Capítulo 8: 10 『Hija del humo』

 

Cenizas

                Sus pasos resonaban, cuadruplicados por el eco, creando la falsa sensación que no estaba sola. Una parte de su confuso yo sentía que así era, que en cierta manera estaba rodeada de seres tan lamentables y solitarios como ella, pero la chica estaba cansada de buscar excusas con las que esconderse y proteger su débil confianza.

                La pregunta de aquel ser que se autodenominaba “La esperanza” también se repetía dentro de su cabeza como si mil voces diferentes se estuvieran entreteniendo en volverla loca.

                Y tú, ¿quién eres?

                -Soy Diecisiete.-murmuró, alzando la mirada hasta la niebla sin fin que se acumulaba en lo alto de la cúpula que rodeaba al castillo.-Una cobarde que ha huido porque no es capaz de responder… como siempre, a fin de cuentas.-una sonrisa triste afloró en su rostro.- Nunca he sido capaz de luchar por mí misma, siempre dejaba que fueran los demás los que tomaran las iniciativas. Hasta que se aburrían de mí y buscaban otros amigos con los que entretenerse. Y nunca me atreví a decirles nada, a gritar y decir qué estaba ahí, que yo también tenía sentimientos. Y así ha sido siempre…

                A su alrededor no había más que silencio. Incluso las voces de los fantasmas perdidos habían terminado por desaparecer, pero la joven sentía que algo la estaba escuchando. Por una vez no estaba sola, o quizás simplemente por fin se había atrevido a abrir los ojos y reconocer de quién era la culpa.

                -Es fácil decir que todo es así por los demás. Pero yo he sido la primera en coronarme como “la chica invisible” y asesinar mi escasa iniciativa. Si nunca hablo, si nunca me hago imponer, si nunca doy mi opinión, entonces, seré siempre la eterna aburrida con la que nadie quiere hablar.

                Los ojos le escocían, deseosos de liberar todas las lágrimas que había estado reteniendo para no parecer una cobarde. Pero era incapaz de llorar. Tampoco se sentía con el suficiente ánimo como para gritar y dejar que sus chillidos resonaran con toda la energía que a ella le faltaba.

                Pero eso no era más que una manera de escapar y eludir la auténtica respuesta que se agazapaba tras la cobardía.

                Si no quería seguir siendo así, solo le quedaba cambiar.

                -He probado muchas veces a cambiar.-murmuró con la mirada perdida.- Decirlo es fácil, pero cumplirlo es un reto al que siempre he terminado por rendirme. Siempre me ha faltado un último empujón…

                Enfrente suyo, las lápidas y las ruinas trazaban un camino hasta la niebla. En el límite entre inconsistencia y seguridad, los contornos de una figura se fueron dibujando, como si una mancha de pintura blanca se hubiera vertido en un lienzo monocromático. Ahí estaba, nuevamente, la Esperanza, contemplándola con su rostro sin rasgos. Aun así parecía sonreír con esa mezcla entre diversión y rencor con la que la había estado observando en la sala del trono.

                -Un lugar extraño y demente, tan diferente al mundo al que estás acostumbrada.-la criatura extendió los brazos, abarcando la inmensidad del cementerio y el castillo.- ¿No crees que es un empujón suficiente?

                Una garra de miedo helado se aferró al corazón de Diecisiete, congelándola con la angustia que algo iba mal.

                -¿Qué eres?-musitó. Su mirada estaba fija en las proporciones de la silueta, cada vez más familiares y humanas.

                Eran las mismas que veía cuando se asomaba a un espejo.

                -¿Quién eres tú?-insistió la Esperanza, señalándola acusadoramente con la mano derecha.- Yo soy el sentimiento más poderoso al que todos se han aferrado alguna vez, pero que deciden desechar en cuanto se ven perdidos. Soy una emoción que ha cobrado vida gracias al poder de la Niebla y la cantidad de seres que siempre terminan por invocarme. ¿Y tú? ¿Quién eres tú para arrojar la esperanza y dejar de luchar?

                -Diecisiete.

                El apodo surgó por acto reflejo. Ni siquiera se había detenido a pensar los motivos que le llevaban a imponerlo ante su auténtico nombre. En lo más profundo de su ser sabía por qué, pero todavía no se había atrevido a dejar de mentirse y ahondar en sus propias respuestas.

                El aura del ser se calmó. Parte de su ánimo pendenciero se replegó dejando que la compasión ocupara la vacante libre.

                -Me tienes miedo porque intentaste asesinar a la esperanza que había dentro de ti, pero yo no puedo morir. No es tan sencillo.-la criatura dio media vuelta, internándose en las brumas.- En tu interior todavía te aferras a mí, sígueme y descubrirás a los que realmente dejaron que la desesperación pudriera sus almas.

                Sin esperar respuesta, dejó que los inquietos zarcillos de la niebla se aferraran a su cuerpo, devorándolo hasta desaparecer. La joven contempló el lugar en el que antes había estado su luminosa presencia: parte de la luz seguía ahí, como una guía fantasmal que la invitaba a recorrer un camino imaginario.

                Diecisiete se metió las manos en los bolsillos mientras echaba la cabeza hacia atrás. El mar de dudas de su interior no había hecho más que aumentar, alimentado por las misteriosas palabras de la Esperanza, pero dentro de su oscuridad, un débil brillo había comenzado a nacer.

                Su nombre era determinación.

                Una vez más, la chica dedicó una última mirada a la incertidumbre que la aguardaba tras la seguridad de la pequeña cúpula de polvo y cascotes. No sabía qué la esperaba tras lo precario, pero de lo que sí estaba segura es que si se quedaba ahí, rehuyendo hipotéticos peligros y decisiones, nunca lo averiguaría.

                Consciente que no tardaría en lamentar su decisión, Diecisiete se encaminó hacia las brumas. Dubitativa, su paso se ralentizó al llegar al límite, pero al final optó por regresar con los ojos cerrados y así no volver a mirar atrás para arrepentirse o cambiar de idea.

                Tras un par de pasos indecisos, la joven se atrevió a abrir los ojos. Las penumbras grisáceas volvían a rodearla, aunque al contrario que el color enfermizo de las que les habían recibido, éstas rozaban el negro y todos sus matices tristones.

                Cuando había estado cayendo con Catorce, no había podido evitar temer la inseguridad que les aguardaba al final del todo, pero ahora que estaba en ella, ese miedo había desaparecido.

                Porque los jirones que la rodeaban, imitando las volutas de humo, sabían a tristeza y desesperación. Eran parte de la presencia pesimista que abarcaba cada rincón, como un abrazo interminable que pretendía asfixiarles. Pero no por maldad, como en un principio había creído, sino porque ya no sabía que había que hacer para existir.

                El fondo del abismo que rodeaba al castillo era para las criaturas que habían rechazado la luz.

                Diecisiete comenzó a andar sin tener ningún rumbo fijo. Caminaba consciente que tomara el camino que tomara, todos le llevarían al mismo lugar. A pesar que el paisaje se mostraba invariable, a ratos más oscuros, a ratos más brillantes, fue capaz de notar como sus zapatos se hundían en un grumo espeso y denso que parecía recubrir aquella especie de suelo.

                Curiosa, la chica se arrodilló mientras estiraba el brazo. Sus dedos se untaron con la extraña masa. El contraste entre su piel pálida y la mancha, tan similar al chocolate, logró sacarle una sonrisa de nerviosismo.

                Por muy imposible que pudiera ser, no era más que barro.

                Una risa nerviosa brotó del manojo de nervios que habían sustituido a su control. Aunque tarde, por fin había comprendido lo que Catorce, su primer amigo de laboratorio, había intentado decirle al comparar esa prisión con el país de las maravillas. Todo no era más que un continuo de desastres e imposibles, solo que en vez de estar coloreados por una locura contagiosa y alegre, era el deprimente gris el que había impuesto su reinado.

                Aceptar la desdicha no era más que rendirse a él.

                La joven se incorporó. Se sentía extraña después de tanto tiempo sin reír, acostumbrada a protestar y quejarse en vez de intentar dar con el lado positivo que todas las dobles monedas escondían con trucos y engaños.

                Sí, estaba perdida en una especie de pesadilla distorsionada poblada por seres extravagantes. Sí, el día había comenzado con una práctica de laboratorio donde una vez más había estado sola, al igual que el resto de los días, calcos tan exactos que se confundían los unos con los otros.

                -Pero he hecho un amigo.-gruñó, lanzándole una mirada desafiante a lo alto de las brumas.- Y me he atrevido a dejar mis miedos atrás…

                Caminaba sin darse cuenta, impulsada por el repentino valor que había logrado que su cuerpo eternamente frío, entrara en calor.

                A su alrededor la Niebla iba perdiendo consistencia. Los hilillos eran débiles, poco más que brisas traslúcidas, y una luz espectral y tenebrosa se filtraba por entre los espacios que dejaban. Sombras de aspecto humano, luminosas pero de un gris cadavérico, se cruzaron en su camino sin desviar su mirada a la suya. Todas parecían repetir lo mismo, con los ojos brillantes de demencia:

                -Ya está aquí… Ya está con nosotros…

                Un escalofrío recorrió el cuerpo de la chica. Aquellos seres estaban tan perdidos que no se fijaban en ella, parecían como espectros de los muertos que aguardaban en el castillo, sombras de sombras.

                Ellos sí que habían perdido la esperanza incluso de resolver un simple enigma.

                La joven continuó su camino. Mientras la niebla se iba disipando y los fantasmas aumentaban, restos de ruinas empezaron a surgir de la nada: aviones estrellados, casas con las paredes cubiertas de hollín y las puertas quemadas… los lugares que apestaban a tragedia se apostaron en los márgenes de un camino que no existía. Parecían sumideros de putrefacción en los que las criaturas se amontonaban como carroñeros en pizca de algo que les recordara qué era estar vivos.

                A pesar de la mezcla entre miedo y pena que revolvían su interior, Diecisiete continuaba. Ella era más parecida a esos seres de lo que creía, pero al contrario que todos ellos había sido capaz de distinguir un fino hilo de esperanza que parecía guiarla entre los restos mortuorios.

Muerte

                Al despertar, lo primero que sintió fue el mordisco del frío, gélido y atenazador, que se filtró por su cuerpo. Etérea parpadeó, pero la oscuridad no quería abandonar su turbia visión. Con los brazos agarrotados, intentó incorporarse, pero se sentía débil, incapaz ni de alzar la mano para poder contemplar sus dedos y confirmar que no estaba ciega.

                Sus dedos palparon el suelo en el que estaba tendida. Parecía de una piedra ajada por mil años que a su tacto humano se deshacía polvo. Con un gran esfuerzo se obligó a alzar la espalda, cargando todo el peso en sus codos. Entre los resquicios de las penumbras pudo distinguir los contornos de unas paredes que la aprisionaban en una jaula sin puerta ni ventanas visibles, solo oscuridad y más oscuridad, la misma que había robado sus sueños.

                La joven se dejó caer, incapaz ni de sostener su cuerpo. Una débil sonrisa sarcástica afloró en su rostro, más pálido de lo habitual.

                “Así se deben de sentir las víctimas de los vampiros”, pensó, demasiado débil como para hablar. ”Esas inútiles damas en apuros de las que siempre me quejaba…”

                Y ahora, era ella la damisela a la que necesitaban socorrer. ¿Quién sería su caballero? ¿Enric?

                “No, él está demasiado lejos”, en su interior algo protestó. Eran sentimientos como amistad o confianza en otras personas, los mismos que había intentado desterrar. “Además, ya tiene a su princesa helada esperándole al final de su cuento.”

                No sabía si estaba despierta o dormida. Con los ojos abiertos o cerrados. Lo único que resonaban eran sus pensamientos, estridentes en comparación de la calma mortuoria de la prisión.

                Sus recuerdos la visitaron, como invitados en el delirio de un sueño. La joven de sus memorias no se parecía a ella; carecía de su determinación, de la frialdad con la que había acorazado su corazón, pero tenía una chispa de ingenio que seguramente habría sido capaz de iluminar la oscuridad que la rodeaba.

                Etérea se aferró al silencio. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? ¿Cuánto tiempo habría pasado fuera? El paso de horas y días se había convertido en su enemigo, convirtiendo su vida en una inquiera carrera a contrarreloj.

                No podía perder ni un segundo, ni un hálito de su fuerza, todavía le quedaba mucho por hacer antes de regresar a ese mundo y quedarse en sus ruinas sin saber quién había sido.

                El eco de unas pisadas rompió el silencio. Un rostro sumamente pálido en el que se enmarcaban unas profundas ojeras surgió de entre las sombras. Era una joven poco mayor que ella, aunque la inocencia de su mirada pétrea la hacía parecer mucho más pequeña, como una recién nacida.

                Y aunque no sabía quién era, ni se había dado cuenta de la bata blanquecina que ondeaba alrededor de su cuerpecillo, en un instante sintió que estaba unida a ella por una magia mucho más compleja e intuitiva que la de llamar a los muertos.

                “¿Quién eres?”, le preguntó con la mirada mientras la muchacha le tendía una mano que no era capaz de aceptar.

                Como imaginándose lo que pasaba, la desconocida cargó su cuerpo, tan ligero como un saco de huesos, ayudándola así a cruzar una puerta que había estado camuflada entre las paredes.

                El pasillo en el que se adentraron era tan oscuro como la habitación que habían abandonado, pero su salvadora parecía guiarse bien por él, aunque el truco estaba en una mano que tanteaba la pared, dejando una marca ahí donde su corporeidad tocaba la piedra.

                Antes de sumirse en el sueño, Etérea había visto a los miles de muertos que realmente aguardaban al final del abismo, por ello le sorprendió que ninguno de ellos se interpusiera en su camino. No se encontraron con ningún fantasma ni siquiera al salir del lugar en el que la habían encerrado. No obstante, lo que sí notó fue un olor suave, como a melocotones y leche fresca, que parecía iluminar las ruinas en las que se hallaban.

                La chica, cansada de cargarla, la ayudó a apoyarse en la pared de un edificio destrozado. Su mirada, tan oscura como la del rey loco, vigilaba los alrededores, inquieta y decidida al mismo tiempo.

                -Sé que todo es muy confuso.-comenzó, desviando el rostro al suyo.-Y que no nos conocemos de nada… Ni siquiera sé que es lo que está pasando, pero te agradecería que confiaras en mí…

                Etérea asintió. Lentamente podía notar como su poder y su energía vital regresaban a su maltrecho cuerpo, sediento de rabia por los que la habían atrapado.

                -Sonará muy raro.-continuó la desconocida.-Pero la Esperanza se ha materializado al otro extremo de este lugar para atraer a los muertos y así crear la suficiente distracción para escapar.-con un mano temblorosa señaló la dirección opuesta a la que se encontraban.-Tenemos que correr hacia ese lado y esperar a tener la suficiente suerte como para que no nos descubran.

                Una sola mirada fue más elocuente que las palabras frías y cortantes con las que estaba acostumbrada a expresarse. Conscientes que esperar era perder el escaso tiempo que les había sido regalado, la recién llegada sujetó a Etérea por la cintura antes de echar a correr.

                Múltiples cascotes y traicioneros objetos quemados se interpusieron en su camino, como si así podían detenerlas, pero las dos continuaron huyendo, esquivando brechas y trampas.

                Y al final de su precipitada carrera no había más que una enorme depresión, cubierta completamente por barro con zonas húmedas y otras secas, en la que habían depositados un montón de objetos: una muñeca sin brazos, una peonza cuyos colores habían formado una mancha a su alrededor, como las lágrimas que no podía derramar…

                El límite entre la ciudad de los fantasmas y el lecho estaba separado por madera carcomida y podrida de una estructura que también se había rendido al deterioro. No muy lejos de ellos, el esqueleto de una inmensa estructura de madera, antaño majestuosa, descansaba en el cementerio de cachivaches, testimonio de un pasado que ya nadie recordaba.

                -¿Y ahora qué?-jadeó Etérea. La niebla no se atrevía a bordear aquel lugar que se perdía en el infinito sin más salida que una negrura impenetrable que aguardaba miles de kilómetros más lejos.

                -No lo sé.-suspiró su compañera, mucho más asustada que ella.

                Alguien rio a sus espaldas, sobresaltándolas. Con un escalofrío recorriendo su columna vertebral, la maga dio media vuelta, enfrentándose al monstruo de sus pesadillas.

                Rodeado por unos fantasmas de sonrisa perversa, el fantasma de su padre reía, más real incluso que cuando estaba vivo a punto de ser asesinado por las palabras de su hija.

                Etérea cerró los ojos, conteniendo la necesidad de llorar. Era un miedo que había estado ahí desde que había comprendido que ese era el hogar de los muertos; tarde o temprano su progenitor reclamaría su venganza y todos los intereses crueles que se le podrían ocurrir.

                -No sé quién eres.-susurró con melancolía.-Pero en cuento tengas una oportunidad, huye. Esta es mi lucha, no la tuya.

                A su lado, la chica tensó imperceptiblemente los hombros.

                -Diecisiete, soy Diecisiete.

                Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de la joven. Un simple número le había ayudado a comprender quién podía ser. Al final la persona a la que iba a salvar había sido quien la había ayudado, dándole una vuelta a ese torcido destino suyo.

                Y ahora, el designio inescrutable la obligaba a enfrentarse a su padre loco, muerto, cruel, egoísta, ansioso de poder, pero su padre, a fin y al cabo.

Polvo

                No todas las ruinas tenían las respuestas que buscaba, pero en ellas era capaz de encontrar pedazos de historias que nunca se le habría ocurrido buscar en piedras. Con un gesto meditabundo, Trece acarició los contornos de una columna. A pesar de las lagunas que tenía en su memoria, Euel había sido capaz de ayudarle a interpretar qué significaban pinturas y capiteles, qué simbolizaba una hoja tallada en la roca o qué se ocultaba tras una cenefa.

                Y esos pequeños misterios eran mucho más interesantes que descubrir los misterios del cuerpo humano y cómo funcionaba. Seguramente sería algo que sus padres no aprobarían, quienes no habían dudado en empujarle a una carrera que le era indiferente para que heredara la farmacia. Pero aprender cosas inútiles y asignaturas tan obsoletas como Botánica nunca había estado dentro de sus objetivos.

                No obstante, desentrañar los misterios del pasado estaba adoptando un sabor mucho más interesante, como el de los retos que le gustaba resolver.

                -¿Sabes, Euel?-murmuró, convirtiendo a la fantasma en su único testigo.-Si logro salir de aquí creo que me gustaría estudiar arqueología.

                El rostro impertérrito de la cadavérica dama le contempló con curiosidad.

                -¿Arqueología?

                -Es…-el chico dio media vuelta, buscando las palabras para explicar algo que a él siempre le había parecido obvio.-Es un trabajo… Como investigadores del pasado: se encargan de recuperar textos o lugares y de comprender cómo se vivía antes.

                La criatura asintió levemente. Parecía que el tema no le interesaba, pero se estaba esforzando para no abstraerse de nuevo.

                -Eso sí que me gustaría.-continuó el muchacho.- Comprender cómo eran antes, de qué manera vivían, cómo se comportaban…

                -¿Pero quienes?

                -Ellos… Todos los que estaban antes de nosotros y cuyos restos han quedado olvidados…

                Mientras hablaba no pudo evitar contemplar los restos de Euel. Era difícil señalar a qué época pertenecía, pero parecía que había sido arrebatada muchos años antes que él naciera. No solo por sus recuerdos o conocimiento, también por el porte y talle de su vestido o su firme creencia que tenía que esperar a su amado.

                La figura sin rostro ni nombre del prometido de la fantasma se paseó por su imaginación, regalándole más preguntas que las que ya le atormentaban. ¿Por qué nunca había regresado? ¿También se había olvidado de su amada? ¿O había muerto en el intento? ¿Y por qué era tan importante como para intentar atraerle con un cebo?

                Trece suspiró. Por más que intentara resolver enigmas, estos continuaban aumentando. Y temía que al final se quedaría sin resolverlos, que nunca lograría conseguir la verdad definitiva, convirtiéndolos en un lastre que cargaría mientras se desesperaba en buscar soluciones que estaban fuera de su alcance.

                Agotado por todas las triquiñuelas que se amontonaban en cada por qué de ese lugar, por el dolor de su cuerpo magullado, por las emociones de ese día que parecía no terminar nunca, se arrastró hasta uno de los ventanales. Cansado, se dejó caer hasta quedar apoyado en una temblorosa barandilla que vibró sospechosamente al notar el peso de su cuerpo. La ventana no tenía cristales, completamente innecesarios en un lugar donde no había viento, lluvia o visitantes inesperados. Pero, ¿siempre había sido así?

                A lo lejos, el suelo retumbó.

                Con la suavidad de un soplo de aire, Euel se acomodó a su lado. Todo el espanto que había sentido al verla por primera vez había terminado por desaparecer: la criatura era, a su manera, muy hermosa. Su cuerpo corrompido de princesa muerta encajaba perfectamente con el castillo en ruinas, como si desde el principio fuera parte de su decorado.

                El retumbar se escuchó más cerca, como si un gigante se estuviera acercando a ellos amenazadoramente.

                -¿Por qué esperas?-susurró Trece, ignorando así los ruidos sordos que se cernían sobre ellos.

                -Porque sé que él vendrá.-insistió su compañera. Su cadavérica mano abrazó el colgante que pendía de su cuello.-Ni siquiera el soberano de las almas perdidas puede separar al amor verdadero.

                -¿Pero y si no lo hace? ¿Te quedarás eternamente esperando hasta que tu cuerpo se consuma?

                -Regresará.

                Trece abrió la boca, en busca de más indirectas con las que intentar hacerle entender que no iba a ser así, pero el estrépito de la puerta al astillarse acaparó su atención

                Sobresaltado, el chico se encaró hacia el agujero bruscamente creado. Entre la polvareda y astillas se alzaba un ser monstruoso del negro más oscuro que nunca antes había visto. Con el paso torpe de quien no domina su cuerpo, la criatura se adentró en la sala. Con un escalofrío, el joven contempló a un ser casi más alto que el inmenso portón, ahora destrozado, que conducía a la sala. Pero lo más aterrador de todo era que su cuerpo, forjado entero de oscuridad, imitaba al ser del cuadro de la habitación olvidada.

                Y aunque nunca antes le había visto ni se había percatado del gesto de repulsión de Euel al ver al engendro, supo que era el dueño del castillo, el rey loco que le había arrastrado a sus dominios.

                Con la mirada fija en el arma que, amenazadoramente, se alzó apuntándole con su filo, Trece sintió que las ganas de hablar con él y pedirle que le devolviera a su hogar, habían desaparecido. Ya solo quedaba el pánico irracional y una pizca de pena ante su lamentable aspecto.

                Aunque hubiera imitado el gallardo aspecto del cuadro, no era más que una sombra incapaz de brillar por sí misma.

                -Yo también llevo mucho tiempo esperando a ese héroe.-una boca inmensa, como un tajo que cruzaba toda su cara, surgió del rostro sin rasgos.- Ahora lo comprendo, aunque siga sin saber quién soy: llevo esperándole miles de siglos humanos a que regrese para matarme o dar sentido a mi existencia.

                Unas cavidades donde antes estaban habían ojos contemplaron fijamente al chico.

                -¿Serás tú ese héroe al que estoy buscando?-murmuró antes de abalanzarse sobre él para matarle y encontrar así su destino.

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4 comentarios en “Capítulo 8: 10 『Hija del humo』

  1. Si! Carajos si! Mis hermosas waifus se encontraron *0* (?)
    Sinceramente me siento feliz por 17, por fin se atrevio a dar el paso adelante h confiar en si misma. No sabemos cuanto durara, pero llevada por la incertidumbre y la inesperada ayuda de Esperanza fue a buscar sus sueños o a Ojos muertos, como lo veas.
    Y parece que mi teoria va viento en popa, algo las une, algo magico, quizas 17 no es lo mismo que Etérea como dije al principio pero algo éoé
    Ow Ojos muertos esta celosa? No tan claro lo tengo. Que aprieca a Enric seguro. Pero que aun quede alguien de pie en su pueblo. Lo dudo mucho mas bien la mencionada persona que se la llevo el hielo y la cual sigue amando. Eso esta confuso de momento.
    Creo que entiendo el sentimiento de 13 aunque en general es mi aficion por descubrir, dejando de lado que a mi si me gusta entender como funciona el cuerpo humano. Euel ~~~ cada vez se me hace mas bella. Y por fin sombra cariñosa reacciono, aunque no para bien. Sin duda esa acusación la dejo confusa a tal punto de olvidarse de Etérea. Que tan mortal puede ser el tiempo y el aburrimiento?
    13, hijo mio, te voy a dar un consejo vital e inolvidable que ha pasado de generación en generación durante siglos: corre.

    • De parte de Trece: Gracias por el consejo
      Ya tocaba encontrarse. La Niebla tiene muchos caminos, pero pocos destinos.

      Que ganas tengo de que termines de leer y me cuentes tu opinión >w<

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