cuál es tu historia?

-Quizás en otro momento la cuente.-sonrió.-Ya es tarde… Hemos llegado al castillo.

Polvo

No podía respirar. Se estaba asfixiando.

El monstruo no parecía tener especial interés en matarle: su mirada era una súplica desesperada que ansiaba respuestas, pero no detenía las garras que se hundían cada vez más, amenazando con quebrar su cuellecito.

-Espera…-jadeó, intentando llamar su atención. Desesperado, buscó con la mirada a Euel y a Finn, pero solo vio al fantasma, quien lo contemplaba todo entre curioso y alegre, como si ya diera por hecho su muerte, logrando así su compañía eterna.- ¡Espera!

Pero el rey loco ya no le oía.

Trece cerró los ojos mientras sus manos se hundían en la carne viscosa del engendro, intentando apartarla con escasos resultados. En ese momento más que nunca, se negaba a morir y convertirse en un prisionero de la niebla.

-Detente.-susurró una voz clara y etérea.

El rey loco alzó su rostro bestial hasta encontrarse con la furia de Euel. Ninguno de los dos era capaz de reflejar emociones con sus caras, pero las trasmitían con sus miradas, más vivas que muchos de los que gozaban de un corazón caliente.

-Detente, esbirro del Mal.-gruñó el espíritu.-No oses tocarle con tus manos pútridas: somos invitados de tu rey, no querrás enfadar al monarca del mal con tu vil acto, ¿verdad?

La criatura se incorporó a trompicones, aferrando al muchacho todavía por el cuello.

-Enfadar… al rey…-murmuró. Un brillo inteligente brotó en sus pupilas.- ¡Yo soy el rey!

-No lo eres. Él es majestuoso, no una piltrafa hedionda.

-¡Yo soy el rey!-repitió.- Soy el rey… ¿De qué soy el rey?

-No eres el rey.-insistió Euel.-Como prometida del héroe que le matará, soy capaz de distinguirle a pesar de los disfraces que use.

-Lo soy.-según intentaba convencerse a sí mismo y a la fantasma, la cordura regresaba a él.-Soy el rey demonio y pronto la Maga de los que No Tienen Voz estará en mi poder…

-No eres el rey. No podrás engañarme.

-Soy el rey… ¿del Mal?-torció su cabeza desproporcionada mientras evaluaba a Euel.- ¿Ese es mi dominio? ¿El Mal?

-Eres el sirviente del Rey del Mal, ¿sobre qué otra cosa podía reinar un corazón tan oscuro?

Con una sonrisa, el espanto hundió una de sus zarpas en su cuerpo, sacándose el corazón, un amasijo de tinieblas tan oscuras como su cuerpo.

-Mi corazón es oscuro.-le señaló.-Por lo que soy el rey.

-Todos los monstruos tenéis el corazón negro como la tinta, eso no significa que seas el rey…

                La voz de la dama tembló, más humana que de costumbre. Nerviosa, le lanzó una mirada de preocupación a Trece, todavía colgando de una de las garras de la bestia y con el rostro teñido de púrpura.

-Nunca creí que diría esto.-suspiró.-Pero voy a romper mi desprecio silencioso y voy a buscar al rey para que haga entrar en razón a este engendro. Enseguida volveré.

“Espera”, quiso gritar el chico, pero no tenía suficiente aliento. “Espera, Euel, te equivocas…”

A pesar de la locura y sus delirios, el demonio parecía más perspicaz y atento que de costumbre.

-Yo soy el rey.-gruñó.- Sino, ¿qué soy?

Con un gesto de necesitada crueldad para remarcar su papel, levantó al joven, quien pataleó inútilmente mientras intentaba soltarse de su agarre mortal.

-¿Quién soy?-rugió.

-¡Yo lo sé!-chilló alguien a lo lejos.

Antes de perder el conocimiento, Trece vio como tres jóvenes corrían hacia él. La que había gritado era una chica de ojos oscuros y bata de laboratorio. Y aunque le sonaba haberla vista en algún lado, no la pudo reconocer.

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4 comentarios en “Capítulo 11: 7 『Hija del humo』

  1. Seré bastante escueta puesto que necesito ver la triunfal entrada de 17 en la cambra y puesto que las cosas van viento en popa al menos para ella. (Ojos muertos aguanta ahí por favor).
    Mi memoria y las pocas ocasiones que tuvo de verla no ayudan mucho pero reconozco ese pelo, esas ansias de sangre, esos hilos y ese complejo de Mildred en potencia.
    O eso creo

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