Capítulo 9: 9 『Hija del humo』

Y con un imperdonable retraso, he aquí el noveno capítulo. Ahora que entramos en la recta final, es hora de resolver los enigmas y comenzar a encaminar las claves hacia la solución :3

Aprovecho para recordar la existencia de una votación para decidir a los personajes favoritos de la historia: ¡Vótales!

Polvo

                Al igual que el resto de los muertos, los ojos de su padre parecían estar cubiertos por un velo de oscuridad que ocultaba sus auténticas intenciones. Aun así era capaz de leer en ellos su sed de poder, su orgullo desmedido o la locura por romper los límites de la moral humana. Eran los mismos deseos que le caracterizaban estando vivo.

                Etérea agradeció silenciosamente al gris que había coloreado su cuerpo, arrebatándole el rubor y la lozanía. Saber que el latir de su corazón creaba una barrera inamovible entre ambos la aliviaba mínimamente, como si solo así estuviera realmente a salvo. Pero se engañaba: aún muerto, su padre había sido capaz de encontrarla y arrastrarla con tal de explotar el poder que él le había regalado. También había logrado reunir un pequeño séquito de difuntos que le rodeaban con veneración: cuatro muertos, de épocas imprecisas, le rodeaban a modo de guardaespaldas, pero su intuición era capaz de notar que habían algunos más escondidos entre los contornos difuminados del lugar en el que se encontraban.

                Intentando mantener el rostro impasible, Etérea le lanzó una mirada fugaz a la llanura que había detrás de ella. Su percepción no era capaz de dar con ningún espíritu agazapado en ella, pero sí era capaz de notar que había “algo” lo suficientemente oscuro para hacerla estremecer. Ni siquiera el recuerdo distorsionado de su padre le hacía temblar de esa manera.

                -No hay ninguno atrás.-le susurró a su compañera.- Y ellos me quieren a mí: huye en cuanto logre despistarlos…

                El olor a muerte la mareaba. Al llegar había sentido como su aroma lo embriagaba todo, engañando a sus sentidos, pero en aquel lugar era demasiado intenso.

                Y detrás de ella, desaparecía.

                -No… No puedo.-jadeó la chica. Su tez parecía más pálida y demacrada a causa de un miedo que, súbitamente, parecía asfixiarla.-Lo siento.-intentó disculparse, pero sus ojos continuaban ensombrecidos por el pavor.

                Etérea frunció el ceño. No eran los fantasmas, tampoco la situación surrealista en la que se encontraban: era la depresión fangosa en cuyos límites estaban acorraladas la que había logrado que el frío veneno del pánico estuviera derrumbando una fortaleza capaz de internarse en lo desconocido.

                -Entonces intentaré ganarte tiempo.-gruñó mientras desviaba el rostro hacia el grupito que las vigilaban.

                “Soy la única que despierta su interés”, pensó mientras meditaba las escasas opciones a las que podía aferrarse. “No tienen interés en ella, por lo que no les importará si escapa.”

                Pero la mente de su padre era demasiado imprevisible como para confiar en suposiciones.

                -¿Qué quieres?-rugió sin moverse del lugar en el que se encontraban. No pensaba acortar la distancia que los separaba: ese pequeño margen podría significar la diferencia entre una victoria y una derrota.

                Su progenitor sonrió. Años antes se habría rendido ante un gesto suyo, habría pugnado por una pizca de su atención y cariño, ahora simplemente le inquietaba y repugnaba a partes iguales.

                -Parece que el destino ha querido reunirnos.-susurró con su falsa voz amable. Gracias a sus ojos el hechizo no le hizo efecto: tenía grabado en lo más profundo de su ser que no debía de confiar en los seres de mirada vacua.

                Esas criaturas nunca revelaban sus intenciones.

                -No digas tonterías.-gruñó mientras sentía como la sangre le comenzaba a hervir.

                -Es una verdad irrefutable, hija mía. Ahora estás en mis dominios dispuesta a pagar el precio de los traidores que matan a sus padres.

                La acusación se clavó como una estaca de hielo en su corazón. Aunque no fuera directamente, eso era lo que había hecho, ese era el monstruoso crimen que arrastraba y que ensombrecía su futuro. Pero a pesar del peso de la culpabilidad, una parte suya se había dejado arrastrar por el alivio al comprender que por fin era libre de sus designios.

                “¿Por qué echo de menos a un padre que nunca me llamó por mi nombre ni estuvo conmigo?”, la joven cerró los puños en un gesto de rabia. Contra ella. Contra el resto del mundo.

                Por muchas excusas y explicaciones que intentara buscar, no podía racionalizar algo tan incomprensible como los sentimientos.

                -Estás loco.-murmuró.-Siempre lo has estado.

                -Puede que así sea.-el fantasma se encogió de hombros. A pesar de la naturalidad de sus gestos, había algo en él que no encajaba; sus movimientos eran torpes y descoordinados, como si hubiera olvidado el arte de dominar un cuerpo.-Pero yo no dejo de contemplar todas las posibilidades que el destino me ofrece: ¿Por qué aceptar la muerte y no aprovecharse de ella? Con tus poderes y mis habilidades podemos ir más allá y alcanzar la inmortalidad.

                -Eso es lo que siempre estuviste buscando, ¿verdad? La vida eterna…-Etérea esputó las palabras como si al pronunciarlas fueran capaces de quemarle la garganta.- Por eso me creaste…

                El desprecio y odio que sentía eran superiores a la culpabilidad y a las dudas.

                -Es una manera de verlo. La otra es aprovechar cualquier oportunidad: sé que estoy muerto y que las posibilidades de renacer son muy remotas. Pero eso no tiene por qué ser el final. Mira a tu alrededor, hija mía, y dime que ves.

                Desconfiada, la chica analizó el paisaje que les rodeaba. Entre los interminables tonos de gris se encontraban aquella inhóspita y misteriosa depresión y los restos de una especie de ciudad derruida.

                -Muerte y ausencia.-suspiró.

                La sonrisa de su padre se hizo aún más amplia, brillante de satisfacción.

                -Así es. ¿Y no te has preguntado por qué? Este lugar es un vertedero al que abandonan a los que ya han completado su vida mortal. No hay ni cielo ni infierno, solo una interminable nada gobernada por un demonio loco tan deteriorado como este lugar. ¿Sabes qué es el lugar exacto en el que nos encontramos? Es la zona más hundida de todas, la más próxima al abismo. Es el lugar destinado a los que han perdido la esperanza. Solo los que tienen unas escasas briznas suyas pueden navegar libremente entre los límites superiores con los demás seres desechados y los monstruos que buscan una pizca de vida para completar la suya. Te atacó uno de ellos, ¿lo recuerdas? Era un collage de engendros ansiosos por conseguir un poco de luz. ¿Qué sentiste al verlos? Seguramente no fue miedo, sino desprecio ante su lamentable estado…

                -Sentí pena.-le interrumpió con algo de fiereza en su mirada derrotada.- A pesar de compartir tu sangre no tenemos la misma empatía. Ese ser me conmovió, al igual que los fantasmas que deambulan por el castillo o el rey que se cree un demonio con tal de saber qué es algo. Solo vosotros no me despertáis compasión: sois tan egoístas que os habéis rendido a la desesperación.

                -Aceptar la muerte no es tan fácil como pueda parecer. Pasas de ser algo a dejar de existir. Al despertar solo ves este lugar tan “acogedor”-remarcó con ironía.- después te das cuenta que todo ha acabado, que ya nadie más sabrá de ti, que todas tus metas han desaparecido, que tu cuerpo se está pudriendo y tu esencia o alma no es más que un burdo sustituto de todo lo que has sido. Pero ya está: te has detenido para siempre. Ya no puedes sentir nada, solo un frío que recorre todo lo que queda de ti. Hay demasiados que, en vez de aceptar la muerte, insisten en que realmente están vivos y se engañan para creer que así es.

                -Pero os habéis rendido. En vez de comprender qué falla en este lugar os regodeáis en vuestra desgracia.-la joven estiró ambos brazos, abarcando la inmensidad que la rodeaba.- ¡Fíjate! Este lugar apesta a decadencia y putrefacción, ¿por qué tiene que ser así? Si vais a pasaros media eternidad resolviendo un acertijo, ¿por qué no intentáis cambiar este lugar? ¿Por qué no probáis a solucionar el engranaje que falla?

                Su padre rompió a reír. De todos los muertos, era el que parecía más real. Quizás porque solo habían pasado unos meses desde su fallecimiento, o porque tenía un objetivo claro, algo a lo que agarrarse en vez de asumir la derrota.

-Se nota que eres hija mía.-por primera vez en mucho tiempo, la joven fue capaz de notar que estaba orgulloso de ella.- Eso mismo es lo que pretendo hacer, eso es lo que estoy organizando al despertar el interés de mis compañeros de prisión.

Etérea sintió que un presagio devastador la sacudía. Fueran cuales fueran sus intenciones, lo último que buscarían sería el interés común. Y poco a poco estaba formándose una idea de lo que podía llegar a interesarle.

-Quieres sustituir al rey.-comprendió, atónita.

-Un ser cómo él debe estar deseando la jubilación, ¿no crees? Yo tengo el interés y la labia para recuperar el esplendor de este lugar. Conmigo regresarán al paraíso prometido que hay después de la muerte.

-Tú lo que quieres es coronarte rey de los muertos y conseguir el dominio eterno que en vida no tenías permitido.-Etérea agitó la cabeza, sin saber si reírse ante el disparate o temer la certeza que tenía el fantasma de conseguirlo realmente.

-¿Dónde está el problema? La anarquía y la ineptitud es la que ha hecho que este lugar se hunda en la miseria. Yo devolvería el esplendor y la esperanza, yo les daría un sentido para existir…

-Pero las cosas no funcionan así.-suspiró. En ese momento se dio cuenta que estaba sola: Diecisiete ya no estaba a su lado, había desaparecido en algún despiste de ambos. No debía de haber sido muy difícil: ambos estaban demasiado concentrados el uno con el otro como para prestarle atención a la chica con complejo de invisibilidad.- Aunque esté viva sé más de la muerte que tú. Y aunque me he cruzado con pocos fantasmas y almas en pena, sé que ellos no buscaban otra vida, sino descansar de una vez por todas en paz.

-Mi pequeña ignorante: crees comprender este mundo cuando solo has atisbado una ínfima parte de él. En la niebla se esconden monstruos y seres de otros mundos, engendros que han surgido a base de unirse entre ellos y pedazos de recuerdos con forma sólida. Hay cientos de mundos que se esconden en su interior. Y aunque no podemos entrar en ellos, los he observado con la curiosidad humana que tanto nos caracteriza: desde las brumas he visitado un laberinto encerrado en un cuadro, he oteado el Reino de las brujas donde casi captan mi presencia, he bordeado un cementerio de cuentos y he contemplado la lejana silueta de un teatro. Me he adentrado en el castillo del demonio y le he observado dormir dentro de una mancha mientras sus escasos súbditos pelean por resolver un acertijo. ¿Aun crees que no sé nada?

La pregunta flotó entre ambos, como un invitado en su breve disputa.

Etérea se abrazó al amor que sentía por la paz final, por su deseo que todas las almas lograran descansar. Solo así podía engañarse e ignorar la tentadora oferta que le estaba ofreciendo. Su padre sabía jugar con el don de la palabra, tuvo que reconocer, además del poder cautivador que siempre había tenido sobre ella.

-Únete a mí, querida hija.-el hombre le tendió una mano fantasmal.-Con tus poderes podremos evitar la maldición que asola este lugar: porque el final de todos nosotros es deshacernos en olvido y formar parte de la niebla. Ese es el único destino que nos han reservado.

-Te equivocas.

Etérea le dio la espalda, contemplando el extraño y cautivador lugar que había tras ella. La respuesta estaba en la madera carcomida que había en medio del barro reseco, en los cientos de objetos que la aguardaban o la inmensa negrura que había al final del todo.

Polvo

Trece se agachó al mismo tiempo que una centellada metálica sesgaba el aire y fragmentaba la pared. Sin tiempo para detenerse, continuó corriendo, tropezando con los cientos de desperfectos que cubrían los pasillos del castillo. Euel flotaba a su lado, incapaz de hacer nada para ayudarle, pero, por primera vez, con algo de expresión en su rostro: la indiferencia había muerto para dejar paso al enfado y el desprecio.

Sin dejar de jadear, el chico se apoyó en una esquina. El demonio parecía estar lejos, justo al otro extremo, pero con su velocidad inhumana podía adelantarse hasta donde se encontraban en menos de un parpadeo.

“Pero es muy torpe”, anotó mientras volvía a correr, aprovechando los escasos segundos de confusión que tenía para despistarle. “Y hay momentos en los que parece que no sabe lo que está haciendo.”

Cuanto más lo pensaba, más parecido le encontraba con Euel. Ambos estaban aprisionados por un pasado que no recordaban, ninguno sabía qué era… Por un instante, la posibilidad que el amado de la fantasma fuera su perseguidor revoloteó en su cabeza, pero con la misma fugacidad con la que se le había ocurrido la idea, acabó por desecharla. Euel le había reconocido como al ser al que odiaba, el mismo que la había encerrado, y él había comentado algo sobre un héroe al que estaba esperando.

El chico tropezó con un cascote que amenazó con tirarle al suelo. Estaba tan ensimismado que ya no se fijaba ni en los caminos que tomaba; había dejado que su instinto más primitivo le ayudara a escapar mientras él continuaba obsesionado con sus enigmas.

Por un instante se detuvo mientras contemplaba el lugar al que había desembocado el pasillo: parecía estar en lo alto de una pasarela que conducía a otro pasillo algo más inferior. Una escalera ruinosa conectaba ambos pisos mientras que una deteriorara barandilla los separaba.

-Este lugar…-murmuró entre jadeos de cansancio.-Me suena tanto…

A pesar de estar seguro que no habían cruzado esa ala del castillo, la sensación de familiaridad estaba ahí, como una compañera más en su aventura.

Instigado por un presentimiento, el joven avanzó por las escaleras. Era el mismo camino que habían tomado al entrar en el castillo, solo que acababan de descender a él por otro lado en vez de entrar por la puerta principal.

No muy lejos se escuchó un nuevo estallido y la melodía de la piedra al fragmentarse.

-¡Vámonos, Euel!-chilló, atenazado por el miedo.

Estaba tan aterrado que fue capaz de dar con la suficiente energía como para echar de nuevo a correr. El nuevo golpe había sonado demasiado próximo a ellos, lo suficiente como para que la adrenalina le diera la fuerza necesaria para atravesar patios y más pasillos, subir escaleras o retroceder al ver que la mayoría de ellas estaban enterradas tras un muro de escombros. De tanto en tanto se escuchaba el estruendo de su perseguidor, a veces tan cerca que parecía estar con ellos, en otras, tan lejos que solo les llegaba el murmullo atenuado de las paredes al derrumbarse.

-Está destrozando el castillo.-jadeó Trece, deteniéndose un instante para tomar aire.

Enfrente suyo había otro pasadizo destrozado. Pedazos de columnas se entremezclaban hasta formar una barrera infranqueable, aun así algunos fantasmas vagaban hasta llegar al límite para luego retroceder.

El chico contempló las paredes agrietadas, las delatoras marcas que recorrían techo y paredes como si alguien hubiera lanzado proyectiles, los pedazos que se desperdigaban por todos los rincones, como si encima del polvo hubiera una nueva capa. Todo el castillo estaba igual de destrozado, pero no había sido el tiempo el que lo había dejado así.

-Es él.-susurró, buscando la mirada cómplice de su compañera.- Es él el que lo está destruyendo… pero, ¿por qué?-el chico se pasó una mano por la frente, revolviéndose el cabello mientras estrujaba sus ideas en busca de alguna respuesta.- No lo entiendo…

-Si yo fuera él y no el ser despiadado y grotesco que es.-susurró mientras su cadavérica mano acariciaba una columna, tan ajada como todo en aquel lugar.-Odiaría tener que estar unido a este espantoso mundo.

Tímidamente, Trece se puso a su lado. La Euel racional, la que todavía poseía recuerdos y era capaz de relacionarlos mínimamente, tenía el poder de cautivarlo. Era como si una de esas reliquias a las que estaba comenzando a admirar cobrara vida, trayendo consigo la melodía del pasado que impregnaba en todo su ser.

-¿Crees que es eso?-le preguntó.- ¿Odia este lugar porque no puede escapar de él?

-Los seres sin corazón como él no sienten nada.-insistió ella, obcecada en su opinión.-Es una criatura tan despiadada como su reino, ¿cómo va a odiarlo?

-A veces las cosas no son como parecen, ¿recuerdas? –Suspiró mientras negaba con la cabeza.- Él dijo que necesitaba un héroe para que lo mate…

-Mentiras; lo que quiere es matar.

-Pero, ¿y si no es así? No puedes dejarte cegar siempre por tus prejuicios…

Bruscamente, la fantasma se separó de su lado. Más que ofendida, parecía indignada ante las reflexiones que intentaban destrozar el concepto de bien y mal. Pero en un mundo de grises, no había sitio únicamente para el blanco y el negro.

Poco a poco, su mirada recuperó el aire perdido e inconstante que la caracterizaba. Sin dirigirle ni una última palabra, Euel dio media vuelta y se internó en las profundidades del castillo. Temeroso y culpable, el chico corrió tras ella. Hacía rato que ya no se escuchaban los golpes sin sentido del demonio, pero lejos de tranquilizarle, esa ausencia que impedía ubicarle le incomodaba todavía más que los leves sustos que sentía cada vez que le escuchaba golpear algún obstáculo.

A pesar que la mayoría de pasadizos y escaleras le eran todas iguales, el joven notó que aquel camino ya lo habían hecho. También que su compañera no parecía guiarse por el azar; había en ella la seguridad de quien recorría un hilo imaginario para escapar de un laberinto o retomaba un sendero hecho mil veces en sueños o recuerdos.

Sin dejar de vigilar a su alrededor, Trece la siguió a través de, nuevamente, el pasillo principal. A pesar de la caótica estructura del edificio, era como si todos los atajos y escaleras acabaran desembocando en él.

Puede que ya fuera hora de descubrir a dónde conducía.

Decenas de muertos se cruzaron con ellos. Todos repetían palabras inconexas, extractos de enigmas cuya solución era tan esquiva y voluble como el rey que les gobernaba. Atrapado en un mar de frases sueltas, el chico intentó ignorar el aluvión que le rodeaba. Su curiosidad no podía dejar de intentar comprenderlas y darles un sentido que hacía tiempo que se había perdido.

Aturdido, se detuvo mientras contemplaba los rostros vacíos de los muertos. Por un momento, había notado la sensación de dar con una respuesta. No había sido ni un pensamiento, simplemente había sentido como una fugaz imagen recorría su mente. Lo único que recordaba es que era azul. Y verde.

Una mano helada tomó la suya, arrastrándole lejos de la locura de los difuntos. El joven contempló la silueta de Euel, tan diferente a los demás que parecía relucir entre ellos.

-Te vas a perder.-murmuró, girando levemente el rostro para contemplarle con sus ojos vacíos.

-Gracias.-sonrió, estrechando con fuerza a la mano que le guiaba.

A pesar de su tacto frío, de la piel frágil como el pergamino, de lo sencillo que era notar todos sus huesecillos, para Trece era lo más cálido y afectuoso que había en el reino de la niebla.

Sumidos en el silencio, los dos continuaron caminando, ignorando todo lo que les rodeaba. Solo estaban ellos y la puerta que se entrecortaba al final del pasillo. Y fuera lo que fuera lo que se ocultaba tras ella, ahí estaba lo que quería enseñarle Euel.

Sin dejar de echarle un último vistazo a su alrededor, el muchacho cruzó la inmensa puerta. Al otro lado les aguardaba un salón de paredes monumentales, techo abovedado y ventanales sin cristales. Una sensación de familiaridad le invadió; aquel lugar le recordaba a las salas de audiencias que había visto en películas y series medievales. Su mirada recorrió la estancia, deteniéndose en el trono que había en el extremo opuesto, confirmando así la intuición que había sentido.

Vagabundeando por sus dimensiones, algunos de los muertos caminaban sin rumbo fijo, tan ensimismados que solo les dedicaron una fugaz mirada de curiosidad. Solo uno de ellos pareció despertar de su aletargamiento: era el joven del chándal ensangrentado, quien con una sonrisa se dirigió hacia ellos.

-¡Hola de nuevo!-les saludó afectuosamente.- ¿Habéis regresado a romper nuestra monotonía?

Trece se revolvió, incómodo por su presencia. Había algo en él que le incomodaba, como si detrás de la máscara de interés y simpatía hubiera algo podrido.

-Estamos huyendo del demonio.-comenzó, retrocediendo un par de pasos instintivamente.- Súbitamente le ha dado por atacarnos y destrozarlo todo.

El fantasma rompió a reír.

-Le sucede muy a menudo.-ronroneó con voz soñadora.-Es divertido. Luego regresa a su trono y se esconde en una mancha para dormir. La última vez despertó poco antes que la niebla se revolviera ante la visita de los vivos.

“Nosotros le hemos despertado”, comprendió, “Nuestra presencia ha roto su aburrimiento y revivido su interés.”

-¿Hacía tanto que ningún vivo llegaba a este lugar?

El muerto se encogió de hombros.

-Soy un fallecido reciente, no llevo aquí ni una milésima parte que los demás. Y en todo ese tiempo, ningún vivo se ha atrevido a visitarnos. Eres el primero en mucho tiempo…-una nueva sonrisa surcó su rostro.- Ha sido tan confuso que casi no distinguí a una chica de los nuestros.

-¿Una chica?

-Sí. Pelo oscuro, tez pálida, ojos negros…

Trece negó con la cabeza. Era una descripción tan vacía que podía referirse a cualquiera. Incluso su cabello castaño podía pasar por negro dada la mortecina iluminación. Aun así, no ubicaba a ninguna de sus compañeras con esas características.

Sin dejar de suspirar, cansado y confuso, se volvió a encarar al fantasma.

-¿Sabes qué es lo que le pasa a vuestro rey? ¿Por qué todo parece haber estar tan abandonado?

El espíritu rio.

-Déjame responderte en el idioma de los acertijos, el único que mis compañeros saben hablar: le atormenta creerse rey cuando no lo es y todos piensan que así es.

-Eso no tiene sentido.-protestó.

-Sí que lo tiene, al igual que todo este lugar, solo que se ha perdido. ¿Quieres que te ayude a buscarlo? La eternidad es muy aburrida.

Un nuevo escalofrío de desconfianza le recorrió. A pesar que todavía mantenía la imagen de un cuerpo humano, resultaba escalofriante, al contrario que Euel, que cada vez le despertaba más ternura.

-Yo solo quiero regresar a mi mundo.-zanjó, evadiendo cualquier respuesta.

El muerto estiró los brazos en un gesto de cansancio.

-Y entonces pasarás todo lo que queda de tu vida preguntándote qué hubiera sucedido si te hubieras quedado investigando. Los enigmas te atormentarán hasta que un día por fin lo olvides todo.

-Y entonces moriré y regresaré aquí.-en ese instante, saber qué significaba morir le resultó más descorazonador que todo lo que le había sucedido.-Y tendré la eternidad para resolverlos.

-Entonces te esperaré.-sonrió alegremente, como animado ante sus funestas palabras.- Si a pesar de todo no has caído al abismo con el resto de fantasmas desesperados, regresarás algún día a este castillo. Solo tendrás que buscarme… sigue mi nombre; Finn, y me encontrarás.

Trece se revolvió, inquieto. No era el final que más ilusión le hacía. Y pasarse toda una eternidad resolviendo un acertijo tampoco lograba animarle. Desanimado, sintió como un vacío aprisionaba sus tripas, oprimiéndole. No quería morir y perderse a sí mismo, pero tampoco quería quedarse ahí eternamente. El concepto de tiempo estaba tan en desuso que no sabía cuánto había pasado desde que se había internado en aquel lugar, pero necesitaba regresar antes que sus padres se preocuparan. Afuera estaban sus amigos y su familia, mil experiencias que todavía no había vivido… Pero también la mortalidad.

-Está mal.-susurró alguien detrás de ellos.

Los dos jóvenes se giraron. No muy de donde se encontraban, Euel contemplaba el paisaje que les rodeaba a través de uno de los ventanales. Confusión y extrañeza, miedo e inseguridad batallaban en su mirada, en su rostro, en su tono de voz. Por fin había comenzado a comprender que nada era igual al inicio de su condena.

-Está todo mal.-repitió con un deje de enfado. Parecía molesta, como si en lo más profundo de su ser estuviera convencida que alguien había robado sus recuerdos y los había sustituido por una pesadilla.- ¿Qué hace esa niebla ahí? Antes no estaba…

Con el corazón atrapado en un latir frenético, Trece se puso a su lado.

Más allá de los muros del castillo, solo había un cementerio. El resto del discordante reino había desaparecido por la voraz niebla que amenazaba con hacerles desaparecer a todos.

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4 comentarios en “Capítulo 9: 9 『Hija del humo』

  1. Duh duh duuuuh! Que barbullo tengo por cabeza ahora mismo. Diablos, el padre de Etérea es tan… Digamos que cuando dije que la victima no resultaria ser quien pensaba todo el mundo, pues que quizas si sea cierto. Cada vez siento mas pena por sombra cariñosa.
    No me creo que 17 se haya largado y ya. Ahora no y tratandose de Ojos muertos menos, aunque con el tema llanura por ahi detras… Por ahora no dire nada.
    Euel es amor :3 y eso no hay quien que lo pueda negar. Me pregunto si 13 sera capaz de irse teniendo que dejarla atras si es que consigue salir vivo de alli. Nada nada, un nuevo ship se esta formando.
    13 acabo pensando lo mismo que yo sobre Euel y Sombra cariñosa. Puede parecer complejo pero tampoco lo descartaria tan rapido.
    Mooomento! Para el carro. Acaso insinuo Finn que 17 esta muerta? Por la descripcion podria ser Ojos muertos tambien pero no por razones evidentes. Alguna vez mencione la posibilidad de que 17 fuera un fantasma ya pero…
    Me emocione y todo cuando el padre de Etérea menciono el teatro y el reino de las brujas ambos cubiertos de niebla tambien.
    Ay, Euel abrio los ojos de una vez por todas. Ay.

    • A pesar de la niebla, la depresión, la soledad y el resto de comparsa gris, creo que esta está siendo la historia que más ships estás encontrando XD
      Como dije al principio, la Niebla está muy relacionada… y tu teoría sobre el Teatro no estuvo tan desencaminada. Resulta que ambos están solo a dos pasos.

  2. RUN BITCH RUN!!!
    Agh, odio las persecuciones, me pongo en el lugar de la victima y pienso “yo no duraria ni un minuto en esa posicion”
    Etérea! No vayas al lado nebuloso! ^A^
    Tengo una ligera sospecha sobre Trece pero me la guardare hasta el final… *silbido inocente*

    • Yo en las persecuciones siempre me imagino corriendo o escondiéndome, de ahí que Trece no le haya plantado cara al demonio.

      Ahora me vas a dejar con las ganas ;A;

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