El crimen perfecto: El enigma【Relato】

                Las puertas del infierno se abrieron para nosotros una última vez.

                Eran dos puertas normales, insignificantes, las mismas que uno podría encontrarse en su casa. Eran tan mediocres que si no fuera por su naturaleza oscura nunca nos habríamos fijado en ellas. Pero ahí habían estado, decorando el falso comedor de nuestra falsa residencia durante esos falsos días de paz. Eran tan feas e inútiles como un jarrón ridículo de esos que tanto le gustaban a mi abuela o un cuadro moderno de líneas absurdas. Y aun así, siempre las habíamos estado contemplando, entre aterrados y respetuosos, temiendo el momento en el que, finalmente, se abrirían para nosotros.

                Detrás de ellas estaba la incertidumbre, la sospecha y el último misterio, aquel que decidiría quién viviría y quién no.

                El crimen perfecto.

                Con la misma angustia de una condenada a muerte, mi mente vagó por los recuerdos de los intensos momentos que habíamos vivido. Momentos agridulces, teñidos por la desesperación de saber que uno de nosotros era un asesino. Un vil cobarde capaz de sacrificar a un compañero por la egoísta necesidad de vivir y escapar de este juego. El Juego.

                Creo que para que me comprendáis tendría que comenzar desde el principio, pero carezco de ese tiempo. El juicio está a punto de comentar y, cuando lo haga, más me vale tener la mente despejada para exponer razonadamente mi teoría.

                Me llamo Salima y siempre quise ser detective.

                Es curiosa la manera en la que los sueños se tergiversan, corrompiendo los deseos hasta que estos pierden su significado. Nuestro demonio particular nos ha convertido a todos en detectives, denigrando aquello por lo que siempre luché y que ahora, a pesar de las burlas y las risas que un día despertaron, no nos queda más que aferrarnos a ese título para vivir.

                Menos para Marta. Para ella ya es tarde.

                Con una nueva sacudida, más brusca que la que había precedido su abertura, las puertas terminaron de abrirse con un chirrido tan falso como la decoración que intentaba emular los juzgados de las películas. El Infierno parecía sacado de un espectáculo de televisión. Y en realidad así era, una especie de Gran Hermano que no terminaría hasta que se cometiera un asesinato. Su propuesta era tan ridícula como estremecedora. Los espectadores eran nuestros testigos, aquellos que contemplarían hasta donde podía retorcerse la naturaleza humana, hasta dónde podríamos llegar por mantenernos con vida, aún a costa de los demás. Ese era el nuevo significado de ser fuerte a cualquier precio.

                A pesar de mi aparente calma, el corazón me latía con tanta fuerza que casi noté como intentaba escapar de la presión de carne y huesos que era mi cuerpo. Muchos confundiréis mi emoción por miedo, lo más adecuado para este caso, pero ciertamente estaba emocionada: ante mí se presentaba la posibilidad, no solo de lucir mis dones, sino de participar en el desenredo de un crimen.

                Con contenidas zancadas, me adelanté hacia la tarima, el elemento central de la habitación de paredes escarlatas a la que nos habían conducido. A modo de burla, la misma mente perversa que había diseñado aquel juego había preparado un pequeño estrado de madera donde diez barandillas emergían, una para cada uno de nosotros y la muerta, quien tenía una fotografía de honor como mera presencia. Una fotografía en blanco y negro marcada con una cruz. Y a pesar de ello, los ojos de Marta relucían con fuerza, mirándonos acusadoramente con el mismo ímpetu con el que hicieron gala en vida.

                Uno a uno, todos escogimos un lugar, guiándonos por el instinto y el azar. La mayoría evitó la mirada del cuadro, un gesto huidizo que seguramente el asesino compartiría con todos los cobardes que se habían alegrado al saber que había muerto ella y no ellos.

                El único que mantuvo la mirada fija en el cuadro fue el más peligroso de todos mis contrincantes, el único capaz de entablar una lucha dialéctica con pericia e ingenio; Ecel, también conocido como “El abogado del demonio”, a pesar de no ser más que un mero estudiante de derecho como el resto.

                Los ojos del chico pasaron del cuadro a los míos, logrando que me estremeciera. Era el único que no estaba asustado por la cercanía de la muerte, tal y como delataba su mirada; la diversión estaba reflejada en ella, como si todo fuera únicamente un juego.

                Y lo era, no podía olvidarme que lo era, pero no para nosotros, tristes piezas menospreciables, sino para los espectadores de este supuesto juicio. El último elemento irrisorio que terminaba de convertirlo todo en una tergiversada parodia de la realidad era nuestro juez: una muñeca mecánica con forma de bruja. Su mecanismo le permitía, no solo hablar con nosotros o interactuar emulando ser uno más, sino que también presumía de tener personalidad y nombre propio: Birko. En este mismo instante, la brujilla se encontraba sentada en un trono lo suficientemente grande como para compensar su escasa altura y poder mirarnos desde lo alto. Sus grotescos rasgos, impersonales en apariencia, se acentuaron por la iluminación: su sombrero era una amalgama de hierro retorcido que se inclinaba ligeramente en la punta y su vestido estaba confeccionado con cientos de retales que se unían bajo las órdenes de unas puntadas blancas, exageradamente visibles, que contrastaban con su cuerpo de metal negro. Sus ojillos, rojizos como los de un insecto, y su sonrisa de tiburón no era más que el reflejo de nuestra audiencia.

                Como toque cómico sujetaba uno de esos martillitos típicos de los juzgados. Burdo como él mismo.

                ―Jus jus jus…―rio Briko, cubriéndose su rostro deforme con las manos, emulando los gestos humanos. Su risa mecánica se repitió por el eco de la sala, cada vez más chirriante y metálica―. El primer juicio ha comenzado, ¿recordamos las reglas?

                Asentí aunque no hacía falta.

                Para que podáis comprenderlo, imaginad que despertáis en una pesadilla. Cuando abrí los ojos, despertando en lo que parecía un dormitorio cualquiera de una residencia cualquiera si no fuera por las planchas de acero en las ventanas, nunca me imaginé hasta qué punto mi vida se había torcido. No recordaba cómo había terminado ahí, pero sí podía sospechar el embrollo al que me acababan de condenar. Es la época de los reality shows asesinos, donde la miseria humana ha sustituido los concursos de belleza y los espectáculos de cámara oculta. En vez de avanzar, hemos retrocedido hasta las primitivas luchas de gladiadores, buscando nuestro límite en un circo de espantos tras romper las pocas reglas que todavía nos quedaban.

                Diez jóvenes encerrados en una residencia fortificada, sin posibilidad alguna de escapar. Paredes y puertas tapiadas por pesadas placas de acero, verjas eléctricas en escaleras obligándonos a recluirnos en una planta donde únicamente estaban las habitaciones, la cocina, el comedor… y las puertas, las malditas puertas que conducían al Infierno con su maldito juicio y su maldito juego.

                En realidad, sí que hay una manera de escapar: cometiendo el crimen perfecto.

                Esas son las reglas del juego: mata sin que nadie te descubra. Y sobrevive al juicio.

                En el juicio todas las pruebas serán presentadas y un culpable será elegido. Si el asesino es descubierto, morirá, postergando la vida de sus compañeros. Si un inocente es condenado, todos los demás morirán y el asesino escapará.

                Todavía me acuerdo del grito de Inma cuando descubrió a Marta. La más pequeña del grupo parecía estar dormida, arropada en un sueño dulce, pero la frialdad de su cuerpo y la palidez mortal que éste trasmitía fragmentó esa imagen. Este no era un lugar para niñas inocentes, sino el escondrijo de un asesino. Y está entre nosotros.

                Alcé la cabeza cuando Birko terminó de recitar sus reglas, alardeando de lo especialmente macabro que sería la “condena” para los castigados. Puede que el destino de Marta, al final, fuera preferible al que nos aguarda si sale la elección errónea.

                A mi derecha se encontraban las chicas; Begoña, Ana María e Inma; y a la izquierda los chicos; Paolo, Tinhi, Josua, José Manuel y Ecel. Maldito y condenado Ecel, él es el único que se mantiene indiferente a Birko, pues piensa disfrutar del juego.

                Y no puedo dejar que me derrote.

                Mi mirada recorrió la de cada una de ellos, deteniéndose mínimamente en las dos manchas pardorojizas de Ecel, indiferentes al miedo y a los nervios, tan faltas de ética o moral como los de la bruja monstruoso. Rosa contra rojo. Las pruebas sensatas y lógicas de una detective contra la verdad retorcida y engañosa de un abogado.

                ―¡Que comience el juicio!

                Separé mi mirada de las del chico, deteniéndome en la de Birko. De la misma manera en la que uno saca unas palomitas para disfrutar del espectáculo, la criatura se había rodeado de paquetes de galletas.

                ―Antes de comenzar ―mi voz sonó más chillona que de costumbre, pero decidida. Y en parte me sentí aliviada de poder trasmitir la confianza que realmente carecía―, me gustaría confirmar que Marta ha sido asesinada. Su cuerpo carece de señales algunas.

                La sonrisa del muñeco se amplió. Al hacerlo, los puntiagudos dientes se entrechocaron, produciendo un extraño silbido que no dudé en calificar como risa. Parecía como si mi pregunta le hubiera divertido.

                ―Marta Benimelli Calero ―con cada palabra, proferida entre chirridos y chasquidos, fue hundiendo aún más en la desesperación y desconcierto a los que todavía se aferraban en la inocencia del grupo o no podían comprender el enigma del crimen―, ha sido asesinada por uno de los aquí reunidos.

                ―Entiendo ―nuevamente, mi mirada recorrió la de mis compañeros, aunque deteniéndose mínimamente en la de Ecel en un vano intento de escapar del magnetismo que me producía―. Quiero que sepáis todos que daré con el culpable, por ello, los que seáis inocentes podéis estar tranquilos; daré con la verdad, desengranaré este asesinato y encontraré al culpable. Podéis fiaros de mí.

                ―Yo… ―la voz de Inma, una joven que se había caracterizado por su calma y entereza, sonó débil, lejos de la confianza que había proyectado cuando calmó a Marta después que nos explicaran las reglas del juego el primer día. También es cierto que entre ambas se había forjado una estrecha relación. Quizás eso explicaría el temor que la sacudió al ver que la joven no venía a desayunar y le impulsó a correr hacia su cuarto, donde sus miedos cobraron. Ahora, tanto voz como dueña, se encontraba a un paso de la locura y la desesperación―. Yo solo quiero que el asesino sufra…

                Asentí, notando el presentimiento que su juicio y decisión estarían influenciados más por la venganza que por la objetividad. Y aunque todavía era pronto para saber hasta qué punto podría afectarme, no dudé en mantenerla vigilada, pues ese descontrol podría declinar la balanza a un extremo poco conveniente.

                Cerré los ojos, buscando las primeras piezas del juego mientras repasaba mentalmente el hallazgo del cadáver.

                Inma había sido la primera en entrar en la habitación de Marta, descubriendo el cuerpo. Su grito de pánico alertó rápidamente a Begoña y Ana María, quien no tuvo ningún reparo en acercarse a la joven y comprobar que efectivamente estaba muerta.

                Los demás llegamos más o menos a la vez, todos juntos, o por lo menos es lo que me pareció a mí. Era tal el caos que fue difícil precisar si alguien se rezagó, aunque, inevitablemente, Ecel fue el que se mantuvo más frío. No me sorprendió verle en medio del tropel, como un cuervo a la espera del augurio, contemplando fijamente el interior de la habitación, contemplando cada detalle, frío e insensible, como si las emociones humanas no tuvieran nada que ver con él.

                Las habitaciones se encuentran todas en el mismo pasillo, a la derecha la de las mujeres y a la izquierda la de los chicos. La de Marta, en concreto, era una de las más centrales, situada justo entre la de Begoña y la mía.

                Por lo que pude ver después, cuando inspeccionamos los cuartos en busca de pistas y pruebas, es que todos tenían el mismo esquema; una habitación grande e impersonal, con una cama, un armario y un escritorio, y un pequeño baño a un lado. Para darnos más seguridad a la hora de dormir, todas las puertas tenían pestillo, pero Marta se olvidó de cerrar la suya. Grave y fatal error.

                ―El cuerpo… ―comencé, regresando de mis recuerdos al presente―. No tenía ninguna señal física. Ni marcas de forcejo ni de arma blanca, por ello, para el arma del crimen, solo me queda apostar por un veneno.

                ―Entonces, es fácil ―Ana María alzó la voz. Al contrario que yo, habló con menos temblores y un poco más de calma―. El culpable debe de ser alguien que domine la materia…

                Su mirada, al igual que la de la mayoría, se dirigió inevitablemente hacia Tinhi, un chico que había destacado por su conocimiento de Botánica. Aterrado por la acusación, el muchacho empalideció.

                ―Un veneno es una arma sencilla…―murmuró Josua, un joven tranquilo y sosegado. Al hablar fue atrayendo hacía sí la atención, pero al contrario que nosotras dos, ese protagonismo le hizo flaquear en sus últimas palabras―. He leído muchas novelas de detectives donde es el protagonista de la trama, y no necesariamente ha de ser alguien que domine el tema…

                ―¡Eso son libros, esto es la realidad! ―Le interrumpió José Manuel, de temperamento y personalidad radicalmente opuesto―. Además, ¿no suelen decir que el veneno es arma de mujeres?

                Me tensé, picada por el comentario machista. Aunque es inevitable, los tópicos están por todas partes, enturbiando la objetividad y corrompiendo la verdad.

                ―Me apuesto lo que queráis ―mientras hablaba le lancé una mirada furibunda, lamentando y agradeciendo a partes iguales su provocación: adoro hablar en público, no solo por mi falta de vergüenza, sino que soy casi una adicta a la atención de los demás. Y aun así, solo cuando me enfado o tengo algo que defender soy capaz de hablar con la suficiente claridad que realmente me gustaría tener―, a que alguna vez vuestro padre o madre os ha dicho que no bebamos del detergente o que hay que tener cuidado con las dosis de algún jarabe. Un veneno puede ser cualquier cosa, desde de un medicamento de la enfermería a algún producto de limpieza de la cocina. Por tanto, cualquiera de nosotros puede haberlo hecho.

                Al otro extremo de la tarima, Ecel sonrió. Por un instante creí que diría algo, pero se mantuvo en silencio, expectante ante el siguiente argumento o contraataque, como si estuviera esperando a que llegara el momento idóneo para irrumpir.

                ―Tienes toda la razón ―sonrió Ana María―. Pero no estaría mal tener algún posible culpable, y Tinhi es el que tiene más papeletas… o Josua y sus conocimientos novelísticos. Sería los únicos capaces de trabajar con la dosis letal con la suficiente confianza de no estar cometiendo un error.

                ―¡Qué hablen entonces! ―Gritó Inma, lanzándoles una mirada de odio a los dos chicos―. ¡El asesino de Marta debe de morir!

                Josua empalideció aún más. Casi ni se notaba la diferencia entre el color de su piel y su camisa. Tinhi, por su parte, abrió la boca, como si estuviera a punto de decir algo, pero optó por callarse. En seguida comprendí ese silencio suyo, pues aunque fuera inocente, el siguiente punto volvería a incriminarle.

                ―Suponiendo que el veneno la mató por la noche ―continué, mirándole de reojo con una pizca de lástima―. Marta tendría que haberlo ingerido a la hora de cenar, por lo que el culpable habría aprovechado el momento de hacer la cena para verter en su plato la sustancia letal.

                Fiel a la tradición inculcada por los padres y la sociedad, casi todas las chicas habían colaborado activamente a la hora de hacer la comida, mientras que únicamente Paolo y los dos sospechosos habían ayudado por parte del sector masculino. De las féminas, las únicas que no hicimos nada fuimos Ana María, quien se entretuvo hablando con José Manuel, y yo, que acabé discutiendo con Ecel sobre varios temas éticos y nuestros diferentes puntos de vista. Al final me vi obligada a echar una mano mientras servían los platos para escabullirme de sus argumentos inacabables.

                Es por ello que puedo afirmar con total seguridad que tiene la misma enfermiza obsesión por ganar que yo. Ese defectillo que tantas veces me ha obligado a tomar decisiones incorrectas, precipitándome en vez de sospesar los pros y los contras. Tal y como dice el refrán: “los polos iguales se repelen”.

                ―Lo que yo dije ―bufó José Manual con una sonrisa sardónica―. Una chica.

                ―O uno de nuestros dos sospechosos principales ―terció Ana María, orgullosa de su teoría.

                Hablaba con la misma prepotencia y seguridad con la que acaparaba todas las posibilidades en clase. Ella era siempre la primera en hablar, en llamar la atención, en ofrecerse voluntaria y llevarse consigo todos los premios.

                ―O alguien que tuvo la oportunidad de derramar la sustancia en el plato de Marta ―insistí―. Confiando en que no cerraría la puerta…

                Y finalmente, Ecel rompió su silencio.

                ―Nos olvidamos de un detalle ―su voz calmada, pero llena de confianza, fue ganándose el público, deteniendo el debate con una habilidad envidiable― si el veneno la mató, ¿qué necesidad tendría el asesino de regresar a la escena del crimen, es decir, servir la mesa?

                Temblé, cerrando con fuerza mis manos alrededor de la barandilla.

                ―Si realmente fuera así el caso ―continuó―. ¿No sería más sencillo envenenar a alguien al azar?

                ―¡No! ―Contrataqué, maldiciendo interiormente el tono agudo y chillón que se me escapó. Y aunque el joven tuviera numerosos e incontables defectos, no pude sino admirar esa calma de la que yo carecía y que en ese mismo instante le confería una especie de aura de confianza―. Porque entonces habría una mínima posibilidad en la que el asesino se envenenara a sí mismo.

                El chico esbozó una sonrisa. No parecía divertido por mi idea, sino más bien interesado en que le estuviera dando algo de juego. En ello puedo comprenderle: pocas personas pueden aspirar a intentar derrotarme en debates, casi siempre se rinden, dejándome poco margen para lucirme.

                Y la terrible idea de que Ecel no se esforzaría en dar con el culpable, sino en luchar contra mi teoría regresó, animándome mínimamente de una manera que solo pude calificar como “estúpida”. Porque aunque haya vidas en juego, nosotros solo pensamos en derrotar a nuestro igual, de disfrutar por fin de un juego equitativo.

                ―En ese caso es fácil imaginar que el culpable comió con cuidado de su plato, atento a cualquier sabor extraño.

                ―Demasiado arriesgado y sospechoso ―intercedí―. Además, esa posibilidad nos obligaría a tener en cuenta que Marta fuera la asesina y que tomó su propio veneno.

                Un golpe seco atrajo nuestra atención, irrumpiendo el inicio de nuestro inevitable duelo.

                ―¡Marta nunca habría hecho algo así! ―Exclamó Inma, con los ojos enrojecidos por las lágrimas―. ¡Pedidle perdón!

―Con gusto lo haría, pero es difícil comunicarse con un muerto ―Ecel se encogió de hombros, alardeando de su falta de tacto―. Nos estamos olvidando de un detalle: ¿qué dice que haya sido un veneno?

M teoría tembló con tanta fuerza como todo mi ser. “Cálmate”, murmuré para mis adentros, “cálmate”. Pero lo único que hacía era engañarme. Fuera cual fuera el resultado final, estoy decidida a demostrar que mi hipótesis es la correcta, y un abogaducho de pacotilla no puede hacer nada contra ella.

―¿Qué quieres decir? ―Murmuró alguien, finalmente, tras un incómodo silencio.

―Dentro del mundo del crimen hay una infinidad de posibilidades. ¿Por qué un veneno? ¿Solo porque no hay marcas visibles? Es demasiado pronto para descartar la asfixia…

               ―¿Con qué arma? ―Le interrumpí atropelladamente―. Las almohadas estaban en una posición normal dentro del desorden de una cama deshecha.

                ―¿Cómo puedes saberlo?

                ―Investigué la escena del crimen con Ana María ―gruñí―. Y nada nos llamó excesivamente la atención.

                ―Pequeña detective ―se burló, ninguneándome con el diminutivo―, te olvidas de un pequeño detalle, ¿y si la almohada la trajo el asesino? Entonces el culpable sería alguien que estuvo atento para ver quien se olvidaba de cerrar la puerta con el pestillo. En otras palabras; el último en acostarse.

                Un escalofrío general recorrió a todos mis compañeros, pues la mayoría había pasado de inocente a sospechoso.

                ―Mi habitación está al lado de la de Marta. Tengo el sueño muy profundo, pero aun así no escuché ningún ruido extraño ―desvié mi mirada hacia Begoña, quien dio un pequeño bote al ver como la atención recaía en ella―. ¿Tú escuchaste algo?

                La joven negó con fuerza, demasiado asustada como para proferir palabra.

                ―Además ―mis ojos volvieron a clavarse en los de Ecel, dispuestos a derrumbar su propuesta―. No hay seguridad en esa idea, por lo que el asesino se habría arriesgado mucho intentando abrir puertas al azar y más de uno lo habría escuchado… ¿Alguien oyó pasos nocturnos o que su picaporte giraba?

                Todos negaron, algunos con más vehemencia que otros, pues dentro del delirio de los sueños es difícil saber qué es realidad y qué mera ficción. Especialmente si tenemos en cuenta el miedo a ser asesinado por alguno de nuestros compañeros.

                ―Hay otro detalle que se os ha olvidado ―Ana María intercedió en nuestro duelo. Con un gesto teatral se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacando un pañuelo anudado en forma de paquetito―. Salima, Paolo y yo encontramos esto en la habitación de Begoña.

                La aludida tembló, empalideciendo tanto como su novio, Josua

                ―¡Entonces es la asesina! ―Vociferó Inma, aunque todos la ignoramos sistemáticamente―. ¡Votemos ya!

                ―¿Qué es? ―murmuró Tinhi, quien desde su posición únicamente podía ver un clínex mal anudado.

                ―Cristalitos. Sospechosos cristalitos.

                ―¡No son míos! ―Ahora fue el turno de Begoña para gritar, quien parecía que por fin había recobrado el habla―. ¡Yo no tengo nada que ver con ellos!

                Ana María sonrió, saboreando el miedo de la joven. Mientras en su mirada se reflejaba triunfo, en la de la muchacha relucía el pánico de ser acusada como la asesina.

                Intenté concentrarme para no decir alguna estupidez. El afán de protagonismo de esa chica era demasiado grande y dentro de nuestro duelo no había sitio para ella, a pesar que se estaba esforzando por demostrar lo contrario.

                ―Demasiado obvio ― bufé. Lo único que estaba haciendo era lanzar dardos al azar, en vez de desarrollar una teoría lógica― Si yo fuera la asesina nunca dejaría una pista que me incriminara en mi cuarto a la vista de todos. Especialmente si tengo un novio a quien le apasionan las novelas policiacas.

                Mientras las dos intercambiábamos una mirada retadora, Ecel extendió el brazo hacia Ana María, pidiéndole el paquete. Con un gesto desdeñoso, la joven se lo lanzó.

                ―Pero MI pista es importante ―recalcó―. ¿Molesta porque la encontrara yo y no tú, “detective”?

                Me tensé ligeramente, molesta por el despectivo tono que había usado para burlarse de mi habilidad.

                ―Es normal que la persona que dejara intencionadamente los cristales los encontrara ―apostillé, saboreando con satisfacción como su rostro se teñía de rojo por la rabia―. Tú fuiste mimo en una obra callejera, ¿verdad?

                ―Actriz ―me corrigió sin saber que estaba picando mi anzuelo.

                ―Bueno, eso no quita las dotes de interpretación.

                ―Parece… ―aburrido por nuestras pullas, Ecel alzó uno de los cristalitos para que lo viéramos. Tarea difícil, pues era tan pequeño como la uña de su dedo gordo y trasparente, lo que dificultaba de sobremanera su visión―…que nos olvidamos de un pequeño detalle.

                Suspiré, cansada de su frasecita, pero en el fondo herida en el orgullo porque hubiera descubierto algo que se me había pasado desapercibido. Es más, a pesar de haberlos visto cuando la chica los recogió de la papelera, no podía entender a qué se estaba refiriendo.

                ―Están muy machacados ―aventuré, dispuesta a batallar por el protagonismo― El asesino intentó deshacerse de ellos rompiéndolos en fragmentos lo más pequeños posibles.

                ―Puede ser… No había pensado en ello, Salima Holmes.

                ―Entonces, ¿a qué te refieres? ―Josua, nervioso ahora por la posibilidad que su novia fuera la culpable, le lanzó una mirada casi desesperada al muchacho, donde también se pudo ver curiosidad por lo que habría descubierto.

                Ecel guardó los pedazos de crital en el pañuelo, cerrándolo con cuidado para que ninguno escapara.

                ―Si tenemos en cuenta la teoría del veneno, ¿qué significa que hayamos encontrado estos cristales?

                Y por fin comprendí qué había descubierto.

                ―No es ningún tipo de detergente: sus envases son de plástico y no tan pequeños… Por tanto debió de ser algún medicamento.

                Con la misma facilidad con la que la escena del crimen había regresado a mi cabeza, evoqué el momento en el que acompañamos a Marta a la enfermería. La joven, después de escuchar la presentación de Birko sobre nuestro destino, sufrió un ataque de pánico, por lo que la llevamos para que descansara un poco.

                Yo aproveché ese momento para curiosear el botiquín; en él había desde vendas, cajas de pastillas, una jeringuilla, hasta numerosos frasquitos de jarabes y líquidos cuyo contenido desconocía.

                Cualquiera de esos medicamentos en cantidades desproporcionadas podría ser letal, no obstante, su fuerte sabor habría alertado a Marta, pero la joven se mantuvo en silencio toda la cena y no dijo nada sobre si había algo extraño o no en su comida.

                Y entonces rompí una de las reglas de los detectives guardándome aquel dato para mi propio interés. Pase lo que pase, no pienso derrumbar mi propia hipótesis. Si Ecel es tan espabilado y está tan dispuesto a ganar, que sea él el que lo descubra.

Ese será mi as en la manga cuando llegue el momento oportuno.

                ―Volvemos al mismo punto de partida ―intercedió Josua― cualquiera pudo haber cogido material del botiquín.

                ―Yo lo hice ―confesó Begoña― Como me dolía la cabeza, cogí una caja de ibuprofeno…

                ―¿Solo ibuprofeno? ―Inquirió Ana María con tanta saña y retintín, como si solo así los demás apoyarían su postura, que me obligó a interceder.

                ―Sí, yo lo vi, pues fui la primera en abrir el botiquín para hacer un pequeño inventario. Luego Begoña cogió las pastillas, incluso bromeó diciendo que yo era testigo que nada faltaría.

                ―Entonces, ¿podríais decirnos que había dentro del botiquín?

                Las dos intercambiamos una mirada, y aunque ella parecía algo incómoda, acabé dejando que hablara. Mi palabra se estaba volviendo demasiado cuestionable para Ecel o Ana María.

                ―Pues… había varios paquetes de vendas, un rollo de una especie de papel celo, esparadrapo ―enumeró la joven― varias cajas de ibuprofeno, paracetamol y demás pastillas; un bote alargado de aspirinas, muchos sobrecitos de jarabe en polvo, y un montón de frasquitos. De ellos no sabría decir cual falta si volviera a ver el botiquín. Sencillamente, había demasiados.

                Asentí, confirmando la descripción.

                ―Volvemos a caer en punto muerto ―bostezó José Manuel.

                ―O no… ―Ecel sonrió con suficiencia, obligándome a repetir para mis adentros su condenada y cansina frase― Una vez más, nos estamos olvidando un pequeño detalle

                El chico volvió a alzar el pedazo de cristal, brillante como un pequeño arcoíris por el reflejo de las luces. Contemplé su brillo hipnótico, intentando desentrañar a qué se refería.

                ―No estoy muy familiarizado con el tema de los medicamentes, pero, ¿de normal los envases no son de una tonalidad marrón y no transparentes como este pedazo?

                ―¡Es verdad! ―Exclamó Tinhi, recobrando parte de la confianza―. Los hacen así para que la luz no dañe el contenido.

                Poco a poco, todo se estaba enmarañando. Lo que en un principio me parecía tan claro, tan fácil de explicar, había ido perdiendo fundamento. Y el tiempo corría veloz, indiferente al juicio donde, como mínimo, una vida sería sacrificada. Por primera vez noté las frías agujas que marcaban la cuenta atrás, y nadie parecía dispuesto a apresurarse, pues las piezas estaban tan mezcladas que, si nos equivocábamos, no lograríamos desentrañar el misterio del rompecabezas.

                Una niña dormida en brazos de la muerte, sin marca alguna, o por lo menos en apariencia.

                Y un montón de pistas enrevesadas.

                ―Y otro detalle ha escapado a nuestro escrutinio ―continuó―. Estos fragmentos están limpios y no veo ninguna marca que indique que hubo una etiqueta en ellos.

                ―El culpable los ha podido limpiar ―propuso Josua― Con el agua las etiquetas fácilmente se despegan sin dejar marca alguna de pegamento y, de paso, borraba el rastro del veneno…

                Cerré los ojos, abstrayéndome de todas las ideas que, de repente, habían comenzado a surgir. Aquella parrafada sin sentido solo estaba mareándome, mezclando todavía más las piezas ya de por sí caóticas. Y es que, un pequeño hilo emergía de ellas, pero parecía que solo yo era consciente de él. Ahora solo tenía que tirar de él para encontrar una respuesta, pero, ¿era esa solución la conveniente?

                En mi mano está la posibilidad de en revesar todavía más este misterio o proponer una solución. Y para ello, tendría que darle la razón a Ecel.

                “Yo soy la detective, no él. ¿En qué está pensando?”

                Ganar. Lo único que quiero es ganar, ¿qué importa el veredicto final si es mi idea la que todos aceptan? Por primera vez dejaré de ser la empollona de clase, la que se mete en problemas y siempre descubre al que copia los exámenes. Por primera vez me reconocerán como una detective. La Detective. Por primera vez seré alguien alabado, no una metomentodo.

                He de ganar. He de ganar. He de ganar…

                Con un quejido imperceptible aligeré la presión que había estado haciendo en las palmas de mi manos, marcadas ahora por una fina hilera de medias lunas rojizas trazada por mis uñas.

                ―Yo tengo algo que añadir ―Ana María no parecía dispuesta a perder su momento de gloria. No me extrañaría que dentro de su imaginación todo fuera un escenario concebido únicamente para ella―. Cuando inspeccioné el cadáver pude ver un par de manchas rojizas en la manga derecha de la camisa y en el pecho, más o menos por la zona del corazón…

                ―A buenas horas lo dices ―rezongó alguien con pesadumbre.

                Y razón no le faltaba.

                ―No hubo veneno ―murmuré al fin, adelantándome antes que alguien me robara el triunfo―. El asesino sabía que Marta no cerraría su puerta, o aprovechó que la vio muy dormida a la hora de la cena…

                -Quizás con algún somnífero ―apostilló Ecel, interrumpiéndome, como ya era costumbre―. Por lo que las probabilidades que la chica estuviera demasiado cansada como para acordarse de poner el cerrojo aumentaran y así se aseguraba que no hubiera forcejeo.

                ―¡Es verdad! ―Josua abrió los ojos con excesiva sorpresa― ¿Marta no estuvo excesivamente callada y atontada durante la cena?

                ―Y puede que no fuera la única ―les secundó Begoña―. Yo también me sentí exageradamente cansada durante la cena y… pensándolo bien… ―su mirada se cruzó con la mía―. ¿No había varios sobres para conciliar el sueño?

                ―Así es, además, el papel se deshace fácilmente en el agua: el criminal se podría haber deshecho así de las pruebas.

                ―Yo también tuve mucho sueño ―susurró Tinhi―. Y a Begoña y Salima nos costó mucho despertarlas.

                ―Nuestra pequeña Sherlock tiene el sueño pesado ―se burló Ecel por lo bajo―. Una detective tiene que estar despierta de madrugada y llegar pronto a la escena del crimen.

                ―Las noches de desvelo no perdonan ni a los abogados ―contrataqué antes de continuar con mi teoría.

                Y a pesar de todo, no puedo sino darle la razón a Ecel. Aunque use su idea, mi orgullo me impide reconocerle el mérito.

                ―Muy bien, asumamos que el asesino vertió el somnífero, pero no a todos los platos, ya que por la noche tendría que tener la cabeza despejada…

                ―Por lo que pudo ser cualquiera que ayudara a poner la mesa ―intercedió Paolo, lanzándole una mirada a Ana María―. No necesariamente quienes ayudaron a cocinar.

                La joven enrojeció levemente, pero supo mantener la compostura.

                ―Muy bien; todos dormidos, puerta abierta, llega el asesino y la asfixia ―con desgana comenzó a enumerar los diferentes puntos―. Por tanto, el culpable debe de ser alguien que tenga alguna herida, un simple rasguño basta, con la que manchó la ropa de Marta y un chico lo suficientemente fuerte como para matarla. Y solo tres chicos ayudaron en la cocina.-apostilló, ignorando sistemáticamente a Paolo para concentrarse en Tinhi y Josua.

                ―Volvemos a olvidarnos de un pequeño detalle ―se me escapó una sonrisa al ver que esta vez la dichosa frasecita no iba dirigida a mí―. Gracias al somnífero Marta no daría muestras de defenderse, lo que le facilitaría la tarea a cualquiera, no solo a los chicos… Y contamos entre nuestras filas femeninas a más de una con bastante corpulencia…

                Inevitablemente, se estaba refiriendo a Inma, tan alta como José Manuel y casi con los mismos músculos. La joven empalideció, pues no solo ese pequeño y nimio detalle la culpaba, sino que era la que más relación tenía con Marta.

                Y la que había estado desde el principio pidiendo que se abrieran las votaciones.

                ―Hay algo más ―me adelanté a la posible defensa de la acusada, revelando mi último as en la manga―. Una pista falsa que solo ha traído confusión: los cristales. Para cometer el crimen perfecto el asesino no debe dejar que descubran su método, por lo que no ha dudado en dejarlos caer a propósito, incitando a nuestro error y las teorías falsas. Para cometer el crimen perfecto tiene que tener algún que otro sospechoso al que echarle la culpa, bien acusándole de conocer la materia, o bien, dejando caer esa pista falsa en una habitación al azar. ¿No es así, Ana Mará?

                Y ahora, fue su turno de empalidecer.

                ―Pero te olvidaste que Tinhi no usaría algo trasparente como recipiente del supuesto veneno, ni que Begoña sería tan tonta como para dejar el arma del crimen en su propio cuarto a la vista de todos.

                ―¡No es así! ―Gritó, consciente que todas las sospechas habían recaído en ella.

                Las miradas pasaron de Inma a Ana María, de Ana María a Tinhi, de Tinhi a Josua… Y una vez más, el único que se mantenía al margen era Ecel. Su rostro había perdido el toque burlón que le caracterizaba, ensombrecido ahora por la certeza de haber descubierto la verdad.

                ―Un detalle… ―murmuró, mirándome fijamente a los ojos, finalmente sin la superioridad con la que había estado haciendo gala―. Un detalle. La verdad está en los detalles.

                Asentí, entre nerviosa y satisfecha, entre emocionada y a punto del descontrol. La sonrisa de la victoria pugnaba por escapar de la máscara que me había esforzado por tejer en mi rostro. Era pronto para celebrar mi triunfo, pero fuera cual fuere el veredicto final, las últimas palabras serían las mías.

                ―¡Fin del tiempo! ―exclamó Birko, cansado del punto muerto― Llega la hora de las votaciones, ¿daréis con el asesino, librándoos del castigo? ¿O por el contrario pereceréis bajo los designios del crimen perfecto?…

¿QUIÉN ES EL CULPABLE?

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8 comentarios en “El crimen perfecto: El enigma【Relato】

  1. Me encantó *w* El verdadero culpable era una de mis sospechas, pero como me pareció una solución clásica, a la primera opté por alguien que evidentemente no tuvo nada que ver xD La moraleja de esto es: a veces pensar demasiado las cosas puede no resultar beneficioso xP

      • Una pregunta! 🙂
        No puedo acceder a todos los finales… eso se debe a un error o es que aún no están publicados?
        En cualquier caso, por el momento leeré los finales disponibles ^^

        Por otro lado, aunque ya conocía de antemano al culpable, disfruté mucho de la lectura ya que pude apreciarla de una manera diferente! *-*

        Saludos! 😀

      • Ha sido un error tonto, lo he mirado y ya están disponibles los finales que faltaban. (Por un error, se me olvidó hacer públicas sus entradas)

        Me alegra que, a pesar de conocer al culpable, disfrutases de la lectura >w<

        ¡Hasta pronto!

      • Me olvidé de avisarte que en el siguiente párrafo has dejado el nombre de Violeta en lugar de colocar el nombre de Marta 🙂
        “La de Violeta, en concreto, era una de las más centrales, situada justo entre la de Begoña y la mía.”

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