Capítulo 6: 12 『Hija del humo』

Con un injustificable retraso, por fin llega el sexto capítulo de Hija del humo. (Y, por tanto, dedicado enteramente a Chuchi 😉 )

¡Espero que os guste! Algunas incógnitas están empezando a dejar ya las pistas que llevan a su solución mientras que otras no dejan de aumentar.

Olvido

                Brazos minúsculos, garras desproporcionadas, dedos desparejos… cientos de extremidades unidas entre sí pugnaban por entrar en el laboratorio. Sus afiladas uñas arañaban las paredes mientras manos monstruosas golpeaban los cristales de las ventanas, agrietándolos.

                Por un momento, todo fue caos, descontrol, una oda al miedo y un cántico al pavor. La poca luz que se filtraba por las ventanas titiló, convirtiendo el laboratorio en un mar de penumbras y luces que paulatinamente se iba cubriendo de negro. A su alrededor, alguien gritaba intentando esconderse en una mesa, otro se aferraba a un taburete para alejar al pandemónium de extremidades en un vano intento de defenderse, una chica se abrazó el estómago, al borde de un ataque…

                Y él estaba en el centro de aquel huracán, paralizado por el terror.

                Súbitamente, aquel amasijo de carne y pedazos de monstruos cosidos entre sí desapareció como si algo lo succionara, alejándolo del laboratorio. Con paso dubitativo, Enric se tambaleó hacia una de las ventanas: flotando en el inmenso vacío, una criatura de aspecto antropomorfo y un aura de auténtica malignidad cruel, no el instinto primitivo de una bestia como la que les había atacado, los declaraba como suyos, protegiéndoles. Y para su sorpresa, aquel ser, rezumante de poder, se deshizo ante una pregunta.

                “Esto es de locos”, murmuró para sus adentros mientras se alejaba de la ventana. “Y cada vez tiene menos sentido.”

                Agotado, se dejó caer, sin preocuparse por los papeles, cristales y una especie de líquido que tapizaban el suelo. A su alrededor, los demás chicos se daban palabras de consuelo, saboreando esa débil paz mientras alejaban de sus pensamientos la cercanía de la muerte y el no retorno. Y aunque el engendro había desaparecido, el terror todavía estaba presente en sus miradas, cincelando sus rostros y condenando sus movimientos. Era un miedo que, poco a poco, iba enraizando cada vez con más fuerza. Ninguno de ellos lo sabía, pero la desesperación había comenzado a filtrarse por las grietas de sus fortalezas y, lentamente, iba minando su confianza.

                Estaba tan cansado, por el estrés y el pesimismo, que no se movió ni cuando la puerta se abrió bruscamente. Solo cuando una voz conocida, entrañablemente conocida, gritó su nombre, Enric alzó los ojos hasta encontrarse con la furibunda mirada de Etérea.

                -¿Qué estás haciendo aquí?-gruñó la joven. A pesar del tono frío de sus palabras, furia y miedo batallaban en ellas.

                Etérea, la chica que aborrecía a los vivos estaba preocupada por él.

                -Tu sombra me engañó.-gruñó mientras se incorporaba.- Parece ser que estaba preocupada por ese monstruo y me llamó para que les ayudara…

                Según se iba justificando, todo iba perdiendo su sentido.

                La muchacha frunció aún más el ceño, adoptando una pose meditabunda.

                -No…-murmuró, clavando su mirada en un punto impreciso de la nada.-Le llamaste para que me convenciera y regresara…

                Enric contuvo un escalofrío. Puede que fuera por el espectral lugar en el que se encontraban, pero la imaginaria amiga de Etérea parecía que estaba entre ellos como un ser vivo más, a pesar que era incapaz de verla. ¿Sería esa una habilidad de la Niebla? ¿La capacidad de darle vida a lo que no existe?

                -No voy a regresar, todavía no…-susurró, vacilante, como si no estuviera segura de lo que estaba diciendo.-Antes tengo que encontrar a los dos chicos que siguen perdidos…

                La joven hizo ademán de dar media vuelta y desaparecer, pero el chico la retuvo por el brazo. No podía volver a abandonarle, no era justo.

                -Deja que te acompañe.-le imploró.-No puedes hacerlo sola…

                -Puedo y debo.-graznó Etérea, desasiéndose de su abrazo.-Te dije que no me siguieras, te pedí que te mantuvieras ajeno a esto… Y aquí estás, complicando este juego… No me sigas o pagarás las consecuencias.

                Y sin despedirse, la chica terminó de darle la espalda antes de sumergirse en la Niebla.

                Enric se pasó las manos por la cara, conteniendo las lágrimas de rabia y decepción que pugnaban por escapar.

Muerte

                Etérea se dejó abrazar por la niebla, desapareciendo en su interior. Le dolía haber sido tan brusca con el chico, pero era necesario: mientras que los estudiantes que estaban ahí atrapados no eran más que desconocidos que no le costaría abandonar si le volvían a proponer un imposible, Enric era una persona que valoraba y apreciaba. Lo más parecido a un amigo fruto de las circunstancias que los había empujado el uno al otro.

                Y a él sí que no quería perderle.

                Con un suspiro con el que intentó disipar sus temores, la joven tomó uno de los caminos que su mirada maldita podía leer entre las brumas. A su lado flotaba el payaso, salido nuevamente de la nada, como un morboso espectador.

                -Yo no avanzaría así.-graznó con su voz de juguete.-Ahora que el amo está descontrolado no hay nadie que la proteja…

                Una fina sonrisa cruzó su rostro de porcelana.

                -Al contrario: ahora que está débil puedo protegerme de él.

                Dejando una estela grisácea a su paso, la chica continuó descendiendo. Por muy terrorífico que fuera aquel lugar, una parte suya se sentía a gusto. Era ese pedazo de su ser que durante su infancia había reprimido con tal de negar la existencia de los fantasmas. Al aceptarlos y asumir su miedo a lo muerto, había aflorado de nuevo. La mitad de su esencia necesitaba a los vivos, la otra añoraba a los muertos. Y por ello, siempre sería una intrusa entre ambos.

Una sensación de déja vu la invadió cuando volvió a desviar su camino, alertada por unas voces lejanamente conocidas: cuando había intentado descender por primera vez, había sucedido lo mismo.

Flotando inamovibles en un punto impreciso del mar de tinieblas y brumas, el único estudiante con el que se había encontrado discutía con el chico fantasmal en vez de retomar el camino que le llevaría de regreso al laboratorio.

Poco a poco, el enfado fue pugnando en su interior, alimentándose de los pedazos de rabia que había estado cosechando: la impotencia de no ser más que la pieza de un juego entre seres más poderosos, la certeza de saber que sus poderes no eran suficientes para solucionarlo todo con un toque de varita mágica, el cansancio de dar vueltas en busca de unos escurridizos chiquillos que no se quedaban quietos… Todo se iba acumulando, amenazando con estallar cuando menos se lo esperara.

Olvidando su ruta inicial, Etérea se desplazó hacia ellos. Los chicos estaban tan inmersos en su discusión que no se dieron cuenta de su presencia hasta que la tuvieron casi encima, taladrándoles con la mirada y conteniéndose para no gritarles.

-¿Qué estáis haciendo?-gruñó con falsa dulzura.-Creo recordar que os había pedido que regresarais al laboratorio…

El mortal enrojeció con el mismo miedo con el que un profesor riñe a un discípulo que ha escapado a su control.

-Solo ha pasado un instante desde que nos abandonasteis.-el otro chico, sonriente y fantasmal, se apresuró a dar una explicación. Al igual que el resto de habitantes, le hablaba con un tono reverencial.-Y pensábamos regresar, aunque antes queríamos solucionar un problema.

-¿Cuál?-la mirada de Etérea se convirtió en una fina ranura oscura.

-No puedo abandonar a Diecisiete.-intercedió el muchacho.-Y ellos son dos: uno puede acompañarme y el otro buscarla… pero no se atreven a ir abajo.

                La joven frunció el ceño, ¿qué era lo que preocupaba a esas criaturas? Su mente rescató los confusos recuerdos de su visita al castillo: a pesar de su abandono, estaba poblado por fantasmas, pero casi todos ellos sin un ápice de cordura. Los objetos animados, los fantasmas cuerdos, los espantos… ninguno de ellos se atrevía a descender tanto. ¿Miedo? ¿Respeto? ¿Temor a la inestable criatura que jugaba a gobernar? ¿O algo más que escapaba a su control?

                -Tomad una decisión e iros.-les ordenó, aprovechándose del respeto que su figura despertaba.-Este lugar no es seguro…

                Seguida del payaso, Etérea retomó su camino. Aunque no terminara de llegar al laboratorio, había uno de los tres chicos perdidos al que tenía mínimamente controlado. Ahora solo quedaba encontrar a los dos restantes y dar con las respuestas para escapar ella sola, sin necesidad de pactos demoniacos o trampas.

                Las brumas del sendero imaginario se fueron oscureciendo según descendía. Una vez más, nuevas preguntas la asaltaron. Aquel lugar tenía un orden tan único, tan diferente a cualquier otro lugar que hubiera conocido que todo en él le resultaba exageradamente extraño.

                Pero más allá de lo que veía, ese sitio despertaba emociones en ella demasiado confusas. Había momentos en los que se sentía como si hubiera encontrado su hogar perdido, otros en los que el miedo la atenazaba con sus dedos helados. Pero lo peor de todo eran las voces: el mar de gritos que la había arrastrado cuando había intentado invocar el alma de Paolo Calomarde seguía ahí, aletargado entre silencios, pero en cualquier momento podrían volver a despertar y volverla loca con esos chillidos que resonaban en su cabeza, taladrando sus pensamientos.

                Meditabunda, Etérea intentó seguir el mismo camino. Las penumbras que la rodeaban adoptaban formas caprichosas, como si un demente armado con un pincel se estuviera entreteniendo dibujando trazos imposibles y ondas ilógicas. Y entre aquel caos, un sendero se iba desdibujando, como si el demonio que lo había trazado se hubiera olvidado de él o su poder se hubiera desvanecido.

                Y poco a poco, la oscuridad comenzaba a ceñirse sobre ella, aprisionándola con su asfixiante existencia.

                A lo lejos, un chillido resonó como un eco vacío.

                Su mirada escudriñó las sombras. En lo alto del todo, el payaso la llamaba. Sus brazos rellenos de algodón se agitaban como las aspas de un helicóptero mientras su boca cosida la llamaba una y otra vez.

                Pero su grito no tenía más fuerza que la de un susurro moribundo.

                -¿Qué sucede?-balbuceó la joven.

                Pero antes que pudiera comprender qué estaba sucediendo, algo la aferró por los tobillos, arrastrándola a las profundidades del abismo. Etérea intentó resistirse, pero según su cuerpo se iba hundiendo, el sueño le arrebató a su conciencia, dejando que la oscuridad se adueñara también de su mente.

Cenizas

                Diecisiete deambulaba por la inmensa sala de trono. A pesar que estaba vacía, la joven caminaba con sigilo, vigilando cada uno de los tenebrosos y traicioneros rincones. No había llegado a atisbar a la criatura que hacía poco menos de un instante se agazapaba entre sus ruinosas paredes, pero su presencia se mantenía, omnipotente, como una perversa neblina invisible que reptaba entre las columnas y jugaba con los ventanales. No había tenido la desgracia de conocerla, pero la voz que había escuchado había sido suficiente para desconcertarla: había algo oculto, una magia que no terminaba de comprender, que la impulsaba a temer al demonio, pero también a rendirle pleitesía y obedecerla. Esa voz inhumana, que en ningún momento se había dirigido a ella, tenía el poder de obligarla a cumplir sus deseos, de aprisionarla con su poder oscuro.

                No se atrevía a imaginarse qué pasaría si llegara a encontrarse cara con él. ¿Hasta qué punto su voluntad se reduciría a cenizas? Le temía; era un miedo innato, palpable, que rodeaba su figura, ensalzándolo como soberano del terror.

                Y esa misteriosa chica, esa enigmática Maga había sido capaz de escapar a él.

                No pudo evitar admirarla por ello, también por la manera en la que había intentado controlar la situación, resistiéndose a ceder al diabólico pacto que le habían propuesto. ¿Era ese poder del que hablaban? ¿O era por su personalidad?

                Los dedos de la chica trazaron una carita triste en el polvo que cubría las paredes. Se sentía lamentable, odiosamente débil por tenerle tanto miedo a un ser que no había llegado a ver. Eso es lo que era ella: una cobarde que no aceptaba la realidad, incapaz de romper la barrera de hielo que la separaba de los demás; una pesimista que había acabo hundida por su propia desesperación. Ella era Diecisiete, la que nunca encajaba.

                -Dieciséis huecos, dieciséis sillas.-canturreó entre susurros.- Había ocho sitios esperándonos; uno por pareja. Ocho más ocho, dieciséis…-una lágrima solitaria cruzó su rostro marfileño.-Dieciséis, siempre dieciséis, entonces, ¿y Diecisiete? ¿Quién es Diecisiete? La niña triste, la niña sola, la niña vacía, la niña…

                Su voz enmudeció, incapaz de continuar. Quería llorar, pero no podía. Quería gritar, pero no se atrevía a romper el silencio sepulcral, casi sagrado, del reino de la niebla. Quería existir, pero no era más que un deseo tonto. Herida, derrotada, la joven se sentó en una esquina, hundiendo el rostro entre las rodillas mientras se abrazaba las piernas. Ya no se acordaba de Trece, ni de Catorce, ni del resto de sus compañeros: solo quería cerrar los ojos y dormir, dejar que su cuerpo también se cubriera de polvo y su cuerpo se tiñera de gris.

                Un lamento ahogado irrumpió su melancolía. Aturdida, la joven abrió los ojos: lo que parecía ser una inmensa mancha de tinta, brumosa como la niebla misma, había atravesado los ventanales y se desperdigaba por el suelo. Su cuerpo era un líquido rezumante y sus manos dos garras que se alzaban como orando a un dios desconocido.

                No sabía muy bien por qué, pero Diecisiete reconoció en ese despojo lamentable a la criatura que gobernaba desde el trono podrido. Pero mientras que su voz, autoritaria e insana, le había provocado pavor, ver su auténtico cuerpo sin forma, descompuesto en un grumo oscuro, hizo que aflorara en ella la pena.

                Era perverso y maligno, lo sabía y era consciente de ello, pero extrañamente vulnerable. Una parte suya sentía que necesitaba proteger a ese engendro, a pesar de sus intenciones.

                Y poco a poco, casi sin darse cuenta de ello, fue comprendiendo qué era lo que realmente le sucedía.

                -¿Quién soy?-barbotó. Su boca no era más que una hendidura de la que emergían burbujas y salpicaduras de tintas.

                Su voz, un chirrido inhumano, se elevó como una plegaria desesperada. No se lo decía a ella, ni siquiera era consciente de su presencia, sino a alguna entidad que solo él podía ver o imaginar.

                Diecisiete se sorprendió intentando imaginarse a qué dioses oscuros adoraba, si realmente existían. Su aletargada curiosidad necesitaba comprender un poco más de la naturaleza de ese espanto, por qué a pesar de su mediocridad despertaba tanto interés en ella. Un interés inhumano, una obsesión que rozaba la adoración por un ser despreciable.

                Y entonces, como un ángel perdido, una silueta luminosa se materializó enfrente de la criatura. En realidad era como si desde el principio hubiera estado con ellos, solo que hasta ese momento no se habían dado cuenta de su presencia. Conteniendo un grito de miedo y sorpresa, la chica contempló a la nueva presencia: era la misma sombra blanquecina que había seguido en el momento en el que había caído por el laboratorio. Desconocida y familiar al mismo tiempo, aterradora y afectuosa.

                -Tú.-farfulló el engendro, extendiendo una pegajosa garra hacia la silueta. El luminoso ser se dejó rozar por los desiguales dedos, sin inmutarse por su contacto, al contrario que el demonio, quien apartó el brazo rápidamente.-Tendrías que estar muerta… No puedes existir: todos te han olvidado, todos colaboraron en tu asesinato. Hundimos cuchillos de olvido en tu esencia y derramamos tu sangre blanca por la Niebla…

                -No todos me perdieron.-su voz era la misma que a veces resonaba en la cabeza hueca de Diecisiete; cristalina, sobrenatural, pero aterradora por su naturaleza.-Trocitos diminutos de mi esencia se aferra en sus cuerpecillos, me escondo entre las palabras de los acertijos de los muertos, en la maldad de las almas en pena: cuanto más me odiáis, más fuerte me hago.

                Lo que parecía que era su rostro se giró hacia la chica. Dos huecos que bien podrían ser ojos se clavaron en su mirada, recriminándola con una mezcla de odio y amor.

                -Yo al menos no he olvidado mi nombre: soy la Esperanza que una niña abandonó y que gracias a su regreso me ha permitido recobrar un cuerpo. Tú,-se dirigió de nuevo al espanto.- inmundo rey sin reino ni súbitos, demonio sin poder, cuerpo sin rostro, ¿quién eres?-nuevamente, su mirada se alzó en busca de la chica.- Y tú, ¿quién eres?

                Diecisiete, intentó decir, pero las palabras se atascaron en su boca.

Polvo

                Intentando ignorar la penetrante mirada del hombre del cuadro, Trece aprovechó la débil luz que emanaba de Euel para apartar los cascotes que separaban la estancia de un tenebroso y estrecho pasillo. Entre los diversos fragmentos encontró desde pedazos del techo que se había derrumbado con él hasta fragmentos de mosaicos, más pinturas desgarradas y piedras de un origen impreciso. Era como si hubiera detonado algo en la antesala, incomunicando la habitación, o que un ser gigantesco los hubiera lanzado ahí, condenándolos al olvido. Conteniendo un escalofrío, el chico le lanzó una mirada intranquila al cuadro. Era una pintura excelente, una maléfica obra de arte, pero ahí estaba, abandonada en un cuartucho que ya nadie recordaba sin más destino que la putrefacción. Y sin más compañía que deteriorados tapices y obras de colores desvaídos y dibujos borrosos.

                De inmediato, una pregunta resonó en su cabeza, carcomiendo lo poco que había comprendido de aquel lugar: ¿Habían intentado olvidar todas esas creaciones a propósito? Parecían valiosas, aunque solo fuera por la época que reflejaba y el tiempo que encerraban en sus lienzos, pero ahí estaban, como gemas abandonadas en un sótano mientras su belleza se marchitaba.

                Con un sonoro bufido, el muchacho dejó una inmensa piedra en un lado. No tenía la fuerza ni la paciencia suficiente para desbloquear el boquete, pero había logrado crear un diminuto agujero por el que intentar abandonar el cuartucho y adentrarse en una oscuridad desconocida. Intranquilo, dio media vuelta para repasar la habitación, aferrándose a la vana esperanza de dar con alguna salida que se le hubiera pasado desapercibida. Pero no había nada más que las pinturas que decoraban sus paredes: el resto de la sala estaba desnuda.

                -Raro.-murmuró en voz alta. Se engañaba a sí mismo diciendo que hablaba con Euel; en realidad lo hacía para comprobar que no había desaparecido ni que se había convertido en uno de los fantasmas solitarios. Pero asumirlo implicaría reconocer que poco a poco estaba perdiendo el juicio.-Es condenadamente extraño… ¿Por qué sellar una habitación con unos cuadros? No son tan feos…

                Pero para su sorpresa, su fantasmagórica amiga se dio por aludida. O puede que simplemente respondiera porque le apetecía.

                -Es una manera de olvidar el pasado.-susurró con la misma musicalidad que el soplo de una brisa.-Olvidar para fingir que nunca ha pasado.

                Trece se contuvo para seguir interrogándola. Una pregunta llevaría a otra y aunque no las llegara a formular, continuarían en su cabeza, multiplicándose hasta desbordarle de incógnitas y misterios sin respuesta. Y Euel no tenía las respuestas: no era más que una criatura atrapada en una época que hacía tiempo que había dejado de existir.

                -Por favor,-se atrevió a pedirle con una voz ahogada, teñida por el inherente miedo a la oscuridad.- ¿Te atreverías a adentrarte tu primero?

                La fantasma, sin acceder o negarse, se deslizó entre los casquetes hasta convertirse en un rayo de luz débil y grisácea que iluminó el corredor. Algo más seguro, el chico se dejó caer, aunque atento al traicionero suelo. No quería que éste se desplomara y le arrastrara de nuevo a unas tinieblas aún más oscuras. Y así hasta que ya no hubiera donde caer, solo una oscuridad de la que no se podía regresar.

                Atenazado por mil miedos sin nombre, el joven se adentró en las entrañas del castillo. Después de un par de pasos tambaleantes, fue recobrando parte de la confianza al notar la solidez y la seguridad del suelo que pisaba. Y aunque la luz era muy escasa como para confirmarlo, sentía que estaba en una zona muchísimo más antigua que las ruinas del castillo: parecía que estaba en un túnel de paredes cavernosas y símbolos extraños grabados en ellas.

                -Símbolos no… dibujos-exclamó súbitamente, pasando la mano por una de las marcas.

                Ignorando la angustia de estar en un mar de nada, sin principio ni final visible, Trece agarró a Euel como si se tratara de un farol, aproximándola a las paredes: los grabados eran antiguos, toscos y rudimentarios, pero había en ellos una belleza cautivadora. Con la yema de los dedos leyó sus muescas, los rasgos de unas criaturas antropomorfas que se revolvían en posturas imposibles.

                Aturdido, el chico retrocedió. Todo el túnel estaba recubierto por decenas, cientos, miles de engendros tallados en roca que se retorcían en una agonía perpetua. No había ninguno igual, todos eran diferentes en mayor o menor medida. El único rasgo en común en todos ellos era que parecía que se estuvieran dirigiendo a algún lugar: todos sus brazos, raquíticos, musculosos o diminutos, apuntaban hacia la incertidumbre que se agazapaba al final del túnel.

                Incapaz de contenerse, el joven tomó a Euel de la mano antes de echar a correr. Necesitaba respuestas, comprender qué era lo que anhelaban los seres de piedra, qué perseguían y qué se escondía al final de su camino. Por primera vez desde que había entrado en el reino de la niebla, se sentía cargado de una energía capaz de darle un objetivo.

                Sin parar de tropezarse con las traicioneras esquinas, Trece se arrastraba por el túnel, indiferente a las magulladuras o al incipiente dolor que le punzaba las piernas. Aun así, tardó en darse cuenta que ya no corría, sino que era Euel la que le empujaba: el inexpresivo rostro de la fantasma estaba cubierto por una bruma de determinación. Como si comprendiera que era lo que les aguardaba al final del túnel.

                Bruscamente, los zarcillos de luz que el cadavérico cuerpo de la dama emitía se detuvieron en una puerta descomunal. El techo de la caverna, hasta ese entonces casi rozando sus coronillas, se elevó a una altura imposible de la que no había manera de ver su final. Enfrente de la puerta, Trece se sintió ridículamente diminuto: un intruso en un mundo de gigantes. A su alrededor, las criaturas talladas se arremolinaban en los goznes, incapaces de acariciar la pulida piedra que formaba cada una de las dos hojas de la puerta.

                El joven entrecerró los ojos: la luz de la fantasma no era capaz de iluminar toda la estancia, pero entre las débiles penumbras era capaz de distinguir que había un nuevo grabado en la puerta: uno mucho más hermoso, detallado y perfecto. Rodeado por un mar de colores desvaídos, el mismo hombre demoníaco cuyo cuadro presidía el cuarto del olvido reía desde su prisión de roca. Una sonrisa demente cruzaba su rostro casi ya sin rasgos mientras unos brazos imperfectos se alzaban a modo de un saludo. Era como si estuviera dándoles la bienvenida a su impuro reino.

                -Yo he estado aquí.-murmuró Euel. Sus palabras sobrevolaron el silencio, adaptándose al vacío y el eco de la antesala.

                Y con un gesto instintivo extendió su putrefacta mano hacia las puertas. Al acariciar la piedra, éstas se abrieron, iluminando el vestíbulo. La luz que había al otro lado era gris, enfermiza como todo en aquel mundo, pero después de las penumbras brillaba cegadoramente.

                Cubriéndose los ojos con la manga de la bata, Trece siguió a Euel al interior de lo que parecía otra sala de proporciones descomunales. Era como si hubieran abandonado el mundo de las ruinas para entrar en uno de gigantes. ¿O eran ellos los que habían encogidos? Sin dejar de darle vueltas a la posibilidad, el joven giró sobre sí mismo, maravillado por la belleza marchita del lugar: parecía que se encontraban en un salón destinado a bailes, con enormes ventanales de cristales agrietados a los costados y columnas que se retorcían sobre sí mismas, amenazando con desmoronarse. El suelo era otro mosaico destrozado cuyo dibujo se había perdido entre polvo y colores borrados: lo único que el chico fue capaz de distinguir fue como dos enormes manchas, separadas por una línea imperceptible. Solo una conservaba parte del color: gris, como el mármol que lo cubría todo, como la niebla que les rodeaba más allá de las ventanas, como la luz que iluminaba los candelabros de cristal que pendían de las paredes.

                -Yo he estado aquí.-repitió Euel.

                Como una princesa desorientada, la dama dio un par de vueltas por la pista de baile. Los rayos de penumbras arrancaron brillos plateados a su etéreo pelo mientras su vestido se elevaba como una seda mecida por el viento. Bailaba, aunque no era consciente de ello. Su mirada vacua intentaba relacionar el polvoriento salón con la majestuosidad de sus memorias mientras sus huesudos brazos se alzaban en busca de pedazos de recuerdos. Pasados o presentes, tanto daba, lo único que quería era comprender qué era ese lugar tan familiar para ella a la vez que extraño.

                Siguiendo un impulso inconsciente, se aferró a Trece por la cintura, arrastrándole a su baile fantasmal. Sin dejar de dar unos traspiés que su compañera no era capaz de percatarse, el joven intentó mantener su ritmo. Una oleada de nostalgia le revolvió: a pesar de su aspecto aterrador, de su esperpéntica manera de ser, sentía pena por Euel: no era capaz de aceptar que llevaba mucho más tiempo del que había creído sumida en una espera que nunca terminaría, que su mundo había cambiado, que estaba muerta y su cuerpo podrido, que era un habitante de ese mundo que tanto detestaba. Pero a pesar de todo, ella seguía feliz en su espera interminable.

                Conteniendo unas lágrimas, el chico se apoyó en el torso de la fantasma. Podía notar como las costillas, a través del vestido, se clavaban en su mejilla. Ya no quedaba casi carne en ella, solo huesos y un rostro por consumir. Y colgando entre sus clavículas, un colgante tan oxidado como ese cuerpo que algún día dejaría de existir.

                En la sala abandonada, los dos bailaban, siguiendo el compás de una siniestra melodía que solo Trece podía oír: a pesar que el torso de Euel estaba hueco, podía escuchar como un polvoriento corazón latía a pesar que ya no existía. Puede que la joven estuviera tan convencida de su existencia que su canción todavía resonaba en su cuerpo, interpretando la danza de los vivos.

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5 comentarios en “Capítulo 6: 12 『Hija del humo』

  1. Y con un poco de retraso llego para comentar. Me sabe mal no tener a mano los ultimos capitulos en el que se narraba la prueba final de las dos lunas. Ya te lo dije una vez pero me habia acordado de ese capitulo en question leyendo los primeros de la hija del humo. Y de nuevo.
    A ver, vamos por partes. El ship enric x etérea va cobrando fuerza, aunque con el rapapolvo que la ha metido ojos muertos al chico sin decirle acerca de sus sentimientos, me temo que a la minima se va a tirar de cabeza en la niebla. Sep yo lo veo.
    Desconfianza, ay… A veces no es suficiente quemar las cartas y actuar como si nada hubiera pasado…
    Que majo 14, en tal infierno se atreve a sufrir por una desconocida como 17 en vez de mirar por el, que majo.
    Ojooos muertos! No! Esto va mal, el espanto del payaso revela que quien se llevo a ojos muertos no es sombra cariñosa.
    Decir que el trozo en el que Etérea se llamaba a si misma intrusa fue melanconicamente bonito ❤
    Mi pobre 17, tu tambien sufres tanto como para poder ver el dolor de sombra cariñosa verdad? Su melanconia hacia el pasado glorioso perdido, ahora encerrado bajo llave. Sera esa la razon de tu pena?
    Y llego la dama de blanco, quizas la esperanza abandonada por 17 o por mas personas, acumulandose en un mismo ser odiado por la niebla, por ser lo contrario a ella? Quien sabe, por como hablaba y se fijaba en 17 parecia referirse a ella.
    Entre edte ultimo trozo i el de etérea te hace dudar quien es realmente la victima aqui.
    La ultima narracion fue hermosa. El pasadizo, el objetivi de 13, los tallados, el pasado enterrado, la sala de baile y los latidos de Euel. Y obiamente ella misma. Muchas cosas en la descripcion de la sala, el comportamiento de euel y las dos figuras del suelo me hacen seguir pensando acerca mi teoria del olvido de Euel. Y quizas alguna interferncia sobre su procedencia o donde acabo ahora su mundo. Y su posible relacion con el pasado sombra cariñosa.
    Antes de irme queria preguntarte si tenias algun dibujo de Ojos muertos, el otro dia se me ocurrio una idea pero aparte de su descripcion me gustaria ver como es ella dentro de tu mente.

    • Ya… pero lo eliminé todo del blog, lo siento U___U
      Bueno, las dos puedes ser víctimas de sus respectivas historias (Es más, Euel también es una). Entre una cosa y otra, el más “feliz” de todos es Catorce. O Trece, son los que no arrastran así ningún trauma o mala experiencia.
      Sí, tengo varios. ¿Dónde quieres que lo suba para que lo veas? ^^

      • Deviant art va bien si no te molesta. La verdad tardare un poco porque ando medio ocupada y eso con mi trabajobde recerca pero la idea esta >:3 (mehehe)
        Ah y ni te preocupes por lo de las dos lunas, es un poco mas de dificultad pero me gustan los retos.

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